sábado, 28 de marzo de 2020

El Rey reinventa su oficio


ABC
Almudena Martínez-Fornés


En siglos pasados, cuando se desataba una epidemia, los Reyes salían a recorrer las salas abarrotadas de los hospitales para llevar consuelo y ánimo a los enfermos. A veces, incluso, lo hacían a escondidas del Gobierno y de sus propios médicos, como hizo Alfonso XII en 1885, cuando escapó a Aranjuez, ya enfermo de tuberculosis, en plena epidemia de cólera y, a su regreso a Madrid, fue recibido como un héroe.

Pero ahora, en plena epidemia de coronavirus, el Rey no puede visitar a los enfermos ni animar en persona a los ejércitos blancos y verdes que combaten en esta guerra. Por no poder, ni siquiera puede honrar a los muertos, que ya son muchos más que los de cualquier tragedia vivida a lo largo de la democracia.

Y es que el confinamiento en Palacio es el mayor enemigo de un Rey. Por eso, Don Felipe ha tenido que reinventar su oficio y adaptarlo a los nuevos tiempos, a golpe de tecnología. La Zarzuela ha sustituido en gran parte las reuniones de trabajo y las audiencias por conversaciones telefónicas e, incluso, por videconferencias, como la que Don Felipe mantuvo ayer con los responsables máximos de Mercamadrid para abordar el suministro de alimentos en plena crisis del coronavirus. Aunque el Rey ya ha recurrido a este método en varias ocasiones para dirigirse a las tropas destacadas en el exterior, la de ayer fue la primera vez en que lo hizo desde su despacho, obligado por las recomendaciones sanitarias.

Pero el Rey también se reunió ayer con el ministro de Transportes, José Luis Ábalos, en La Zarzuela, y después abrió una ronda de contactos telefónicos con los agentes sociales -CEOE, Cepyme, Asociación de Trabajadores Autónomos, UGT y CC.OO.- para abordar los graves efectos de la epidemia en el tejido social. A todos ellos les transmitió un mensaje de «ánimo, fortaleza y unidad» para vencer al coronavirus. Y a los sectores productivos les agradeció que permitan la continuidad del funcionamiento básico del país. Mientras, la Reina habló con la Confederación de Salud Mental y con la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD). Y ambos consiguieron romper el muro del confinamiento.

jueves, 26 de marzo de 2020

El Rey, en Ifema: «Este hospital es símbolo de lo que somos capaces de hacer cuando trabajamos juntos»

ABC
Almudena Martínez-Fornés

Su Majestad el Rey ha visitado en la mañana de este jueves el hospital de emergencia levantado en el recinto ferial de Ifema de Madrid para atender a los enfermos de coronavirus. La visita, de algo más de una hora de duración, se ha hecho de forma muy discreta y no fue anunciada con antelación a los medios de comunicación.

Con mascarilla y guantes, Don Felipe ha recorrido las instalaciones, excepto las que ya están ocupadas por pacientes, y ha asistido a una reunión informativa sobre la puesta en marcha de este centro sanitario en un tiempo récord. Durante la visita, el Rey ha dirigido unas palabras a quienes lo han hecho posible y les ha dicho que «representáis de una manera nítida el esfuerzo titánico que se está haciendo en muchos lugares de España» para luchar contra esta epidemia.

Este hospital, dijo, «es un auténtico símbolo de lo que somos capaces de hacer cuando trabajamos juntos por un fin común». Destacó que se ha levantado «en un tiempo récord, porque el Gobierno, la Comunidad autónoma, el Ayuntamiento de Madrid, Ifema, las empresas de proveedores, las Fuerzas Armadas y los servicios de emergencia... han sido capaces de unirse y de trabajar codo con codo».

España ha demostrado, dijo, que «cuando todos trabajamos juntos, por un objetivo común, somos capaces de vencer y superar las dificultades por graves y serias que sean» y añadió que las actuales «quizá sean las más graves de nuestro tiempo».

Don Felipe recordó a los profesionales que están «trabajando en unas condiciones muy difíciles», pero también a los afectados y a las personas que han perdido seres queridos y están «pasándolo muy mal».

Agregó que este hospital de emergencia «nos anima» porque «es un verdadero orgullo para todos» y «pasará a la historia» como una imagen que «todos recordaremos pasados los años». «Lo guardaremos en nuestra memoria como un verdadero ejemplo de esfuerzo, sacrificio y de superación», afirmó.

«Este lugar es fuente de esperanza -añadió-, no solo para los enfermos, que aquí serán bien atendidos; no solo para los centros hospitalarios de Madrid, que se verán aliviados en su batalla diaria tan intensa y heroica, sino para la moral de toda España en nuestra voluntad común de vencer al virus, de superar su mayor impacto y de recuperar cuanto antes, y aún más unidos, nuestros proyectos de vida, nuestra economía y nuestro bienestar».

Don Felipe ha estado acompañado por los ministros de Defensa, Margarita Robles; de Sanidad, Salvador Illa; el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida; el consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Enrique Ruiz Escudero; el director general de Ifema, Eduardo López-Puertas, y representantes de las unidades militares que participan en el montaje del centro.

En la reunión informativa han participado también el director médico del nuevo centro, Antonio Zapatero; el director logístico del hospital de Ifema, Juan José Pérez, y por videoconferencia el presidente del Comité Ejecutivo de Ifema, Clemente González Soler.

La primera fase de este hospital, que incluía 1396 camas, fue levantada en apenas 18 horas por la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid con ayuda de la Unidad Militar de Emergencias (UME), con el fin de descongestionar los grandes centros sanitarios de la región, que quedaron muy pronto colapsados por la propagación del coronavirus. El hospital está proyectado para disponer de una capacidad de 5.500 camas y de UCI, lo que le convertirá en el centro sanitario más grande de España.

miércoles, 25 de marzo de 2020

El Rey transmite un mensaje de «ánimo, fortaleza y unidad» a empresas, autónomos y sindicatos

ABC
Almudena Martínez-Fornés

El Rey ha hecho este miércoles una ronda de contactos con los agentes sociales -empresas, sindicatos y autónomos- para abordar los graves efectos que está provocando la epidemia de coronavirus en el tejido social.

Don Felipe ha transmitido a todos ellos un mensaje de "ánimo, fortaleza y unidad" para vencer al coronavirus, y a los sectores productivos les ha agradecido que permitan la continuidad del funcionamiento básico del país.

Además, el Rey mantendrá esta tarde una videoconferencia con los máximos responsables de Mercamadrid, plataforma logística de distribución que es un referente mundial y una pieza pieza de garantía en el engranaje de la cadena alimentaria en España.

En concreto, Don Felipe ha hablado con los presidentes de la CEOE, Antonio Garamendi; de Cepyme, Gerardo Cueva, y de la Asociación de Trabajadores Autónomos, Lorenzo Amor, así como con los secretarios generales de UGT, Pepe Álvarez, y de Comisiones Obreras, Unai Sordo.

Los agentes sociales han transmitido al Rey los motivos de preocupación de los trabajadores, asalariados y autónomos, así como de las empresas, pequeñas y grandes. Los sindicatos y las organizaciones patronales también han informado a Don Felipe de sus propuestas para minimizar los efectos socioeconómicos de la crisis.

Según publicó Lorenzo Amor en su cuenta de Twitter, el Rey también compartió la preocupación de los trabajadores autónomos: «Agradezco la llamada que acabo de recibir de S.M. Felipe VI. Me ha compartido su preocupación y su ánimo a los autónomos ante la situación que estamos viviendo provocada por el estado de alarma y el covid-19. He trasladado al Rey las principales inquietudes de los autónomos".

Los Reyes están manteniendo parte de su actividad habitual en plena epidemia de coronavirus, aunque hayan tenido que adaptarla a la nueva situación. Este miércoles, el Rey también se ha reunido en el Palacio de La Zarzuela con el ministro de Transportes, José Luis Ábalos, con quien ha analizado la situación generada por el coronavirus, como viene haciendo con los miembros del Comité Técnico de Gestión de la epidemia, además de mantener contacto permanente con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, según informó el Palacio de La Zarzuela. En el vídeo facilitado por la Casa del Rey, se puede oír a Don Felipe preguntar a Ábalos cómo se encontraban en su «entorno familiar», a los que el ministro responde: «Bien, bien, bien, todos confinados».

Por su parte, la Reina ha llamado a los representantes de las personas con trastornos mentales y con adicciones, quienes le han contado sus problemas en esta situación de confinamiento y crisis sanitaria, así como la falta de equipos de protección para los voluntarios.

Doña Letizia ha hablado con el presidente de la Confederación de Salud Mental España, Nel González Zapico, quien le ha trasladado su preocupación por los efectos añadidos de esta crisis sanitaria, que supone un retroceso sobre la Salud Mental y la atención de los enfermos. Por ello, han distribuido una guía para personas con trastornos y sus familias y han puesto en marcha la campaña #SaludMentalVsCovid19.

«Gracias por tu labor»

También han expuesto a la Reina las dificultades que tienen los voluntarios presenciales por la falta de equipos de protección. Con el fin de reconocer su labor en estas circunstancias, han anunciado que lanzarán otra campaña con el lema «Gracias por tu valor«.

El presidente de la FAD, Ignacio Bayón, informó a la Reina de las nuevas iniciativas puestas en marcha para combatir las noticias falsas, ayudando a los jóvenes a detectarlas, y para afrontar el gran impacto que tendrá la crisis en las relaciones generacionales.

La FAD, que ha reforzado la difusión del teléfono 900161515, ofrece ayuda sobre cómo abordar el confinamiento con los menores en casa, orientación sobre conductas de riesgo (consumo de drogas, apuestas online...) y apoyo al bienestar emocional de los jóvenes que lo necesiten.

sábado, 21 de marzo de 2020

La legitimidad de la Monarquía

Manuel Aragón, catedrático emérito de Derecho Constitucional y magistrado emérito del Tribunal Constitucional.
El País

La legitimidad de origen de la monarquía, como forma política en la que un rey es el jefe del Estado, proviene del regular acceso hereditario a la Corona. Esa característica es genuina e indisociable de la monarquía. Sin embargo, en la monarquía parlamentaria, que es la única fórmula que hace compatibles monarquía y democracia, esa legitimad dinástica, que tiene sus virtudes en cuanto a la estabilidad estatal, va acompañada, necesariamente, de otra legitimidad de origen, de tipo indirectamente democrático: la que se deriva de estar prevista en una Constitución emanada de la voluntad popular, que ha descargado de poderes autónomos al rey y únicamente le ha confiado una función de auctoritas de carácter simbólico y moderador amparada en su obligada neutralidad política y su exclusivo servicio a los intereses generales. Pero ni a la monarquía ni a ninguna otra forma política le basta con la legitimidad de origen, ya que necesita también de la legitimidad de ejercicio, basada en la creencia generalizada de que los poderes públicos cumplen correcta y útilmente sus funciones constitucionales. 

Es una característica genuina de la monarquía parlamentaria que su legitimidad de ejercicio tiene más peso que la de origen, pues sin aquella, esta vería muy mermada su eficacia, por la sencilla razón de que, hoy, la monarquía parlamentaria descansa, sobre todo, en su utilidad. En el fondo, esto ya se contenía en la vieja máxima isidoriana: rex eris si recte facies. Ese obrar rectamente, dado el carácter personalísimo de la institución monárquica, se extiende en una doble dimensión: pública y privada, pues no abarca solo el deber institucional de cumplir exactamente las funciones constitucionalmente atribuidas, sino también el deber personal de dar un ejemplo constante de honradez. No cabe descartar que un buen rey en el plano institucional pueda haber dado un mal ejemplo en su vida personal y que, al hacerle objeto de un juicio histórico, deben separarse ambas facetas, ya que los defectos personales del rey no privan, por sí solos, de valor al correcto ejercicio de sus funciones públicas si así las hubiera desempeñado, ni, en todo caso, invalidan las ventajas institucionales de la monarquía parlamentaria como sistema. Pero también es cierto que, si el defecto personal del rey fuese patente y generalmente conocido, podría impedir, muy probablemente, que el correcto ejercicio institucional desplegase capacidad legitimadora. O dicho más claramente, podría hacer muy difícil que la monarquía sobreviviera.

Las anteriores consideraciones, de índole teórica, deben servirnos en la práctica para juzgar adecuadamente el reciente comunicado de la Casa del Rey referido a las relaciones entre Felipe VI y su padre, el rey Juan Carlos. Este comunicado puede suscitar cuestiones que son menores, en mi opinión, tales como los efectos jurídicos de la renuncia a la herencia que pudiera corresponderle a nuestro Rey (me parece claro que en el plano constitucional, al margen del Derecho Civil, hay que entender esa renuncia, sin duda, como un compromiso firme e irrevocable) o si debió hacerse público el problema que ahora se denuncia cuando se conoció hace un año (entonces creo que, personal e institucionalmente, se hizo lo que se debía, que ahora no queda desmentido, sino ratificado). Lo importante de ese comunicado no son, pues, esos detalles, sino su forma y contenido: el modo firme, tajante, sin paliativos, con que nuestro Rey ha reaccionado, por muy doloroso que, personalmente, le haya resultado hacerlo, reiterando públicamente un compromiso ético asumido desde el momento de su acceso al trono. Como en el propio comunicado se recuerda, don Felipe ya anunció en su discurso de proclamación ante las Cortes Generales que su conducta como Rey estaría caracterizada por la honestidad institucional y personal.

Aquellas palabras, fieles a la convicción de que es absolutamente necesaria la legitimidad de ejercicio en la monarquía parlamentaria, no tienen desperdicio, y conviene transcribirlas, pues son la clave del reciente comunicado, esto es, de lo que, con toda seguridad, nuestro Rey haría cuando la conducta de cualquiera de los miembros de su familia no se atuviese a esos valores: "La Corona debe (…) velar por la dignidad de la institución, preservar su prestigio y observar una conducta íntegra, honesta y transparente, como corresponde a su función institucional y a su responsabilidad social. Porque, solo de esa manera, se hará acreedora de la autoridad moral necesaria para el ejercicio de sus funciones. Hoy, más que nunca, los ciudadanos demandan con toda razón que los principios morales y éticos inspiren —y la ejemplaridad presida— nuestra vida pública. Y el Rey, a la cabeza del Estado, tiene que ser no solo un referente sino también un servidor de esa justa y legítima exigencia de los ciudadanos".

Es difícil decirlo mejor: por encima de la familia, de los afectos personales, de los sentimientos filiales, está el exacto cumplimiento del deber y la irrenunciable ética pública que han de acompañar a la Corona y a sus titulares; así lo exigen los tiempos, pero también la idea, permanente en una monarquía parlamentaria, de que sin legitimidad de ejercicio la monarquía no puede subsistir. Pocos, creo, han comprendido mejor que Felipe VI lo que la monarquía parlamentaria significa. Los españoles tenemos la inmensa suerte de contar con un buen Rey, con un Rey auténticamente constitucional, no solo por haber accedido al trono y reinar de acuerdo con lo previsto en la Constitución, y por tener una sólida formación constitucional, sino además por su absoluta identificación con los valores que nuestra Constitución exige a la conducta de todos los cargos públicos.

Por ello los ciudadanos podemos confiar en la capacidad de advertir y animar de nuestro Rey cuando la Constitución se pone en peligro, como hizo en su mensaje del 3 de octubre de 2017, o cuando se ponen en peligro el Estado y la misma sociedad, como está ocurriendo con la pandemia actual del coronavirus, de cuyo desarrollo y de cuyas medidas públicas para afrontarla ha estado informado el Rey desde el primer momento, participando, dentro de la naturaleza de sus funciones, en la responsabilidad estatal irrenunciable ante esta situación. Por ello, una vez adoptadas por las autoridades competentes las urgentes medidas necesarias, nuestro Rey ha vuelto, el pasado día 18, a dirigirse a la nación animando a los ciudadanos a confiar en sí mismos y en las instituciones, y garantizando que los poderes públicos están actuando y lo seguirán haciendo con toda la fuerza necesaria para combatir con éxito esta gravísima crisis sanitaria, social y económica. Estoy seguro de que esa alocución ha tenido un gran efecto, porque la intachable legitimidad de ejercicio que, como Rey, viene demostrando, lo hacen acreedor de la confianza ciudadana.

En España, el Rey no es, como algunos dicen, por ignorancia o malicia, un "mero adorno constitucional", sino una pieza fundamental del Estado que incluso (en frase clásica referida a la monarquía parlamentaria) "hace más de lo que parece hacer", aunque no tenga competencia, por sí solo, para adoptar decisiones políticas. Estas les corresponde adoptarlas a los órganos democráticos, y en la actual crisis al Gobierno de la nación, cuyas decisiones han de ser obedecidas por todos los españoles y todas las autoridades. Pero, sin duda, la auctoritas del Monarca fortalecerá la necesaria acción del Estado para que los españoles salgamos, cuanto antes, de la terrible crisis que nos atenaza.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Discurso del Rey por el coronavirus



Esta noche, el Rey se ha dirigido a la nación para explicar a los españoles la evolución de la pandemia del coronavirus. Es la segunda vez que, con caracter excepcional, Felipe VI da un discurso. La primera vez fue el 3 de octubre de 2017, tras la celebración del referéndum ilegal del 1-O.
Estas son las frases más destacadas del discurso del Rey.

Una crisis sin precedentes

«Estamos haciendo frente a una crisis nueva y distinta, sin precedentes, muy seria y grave, que pone en riesgo nuestra salud en cada rincón de España. Pero también, y de forma muy traumática, altera y condiciona nuestras costumbres [...] También es una crisis que estamos combatiendo y que vamos a vencer».

Aliento para quienes están afectados

«Lo primero que quiero hacer es enviar todo mi cariño y afecto, junto a la Reina y nuestras hijas, a tantas familias en toda España que desgraciadamente han sufrido la pérdida de alguno de sus seres queridos».

Gracias a los sanitarios

«Sabíamos que tenemos un gran sistema sanitario y unos profesionales extraordinarios; a ellos quiero dirigirme ahora: tenéis nuestra mayor admiración y respeto, nuestro total apoyo».


«Nunca os podremos agradecer bastante lo que estás haciendo por vuestro país. No os puede sorprender que desde las casas de toda España se oiga un aplauso emocionante y sentido. Un aplauso sincero y justo, que estoy seguro que os reconforta y anima».

Unidad

«Debemos unirnos en torno a un mismo objetivo: superar esta grave situación. Y tenemos que hacerlo juntos; entre todos; con serenidad y confianza, pero también con decisión».

Quédate en casa

«Ahora tenemos que resistir, que aguantar y tenemos que adaptar nuestros modos de vida [...] Todos debemos contribuir a ese esfuerzo colectivo coon nuestras actitudes y nuestras acciones, por pequeñas que sean».

Un gran pueblo

«Esta es una crisis temporal. Un paréntesis en nuestras vidas. Volveremos a la normalidad [...] Recuperaremos la normalidad de nuestra convivencia, la vida en nuestras calles, en nuestros pueblos y ciudades; la economía, los puestos de trabajo, nuestras empresas... España recuperará su pulso, su vitalidad, su fuerza [...] Hemos pasado por situaciones muy difíciles, muy graves; pero, como las anteriores, esta también la superaremos. Porque España es un gran país. Un gran pueblo que no se rinde».

Venceremos

«Este virus no nos vencerá. Al contrario. Nos va a hacer más fuertes como sociedad».

miércoles, 19 de junio de 2019

V Aniversario Proclamación del Rey Don Felipe VI

Con motivo del V Aniversario de la Proclamación de Don Felipe VI como Rey de España, se han publicado numerosos artículos valorando estos años de reinado.

A continuación recogemos una pequeña recopilación.

Dibujo de Nieto en ABC:


El reinado en imágenes (Galería de fotos en ABC)

Un Rey a la altura de España

" El compromiso de Don Felipe con las inquietudes y preocupaciones de todos los españoles es innegable. Es un magnífico gestor de equilibrios institucionales, y está plenamente involucrado con nuestros derechos sociales y libertades públicas, con los avances científicos, la solidaridad internacional, los éxitos deportivos, el sostenimiento de tradiciones, el fomento de la cultura y la mejora del medioambiente. Además, encarna la mejor imagen de España como su primer embajador, como máximo responsable de nuestras Fuerzas Armadas, y como padre y marido ejemplar para garantizar el futuro de la Corona."

La forja de un Rey ejemplar

" Cuando Felipe de Borbón subió el trono, hace ahora cinco años, quizá no imaginaba la clase de desafío al que tendría que enfrentarse. O quizá sí. Lo cierto es que heredó el peso de la Corona en un momento delicado de la más alta magistratura del Estado, con la popularidad muy dañada por los escándalos que salpicaron el último tramo del reinado de su padre. Sin embargo, desde su mismo discurso de proclamación asumió la ejemplaridad como norte de su desempeño institucional, y un lustro después el consenso es unánime: Felipe VI se ha conducido hasta la fecha como un jefe de Estado impecable. Hasta el punto de que, en no pocos trances, la clase política española aparecía inmadura e irrelevante por comparación."








martes, 18 de junio de 2019

Un rey de España en Windsor

Ignacio Peyró
ABC

Si 1992 fue un año para el optimismo español, en Gran Bretaña iba a quedar -son palabras de Isabel II- como un «annus horribilis»: cuando un país celebraba la Exposición Universal y los Juegos Olímpicos, el otro sufría el Miércoles N egro de la libra esterlina o el descrédito sin vuelta atrás del partido en el poder. Para afirmar que no recordaría el 92 «con placer rebosante», la Reina tenía, sin embargo, motivos más inmediatos que el abandono del sistema cambiario europeo: los matrimonios de sus hijos y su hermana estaban rotos o por romperse, los escándalos se sucedían, la familia zozobraba. Un día de noviembre vino el último trallazo sentimental: se declaraba un incendio en el castillo de Windsor, lugar de la legitimidad y de la memoria, importante para los reyes de Inglaterra desde los tiempos -hace casi mil años- de Guillermo el Conquistador. Allí lloró su pena Jorge III, allí se desató el dandismo de Jorge IV, allí permaneció intacto, por orden de la reina Victoria, el cuarto azul en el que murió su consorte Alberto.

En fin, cuando la dinastía tuvo que cambiar de nombre, en el momento germanófobo de la Gran Guerra, nadie soñó con Buckingham o Sandringham o Balmoral: tenía que ser Windsor. Pero si Windsor ha sido el palacio de las ocasiones de pompa y circunstancia, de las fiestas, de las bodas en la capilla de San Jorge, para la Reina tiene una cercanía muy propia: es el lugar donde pasó los bombardeos alemanes durante la guerra; donde ha enterrado a sus padres y ha casado a sus nietos. Es también la casa de los afectos, por tanto. Y allí recibe hoy a Felipe VI, el Rey de España. Desde los tiempos de Catalina de Aragón, tan querida aún por los británicos, o de un Felipe II que se esforzó en chapurrear el inglés y beber la cerveza local, estas visitas ni son rutina ni dejan de tener su sentido y su emoción. De nuevo es así: si de afectos hablamos, la Orden de la Jarretera es el mayor de todos los honores que puede conceder la Reina de Inglaterra.

Con sus vistosos desfiles por San Jorge y un uniforme de tanta bizarría como incomodidad -hasta la propia Isabel II llegó a quejarse-, los ceremoniales de la Jarretera parecen hablarnos de esa «fuerza natural» que, según el anglófilo Morand, entronca a los británicos con su pasado. Nuestro Moratín, en el XIX, no deja de pasmarse de las sofisticaciones que alcanza en las islas «la ciencia del blasón». Más allá de estos «jeroglíficos góticos», cuando Isabel II y Felipe VI se encuentren, no estará de más repasar aquella vieja frase de Walter Bagehot, gran politólogo victoriano, según la cual la monarquía endulza la política con la justa adición de acontecimientos hermosos. Las liturgias de la Jarretera serán, en efecto, una de esas ocasiones en que la Corona no se mantiene «escondida como un misterio», sino que se pasea «como un desfile». En su discurso sobre el «annus horribilis», Isabel II supo que la institución monárquica «no debe pensarse libre del escrutinio de los que la apoyan, y menos aún de los que no lo hacen». Dicho de otro modo, ha de asegurar ese «valor incalculable» que, en términos de representación y reputación, confiere al Estado el «uso digno» de la Corona. Ahí, el posado conjunto en Windsor no constituye tan sólo un potente mensaje para ambos países en términos de imagen. La propia diferencia de edad -Isabel II llevaba tres lustros de reinado al nacer Felipe VI- abona esa magia inteligible que, incluso en tiempos poco dados a la deferencia, aún parece conservar la monarquía. Ese es un rasgo con calado en las opiniones públicas, y responsable de un fenómeno «que suele escapar a los estudiosos de la filosofía política»: el «afecto» que une a tantas personas con los reyes. En pleno proceso del Brexit, el «encantamiento místico» que observa Bagehot en la Corona volverá a ser operativo a la hora de simbolizar el encuentro de dos pueblos. Como adivinó el eminente victoriano, si la monarquía es «la luz por encima de la política», es -entre otras cosas- porque a veces llega donde la política habitual no es capaz de llegar.

A cinco años de su proclamación y dos de su visita de Estado, en plena coyuntura de Brexit, ¿qué Reino Unido se encuentra Felipe VI? Alegra pensar que, seguramente, un Reino Unido más hispanófilo que nunca. Así podemos comprobarlo en los Institutos Cervantes de Mánchester, Leeds y Londres, cuya biblioteca fue inaugurada por la Reina Sofía. Tras la gran retrospectiva de Murillo, la National Gallery dedica a Sorolla la mayor exposición -inaugurada a su vez por la Reina Letizia- de la temporada; Kelsey Grammer acaba de terminar su cabalgada con El hombre de la Mancha en Covent Garden. Nuestros mejores restauradores saben triunfar en una plaza tan exigente como es la inglesa, y con nuestros restauradores viene nuestro producto de la mano. La subfacultad de español de Oxford, como contaba hace pocas semanas ABC Cultural, cumple cincuenta años, y hasta el British Council, repetidamente, ha calificado al español de «lengua del futuro» para los británicos.

Lo español y el español, sin embargo, importa decirlo, no son sólo una moda. Han pasado quinientos años desde el viaje de Elcano, cuando -por citar la frase, tan hermosa, de Belisario Betancur- «la tierra fue redonda primero en español». En un país acostumbrado a pensar el mundo como es el Reino Unido, el interés por la Hispanoesfera es un interés natural: como las naciones de habla inglesa, constituye también un polo global, con 750 millones de personas que, hacia el año 2050, estarán creando, investigando y comerciando en español. Las casas reales tienen entre sí sus tradiciones, cortesías y relaciones de familia. Pero tras ese «encantamiento místico» de la visita, lo que importa señalar es que esta es una realidad que se intuye en la calle, se computa en las torres administrativas de Whitehall y, desde luego, se conoce a la perfección entre Buckingham y Windsor.

lunes, 17 de junio de 2019

El Rey, investido caballero de la Orden de la Jarretera


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ABC

La Reina de Inglaterra ha investido este lunes al Rey de España caballero de la Orden de la Jarretera en una ceremonia de pompa y circunstancia que se ha celebrado en el Castillo de Windsor y la Capilla de San Jorge en la que también ha sido investido el Rey de los Países Bajos y que ha reunido a la mayoría de los miembros de la Familia Real británica. En un semisoleado día británico, Don Felipe recibió los atributos de la Jarretera, una orden tan antigua y prestigiosa como el Toisón de Oro español. La primera parte de la ceremonia se ha celebrado a puerta cerrada y la Casa del Rey no ha podido confirmar si Don Felipe ha recibido, entre los demás atributos de la orden, la singular liga que simboliza esta condecoración. Tan singular es este símbolo que en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial hay un retrato de Felipe II con la famosa liga de la Jarretera.

La ceremonia, que empezó a las doce del mediodía, transcurrió en dos actos. Primero se celebró la investidura en el Salón del Trono del Castillo de Windsor, donde la Reina presidió el capítulo de la orden como Soberana de la misma. Isabel II, vestida con la larga capa de la Jarretera y cubierta con el sombrero de terciopelo negro con pluma de avestruz, presidió una ceremonia en la que los caballeros y las damas de la orden y el resto de los invitados se sentaron en los laterales del salón formando dos largas filas. Los asientos más próximos a Isabel II los ocuparon los Reyes Felipe y Guillermo Alejandro.

Durante la ceremonia, el Monarca español, que lucía un chaqué, fue llamado a colocarse ante la Reina para recibir los atributos de la Jarretera. Según la leyenda, el origen de esta condecoración, creada en 1348 para reconocer el valor y la lealtad, se debe a que el Rey Eduardo III estaba bailando con la condesa de Salisbury, cuando a esta dama se le cayó una liga azul y, para evitar que ella se avergonzara, el Monarca la recogió del suelo y se la puso. Por ello, el lema de la orden es: «Honi Soi Qui Mal y Pense» (averguéncese quien tenga un mal pensamiento).

martes, 1 de enero de 2019

Sólo ante el peligro

Eduardo Álvarez

El Mundo

EL CINE ES UNA DE LAS grandes pasiones de los Reyes. Cuántas veces a lo largo de 2018 no se habrá visto reflejado Don Felipe en Will Kane, el personaje encarnado por Gary Cooper en Solo ante el peligro al que adornaba un sentido del deber muy superior al que es justo endosarle a cualquier hombre. Así está nuestro jefe del Estado.

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lunes, 31 de diciembre de 2018

Decíamos ayer...

Después de una larga temporada sin publicar nuevas entradas, retomamos el blog para compartir noticias de interés relacionadas con la Monarquía, especialmente las vinculadas a la Familia Real española, pero sin olvidar al resto de monarquías europeas y de otras partes del mundo.

En los próximos días publicaremos noticias anteriores de especial relevancia que se han producido en este paréntesis de silencio. Progresivamente cambiaremos el diseño para hacerlo más moderno y práctico para os lectores.

Estamos donde estábamos. Ayer, como hoy, el objetivo primordial del blog y de la página web Fororeal.net es servir a la Corona con la máxima lealtad.

Reinar en tiempos revueltos

Lucía Mendez
El Mundo

"ENCARNO UNA MONARQUÍA en un tiempo nuevo". Con este impecable y celebrado relato, Felipe VI asumió la Corona ante las Cortes Generales el 19 de junio de 2014, tras la inesperada y abrupta abdicación de su padre, Juan Carlos I. Lo que no podía sospechar entonces el nuevo Monarca es que ese "tiempo nuevo" iba a ser en realidad un tiempo revuelto, inestable, incierto y turbulento. El más turbulento desde la Transición. Pronto lo descubrió el Rey.

El videojuego de FB6

David Gistau
El Mundo

LAS CIRCUNSTANCIAS DEL REY admiten una traslación generacional. Si tomamos como referencia el año pletórico de 1992, cuando el entonces príncipe hizo de abanderado en el desfile olímpico de Barcelona con la sonrisa y el sombrero de medio lado, nadie podía imaginar el carajal que aguardaba tanto a él como a sus contemporáneos. Quienes, veinteañeros entonces, se preparaban para gestionar en la madurez destinos particulares menores en el contexto de una España casi conclusa que, terrorismo de ETA aparte, parecía haber terminado por fin un siniestro, violento viaje interior que empezó con los espadones carlistas. La gloria de lo fundacional, de lo curativo, quedaba para la generación anterior, la que hizo la Transición y cultivó el mito genesíaco de la democracia a la europea.

Felipe VI, garante de la libertad y la concordia

Editorial
El Mundo

No es casual que quienes cuestionan la Constitución de 1978, fruto del proceso de reconciliación nacional entre los españoles que significó la Transición, y quienes quieren acabar con la unidad territorial, sustentada en el principio de solidaridad que garantiza la estabilidad política, social y económica de todos los ciudadanos, hayan puesto en el centro de sus ataques al Rey Felipe VI. Porque eso es lo que simboliza, según la Carta Magna, la Monarquía parlamentaria, la forma política del Estado español: su «unidad y permanencia».

Felipe VI, personaje del año

Con motivo de la elección del Rey como personaje del año, "El Mundo" publica una serie de artículos sobre los últimos acontecimientos que ha afrontado el Rey en el presente año.

Felipe VI: "La Corona será garante de la Constitución y la libertad en España"

Barcelona. 25 de febrero de 2018. Cena del Mobile World Congress. La alcaldesa Ada Colau acude a saludar a Felipe VI tras participar en el desplante institucional contra su visita y unos segundos bastan para que el Rey plasme la esencia de su reinado: "Yo estoy aquí para defender la Constitución". La breve conversación escapó a los micrófonos, pero esas siete palabras mostraban el compromiso de la Corona con la defensa del Estado de Derecho en plena afrenta independentista y en medio de una ofensiva contra la Monarquía como forma de socavar a la propia nación española.

Hace unos años, en una conversación con periodistas cuando todavía era Príncipe de Asturias, el actual Monarca reflexionaba así al ser preguntado por el 23-F: "Prefiero no necesitar ese tipo de reválidas". Quién le iba a decir que tendría que afrontar en el inicio de su reinado su particular 23-F en forma de desafío independentista. Un reto que ha encarado en soledad, sin apenas respaldo por parte del Gobierno. Él mismo lo definió hace unos meses como "la más grave crisis que hemos debido afrontar en nuestra historia reciente". Y ante ella, Felipe VI ha sido quien ha vertebrado el compromiso mayoritario de la sociedad con la Constitución y en defensa del Estado de Derecho. Diálogo sí, pero siempre bajo una premisa: "Las reglas que son de todos deben ser respetadas por todos".



martes, 25 de diciembre de 2018

Discurso de Navidad del Rey



El Rey pide "consensos" para "asegurar en todo momento" la "frágil convivencia"
El Mundo

Tensión. Crispación. Enfrentamiento. Insultos. En la calle y en las instituciones. No hay más que ver los debates en el Congreso de los Diputados. O las disputas, por ejemplo, en las calles de Cataluña entre constitucionalistas e independentistas. El tono político del año que termina ha sido bronco. La división se ha radicalizado. La Casa del Rey no permanece ajena a este enconamiento que remueve los cimientos de la convivencia. La salud de ésta es precisamente una de las grandes preocupaciones de Felipe VI. Así lo ha plasmado en su Mensaje de Navidad, el más personal y de calado de cuantos pronuncia en el año. El Rey la define como «la obra más valiosa de nuestra democracia y el mejor legado que podemos confiar a las generaciones más jóvenes». E insta a los líderes políticos a «alcanzar consensos cívicos y sociales» que ayuden a «defenderla, cuidarla y protegerla».

Frente a los peligros de una ruptura de la convivencia, «reconciliación, concordia, diálogo, entendimiento, integración y solidaridad» son los pilares sobre los que el Rey asienta «la base de nuestra libertad y progreso».

Felipe VI evidencia su preocupación por el distanciamiento y las heridas que está provocando el discurso político en la convivencia en estos últimos años. De hecho, no duda en definirla como «frágil», para acto seguido recordar que es «el mayor patrimonio que tenemos los españoles» y que es «imprescindible asegurarla en todo momento». Y, como ha realizado a lo largo de este 2018, blande la Constitución y el Estado de Derecho como guía para defender y asegurar: «Las reglas que son de todos» deben ser «respetadas por todos».

En esta Navidad de 2018, Felipe VI ha querido transmitir a los españoles un mensaje conciliador, con una apuesta por el diálogo y los consensos como herramientas para solucionar los problemas. Para destensionar y canalizar la convivencia, en democracia y libertad, como valor esencial a preservar. Un mensaje que coincide con el enconamiento del desafío independentista, con imágenes de enfrentamientos o tensión en las calles y con un Congreso donde la dialéctica bronca ha ganado enteros.

La convivencia, eje central del discurso

El Rey, en esta ocasión, ha querido evitar ambigüedades o segundas lecturas. Por eso, en su mensaje define qué es o debe ser la convivencia:«Se basa en la consideración y en el respeto a las personas, a las ideas y a los derechos de los demás; que requiere que cuidemos y reforcemos los profundos vínculos que nos unen y que siempre nos deben unir a todos; que es incompatible con el rencor y el resentimiento, porque estas actitudes forman parte de nuestra peor historia y no debemos permitir que renazcan; una convivencia en la que la superación de los grandes problemas y de las injusticias nunca puede nacer de la división, ni mucho menos del enfrentamiento, sino del acuerdo y de la unión ante los desafíos y las dificultades».

En su discurso más corto de los últimos años (10:50 minutos, frente a, por ejemplo, los 13:18 de 2016), Felipe VI emplea la convivencia como concepto río que estructura su discurso. Es la palabra más empleada: siete veces. Si en ocasiones anteriores, sectores de la política y la sociedad, principalmente los nacionalistas y Podemos, han afeado la falta de una apelación directa al diálogo, en esta ocasión desde Zarzuela se ha explicitado y reiterado este principio como valor esencial, siempre al amparo de la Constitución. De hecho, insistió en «hacer todo lo que esté en nuestras manos» para que sus «principios no se pierdan ni se olviden».

Felipe VI se ha convertido en el foco de una campaña de acoso y ataque por parte de los independentistas y Podemos, que simbolizan en él su propósito de romper el régimen del 78 o hacer caer el actual modelo de Estado. Prueba de ello es que en la tarde de ayer, y antes incluso de escuchar las palabras del Monarca, activistas y militantes de Podemos impulsaron una campaña en las redes sociales con la etiqueta #ElReyNoTeHabla para explicitar por qué, a su juicio «no nos representa».

En su propósito de transmitir un mensaje conciliador, de entendimiento, Felipe VI pide que en la construcción del «gran proyecto de modernización de España» «nadie se quede atrás». Un mensaje a nacionalistas, pero también a los jóvenes, la otra idea eje del discurso del Rey. «Todos podemos hacer mucho por el bien común, y superarnos cada día; animando a quien lo precisa -sin que nadie quede atrás-, y sumando todas nuestras fuerzas en el deseo de una España siempre mejor, porque los españoles lo merecemos».

El ejemplo de la Transición

Como ejemplo del espíritu que Felipe VI predica, al igual que hiciera en el acto solemne del 40 aniversario de la Constitución, apela a la Transición, sus logros y sus legados: «La reconciliación y la concordia; el diálogo y el entendimiento; la integración y la solidaridad» son, recuerda el Monarca, «los ideales que animaron y unieron a los españoles durante la Transición y que han sido el fundamento, la base de nuestra libertad y de nuestro progreso de estos últimos 40 años».

Y en este contexto, lanza un mensaje a los políticos: «Fue la voluntad de los españoles de entenderse y la de los líderes políticos, económicos y sociales de llegar a acuerdos, a pesar de estar muy distanciados por sus ideas y sentimientos».

Como se ha señalado antes, en su mensaje, el Rey hace especial hincapié en los jóvenes, en la búsqueda de su complicidad para el futuro más inmediato. «Queréis vivir y convivir, pero tenéis problemas serios», expone Felipe VI. «Os tenemos que ayudar: a que podáis construir un proyecto de vida personal y profesional», es su invitación, instándoles «a seguir construyendo día a día un país mejor, más creativo, más dinámico, y siempre en vanguardia, contando con vosotros, con vuestra energía».

En Zarzuela son conscientes de que la Corona no conecta con los jóvenes, donde predomina la desafección y la censura. Felipe VI trata de tender puentes, vías de entendimiento:«Como sociedad tenemos una deuda pendiente con los jóvenes. Somos responsables de su futuro».


sábado, 8 de diciembre de 2018

La Monarquía: ficción y función en la España moderna

Manuel Mostaza. Politólogo
El Mundo 

En contra de lo que se podía haber pensado en aquel "mundo de ayer" de Stefan Zweig, que acabó con el derrumbe de gran parte de las Coronas europeas (Alemania, Rusia, Austria...), la monarquía ha resistido mejor los embates de la modernidad que muchas otras estructuras sociales procedentes del Antiguo Régimen. Algunas de las cosas que parecían normales hace siglos, como la esclavitud o la desigualdad entre hombres y mujeres, están hoy claramente deslegitimadas en el mundo occidental (y, si se practican, lo es de manera vergonzante) y, sin embargo, la monarquía, con otras funciones y otras formas, continúa siendo un factor clave en la vida política de algunos de los países más prósperos de Europa.
Hay algo paradójico en esta situación, porque si la Ilustración era la mayoría de edad del hombre, como quería Kant, todo parecía indicar que la consolidación de la razón como vector de legitimidad en la vida pública se iba a llevar por delante una forma de Estado tan premoderna y arcaica como es la monarquía. Sin embargo, la paradoja desaparece cuando superamos el debate nominal e intentamos ir más allá de la espuma. Las monarquías que han llegado en el mundo libre al siglo XXI lo han hecho porque han sabido adaptar sus funciones a la modernidad. Por eso, estados como los Países Bajos, el Reino Unido, Suecia o España se parecen más a las repúblicas de ciudadanos libres e iguales ante la ley soñadas por los liberales del XIX que a las viejas monarquías de las que son herederas.
Esta adaptación ha demostrado, además, que encaja bien con una ciudadanía sentimental y que entiende que la utilidad de las instituciones desborda en muchas ocasiones un debate que se genere solo con parámetros racionales. Somos seres emocionales que no edificamos nuestra actividad pública en exclusiva sobre la razón, y por eso nos gustan los relatos y valoramos las contradicciones. Nuestro propio sistema político, por ejemplo, se articula a través de múltiples ficciones que funcionan como metáforas y que nos permiten dotar de sentido al caos informe que nos rodea. La soberanía que reside en las Cortes Generales es en realidad un atributo religioso inasible políticamente a estas alturas. Las naciones no son más que comunidades imaginadas y la libertad y la igualdad dos pulsiones contrapuestas imposibles de declinar en la realidad. Al ciudadano emocional que ahora sabemos que somos no le chirría por tanto que haya elementos que no sean racionales en la vida política, siempre que sean funcionales. En este sentido, la monarquía ha demostrado en muchos países, y desde luego en España, la capacidad que tiene para articularse como una metaficción de rango superior que asegure la generación de espacios de libertad, convivencia y respeto bajo unas reglas de juego claras en las que puedan expresarse las diferentes opciones políticas.
En el caso de nuestro país, como en otras naciones de nuestro entorno, este cambio no ha estado exento de problemas. España entró en la escena contemporánea como una monarquía trasatlántica que se había modernizado a lo largo del XVIII y en la que nadie ponía a la Corona en cuestión. No en vano, para aquella época es más correcto referirse a lo que hoy llamamos España como Monarquía Hispánica; tan asentado estaba el papel de territorios articulados por una identidad común cuyo vértice era la monarquía católica.
A lo largo del siglo XIX, la opción monárquica fue siempre mayoritaria en la sociedad y en las élites políticas españolas, y no es sino hasta las décadas centrales del XIX, al utilizar las élites liberales la Corona de Isabel II para imponer su visión de país (moderada o progresista), cuando se produce por primera vez un desgaste y una crítica en verdad relevante para la institución. Sin embargo, el modelo de pacto alcanzado en la España de la Restauración dibuja por vez primera en nuestro país una idea de la Corona como punto de encuentro de todos los actores del ecosistema político que no quieran situarse voluntariamente fuera de él -carlistas y republicanos, cada uno en un extremo-. Un juego en el que el discrepante no debe ser excluido, ni exiliado, para evitar así el retraimiento de la oposición que tanto había contribuido a deslegitimar esa misma dinámica política durante los últimos años del reinado de Isabel II.
 En este sentido, el escrito de Antonio Cánovas del Castillo que hace suyo el entonces joven cadete Alfonso de Borbón, y que dio a conocer el 1 de diciembre de 1874 (el Manifiesto de Sandhurst), muestra bien algunas de las líneas que desde entonces no han abandonado a la Monarquía. En aquel manifiesto, el joven príncipe asumía "el difícil encargo de restablecer en nuestra noble nación, al tiempo que la concordia, el orden legal y la libertad política". Se trata de una serie de atributos que luego estarán presentes también en el Manifiesto que su nieto D. Juan de Borbón haría público en Lausana en 1945, en defensa de una monarquía "reconciliadora y tolerante", y que de nuevo asoman cuando, décadas después, el joven Rey Juan Carlos I declare en el Congreso de los Estados Unidos y ante la incertidumbre por el futuro de España que "la Monarquía hará que, bajo los principios de la democracia, se mantengan en España la paz social y la estabilidad política, a la vez que se asegure el acceso ordenado al poder de las distintas alternativas de gobierno, según los deseos del pueblo libremente expresados".
Esta línea de continuidad de la Corona (cuyos valores aparecen también en el discurso de proclamación de Felipe VI, cuando garantizó "la independencia de la Corona, su neutralidad política y su vocación integradora ante las diferentes opciones ideológicas..."), que configura a la Monarquía como elemento de unión y encuentro entre diferentes, y que permite la concordia civil y la consolidación de las libertades, es una de las claves de la autoridad de la que ha disfrutado durante las últimas décadas en España. Un país en el que, desde la aparición del Estado nación, ha habido problemas para reconocer símbolos comunes y articular relatos compartidos por todos los miembros de la comunidad política.
Sin embargo, la tensión política que se vive desde hace unos años en España, con una parte sustancial de la población catalanaapostando por la secesión unilateral, ha afectado también a la Corona. En paralelo, los ataques a una institución que permanecía fuera del debate político se han incrementado por parte de una parte minoritaria, pero relevante, de las élites políticas, alterando así el núcleo de los consensos básicos sobre los que se edificó la democracia de 1978. Se ataca a la Corona por lo que es, acusándola de un supuesto anacronismo constitucional, pero también por lo que hace, como cuando el 3 de octubre de 2017 se posicionó con claridad en defensa del orden constitucional frente al intento de golpe tramado por las élites nacionalistas en Cataluña.
La Corona es hoy un elemento clave en la estructuración de nuestro modelo político(una democracia de muy alta calidad, según todos los estándares internacionales), en la medida en que una parte relevante de sus atributos, como la estabilidad en la Jefatura del Estado o la visión a largo plazo, aportan un importante valor añadido a nuestro sistema. La vigencia de la Monarquía es hoy la vigencia de la España constitucional, la España del encuentro y de la concordia, la España en la que por fin entendimos, después del horror de una guerra civil y de una larga dictadura, que nuestro país lo construimos entre todos, que no hay ideologías con un plus de legitimidad y que la democracia, al final, es hacer sitio a la realidad de los otros, como escribiera el poeta francés Yves Bonnefoy. Y nada como la Corona para asegurar ese sitio.

viernes, 7 de diciembre de 2018

Constitución, Democracia, Monarquía

Emilio Lamo de Espinosa
Catedrático emérito de Sociología (UCM)
ABC

Cuarenta años de estabilidad constitucional son, sin duda, un hito que merece más que un reconocimiento formal. Pues no es nada usual esa estabilidad democrática, ni en nuestra historia ni en la comparada. Si observamos esta última, veremos que, aparte la Constitución de los Estados Unidos, la más antigua (y la única del siglo XVIII), tenemos otras cuatro constituciones democráticas en el siglo XIX (Noruega 1814, Holanda 1815, Bélgica 1831 y Dinamarca 1849) y, ya en el XX, otras cinco (Irlanda 1937, Italia 1947, Alemania 1948, Francia 1958 y Suecia en 1974), para llegar a Portugal en 1976, y a España en 1978, pioneros de la gran tercera ola de transiciones a la democracia que se desata tras la caída de la URSS en 1991. Pero más importante es destacar esta estabilidad en nuestra historia política, en la que sólo podemos encontrar una comparación: la Constitución de 1876, que iba a durar hasta 1923 (formalmente hasta 1931), es decir, nada menos que 47 años.

Efectivamente, en nuestra historia reciente hemos tenido dos restauraciones monárquicas a comparar con otras dos repúblicas. Y ¿qué enseñanza podemos sacar de ello? Como sabemos si la primera república duró un año consumiendo cuatro presidentes y dando lugar a nada menos que tres guerras civiles (una carlista, otra cantonal y la tercera en Cuba), la segunda, recibida con mayor ilusión aun, duraría menos de una década generando una terrible guerra civil de la que se saldría con una dictadura que iba a durar otros cuarenta años. El resumen, no por matizable, deja de ser rotundo: dos repúblicas de pocos años de duración, una dictadura de más de 40 años, y dos monarquías de otros tantos años cada una. Y sin duda, los mejores periodos, indiscutiblemente, las dos monarquías, las dos restauraciones.

Santos Juliá ha escrito que, si somos los que más tronos hemos derrocado, somos también los que más tronos hemos restaurado. Afortunadamente. Pues con Alfonso XII y la primera restauración España tuvo por vez primera sociedad burguesa, alternancia política, administración pública, justicia y prensa libre, industria, ateneos, ópera, e incluso ciencia (y recordemos a la Junta de Ampliación de Estudios, inicio de la ciencia moderna en España). Y la segunda restauración, ahora en la figura de Juan Carlos I y en el marco de la Constitución de 1978, abriría el periodo más fecundo de nuestra historia.
Nada lo hacía sospechar. Antes, al contrario. A comienzos de los años 60 España seguía siendo un país paria y estigmatizado en el marco europeo. Un resto de las dictaduras derrotadas en la Segunda Guerra Mundial en un entorno plenamente democrático; con una economía autárquica y cerrada cuando funcionaba ya la comunidad económica europea; y con una cultura integrista e intolerante cuando la contra-cultura parisina y californiana permeaba creencias y actitudes. Todo hacía sospechar pues que, tras la muerte del general Franco nuestra historia retomaría el curso de violencia fratricida y cainita que nos perseguía desde más de un siglo.
Pero ocurrió lo inesperado. Y ocurrió, en buena medida, porque se esperaba lo contrario. No es casual que un buen número de democracias consolidadas son el resultado de terribles guerras civiles que dan lugar a aprendizajes colectivos: never more, nunca más. No nos une el amor sino el espanto, decía Borges. Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Italia, Alemania, Japón, y tantas otras democracias, son resultado, no del olvido, sino del recuerdo, incluso obsesivo, de la violencia originaria. La democracia española tiene su más firme cimiento en la convicción de que la Guerra Civil fue una catástrofe colectiva a evitar y se asienta en el rechazo a la misma, pero no desde la desmemoria como se asegura, sino, al contrario, desde su recuerdo. De modo que, cuando la mal llamada Memoria Histórica trata de asentar esta democracia en una de las partes frente a la otra, menospreciando la historia (en España hubo una guerra civil, no sólo un pronunciamiento militar), hace un flaco favor a la democracia pues pretendiendo afianzarla lo que hace es dividirla.
No es necesario repetir los enormes avances conseguidos en estos cuarenta años, avances de los que los españoles son muy conscientes. A la altura del 2010, una encuesta de Metroscopia mostraba que nada menos que un 72% de los españoles aseguraban con rotundidad que la actual democracia constituye el período en que mejor ha estado nuestro país en su historia. Resultado de una sociedad madura, prudente, educada y trabajadora, más bien conservadora, aunque se autodefina como de centro-izquierda. Incluso hoy mismo, y si somos capaces de dejar de lado el grave conflicto catalán (no es fácil, lo reconozco), España es una de las sociedades más estables de Europa: sin partidos u opinión pública eurófoba, sin xenofobia ni islamofobia, y sin polarización ni agresividad en la vida ciudadana. Sólo los políticos desentonan en este escenario. Miremos a Italia, Francia, Alemania, Austria, Polonia, Hungría, Suecia, Finlandia, incluso a Inglaterra o Estados Unidos. Y comparemos.
Y ello porque, a pesar de ciertos discursos, tenemos sólidas bases de legitimidad política que el sondeo más reciente del CIS (3223) ha venido a confirmar. El 85% de los españoles siguen prefiriendo la democracia a cualquier alternativa, aunque estén insatisfechos con su funcionamiento (más bien «poco» que «nada» insatisfechos); es un dato nada frecuente. Y preguntados si la forma en que se llevó a cabo la Transición a la democracia en España constituye un motivo de orgullo contestan afirmativamente tres de cada dos (el 67%), e incluso la mayoría de los jóvenes (de 18 a 24) están de acuerdo. Otra mayoría está muy o bastante satisfecha con cómo nos han ido las cosas con esta Constitución, aunque el 70% afirma después que hay que reformarla (y la mayoría, 49%, cree que debe de ser «una reforma importante»).
Y lo más importante hoy: menos de un 0,2% mencionan la Monarquía como un problema relevante. Aciertan otra vez los españoles al banalizar el necio discurso que trata de convencerlos de que se trata de una institución caduca y antidemocrática, creyendo encontrar en ella un caballo de Troya desde el que comenzar el desmantelamiento de la democracia. Incluso Pablo Iglesias reconoce que lo fundamental para definir el carácter democrático de un régimen político no es que lajefatura del Estado sea electiva o no, sino que efectivamente se garanticen las libertades. Tiene toda la razón. Y añade con mayor motivo: Pero la calidad democrática de un sistema político sí puede medirse. El problema es que no se ha molestado en hacerlo, sin duda para no enturbiar su republicanismo. Le invito a que lo haga.
Efectivamente, según el servicio de estudios de The Economist, sólo hay 19 democracias completas (full democracies), en el mundo, sobre un total de algo menos de 200 países, menos de un 10%. Pues bien, en esa lista no figuran ni los Estados Unidos ni Francia, las dos grandes repúblicas. Pero sí están Noruega, Suecia, Dinamarca, Luxemburgo, Holanda, el Reino Unido y, por cierto, España (lugar 19, estábamos en el 25 hace poco). Nada menos que siete de las ocho Monarquías parlamentarias figuran entre las veinte mejores democracias del mundo (la otra Monarquía parlamentaria, Japón es la 20, pero es ya democracia «imperfecta», al igual que Estados Unidos (lugar 21) o Francia (lugar 24)).
Tras analizar datos similares, Freedom House (el otro think tank que anualmente informa sobre el estado de la democracia en el mundo) concluía que es más probable que un sistema político sea libre si es monárquico que si es republicano; y si el régimen es libre, será de mayor calidad si es monárquico que si es republicano.
Busquemos otro indicador de calidad de los países, este más comprensivo y general, como es el Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas, que atiende a variables como sanidad, educación, igualdad de la mujer y otras. Y de nuevo en los veinte primeros puestos se repiten Noruega, Dinamarca, Holanda, Suecia, Reino Unido, Japón y Luxemburgo. Bélgica es el 22 y España ocupa el lugar 27. Datos confirmados por otro índice de calidad, el Índice de Progreso Social (avalado por Michael E. Porter de la Universidad de Harvard, y Hernando de Soto) en el que en los diez primeros lugares figuran Dinamarca, Suecia, Noruega, Holanda y Reino Unido. Japón, Bélgica y España aparecen en la segunda decena. Y podría seguir.
De modo que quien piense aún que Monarquía y democracia son incompatibles que nos diga en qué datos se apoya pues la mayoría de las mejores democracias del mundo son Monarquías. Y quien siga pensando que la Monarquía tiene poco que ver con la modernidad y es una antigualla de otros tiempos haría bien también en revisar su opinión: no sólo es compatible, es que muchas están a la vanguardia de la modernidad y de la eficiencia económica y social.
¿Casualidad? Por supuesto que no. El carácter hereditario de la jefatura del Estado, justamente aquello por lo que se critica a la Monarquía, acaba siendo, contra-intuitivamente (lo dice Freedom House), un factor positivo que compensa déficits casi inevitables en las democracias republicanas. Un Rey representa a la totalidad de la nación y no a una parte o partido. Y la representa tanto en el espacio (a todos) como en el tiempo. Una anécdota que es una categoría: cuando Juan Carlos I llegó a Costa Rica en 1977, el entonces presidente Daniel Oduber, le recibió con estas palabras: Señor, hace quinientos años que esperábamos la visita del Rey de España. Difícilmente esto se hubiera podido decir de un presidente republicano. Un Rey aporta además una visión de largo plazo que compensa el cortoplacismo que las alternancias electorales imponen a las democracias. Finalmente, un Rey imprime un tono de continuidad y tradición que permite y facilita que todo cambie sin que parezca que cambia sustancialmente. Los españoles lo sabemos bien pues si pudimos pasar «de la ley a la ley» fue por la continuidad que otorgó la Corona.
Es más fácil que una Constitución dure si es democrática. Y esa democracia será de mayor calidad si está coronada. Como decía Juan José Linz, los estudiosos de la democratización harían bien en pensar más sobre la Monarquía. No nos engañemos: la defensa de la democracia española pasa hoy, sin duda, por la defensa de la Monarquía parlamentaria, y quienes atacan esta no lo hacen por las virtudes de una ficticia república (que sería un tercer fracaso), sino porque creen haber encontrado el mejor camino para su destrucción. Constitución, democracia y restauración han ido de la mano en nuestra historia y son variables que juegan juntas. Y por ello se echa de menos (se echa mucho de menos) una más vigorosa defensa de la institución desde los partidos constitucionalistas y, especialmente, de aquellos que gobiernan. Hagamos caso al 99% de los españoles: la Monarquía no es un problema, pero sí lo sería su destrucción, primer paso para liquidar la Constitución y la democracia.