miércoles, 19 de junio de 2019

V Aniversario Proclamación del Rey Don Felipe VI

Con motivo del V Aniversario de la Proclamación de Don Felipe VI como Rey de España, se han publicado numerosos artículos valorando estos años de reinado.

A continuación recogemos una pequeña recopilación.

Dibujo de Nieto en ABC:


El reinado en imágenes (Galería de fotos en ABC)

Un Rey a la altura de España

" El compromiso de Don Felipe con las inquietudes y preocupaciones de todos los españoles es innegable. Es un magnífico gestor de equilibrios institucionales, y está plenamente involucrado con nuestros derechos sociales y libertades públicas, con los avances científicos, la solidaridad internacional, los éxitos deportivos, el sostenimiento de tradiciones, el fomento de la cultura y la mejora del medioambiente. Además, encarna la mejor imagen de España como su primer embajador, como máximo responsable de nuestras Fuerzas Armadas, y como padre y marido ejemplar para garantizar el futuro de la Corona."

La forja de un Rey ejemplar

" Cuando Felipe de Borbón subió el trono, hace ahora cinco años, quizá no imaginaba la clase de desafío al que tendría que enfrentarse. O quizá sí. Lo cierto es que heredó el peso de la Corona en un momento delicado de la más alta magistratura del Estado, con la popularidad muy dañada por los escándalos que salpicaron el último tramo del reinado de su padre. Sin embargo, desde su mismo discurso de proclamación asumió la ejemplaridad como norte de su desempeño institucional, y un lustro después el consenso es unánime: Felipe VI se ha conducido hasta la fecha como un jefe de Estado impecable. Hasta el punto de que, en no pocos trances, la clase política española aparecía inmadura e irrelevante por comparación."















martes, 18 de junio de 2019

Un rey de España en Windsor

Ignacio Peyró
ABC

Si 1992 fue un año para el optimismo español, en Gran Bretaña iba a quedar -son palabras de Isabel II- como un «annus horribilis»: cuando un país celebraba la Exposición Universal y los Juegos Olímpicos, el otro sufría el Miércoles N egro de la libra esterlina o el descrédito sin vuelta atrás del partido en el poder. Para afirmar que no recordaría el 92 «con placer rebosante», la Reina tenía, sin embargo, motivos más inmediatos que el abandono del sistema cambiario europeo: los matrimonios de sus hijos y su hermana estaban rotos o por romperse, los escándalos se sucedían, la familia zozobraba. Un día de noviembre vino el último trallazo sentimental: se declaraba un incendio en el castillo de Windsor, lugar de la legitimidad y de la memoria, importante para los reyes de Inglaterra desde los tiempos -hace casi mil años- de Guillermo el Conquistador. Allí lloró su pena Jorge III, allí se desató el dandismo de Jorge IV, allí permaneció intacto, por orden de la reina Victoria, el cuarto azul en el que murió su consorte Alberto.

En fin, cuando la dinastía tuvo que cambiar de nombre, en el momento germanófobo de la Gran Guerra, nadie soñó con Buckingham o Sandringham o Balmoral: tenía que ser Windsor. Pero si Windsor ha sido el palacio de las ocasiones de pompa y circunstancia, de las fiestas, de las bodas en la capilla de San Jorge, para la Reina tiene una cercanía muy propia: es el lugar donde pasó los bombardeos alemanes durante la guerra; donde ha enterrado a sus padres y ha casado a sus nietos. Es también la casa de los afectos, por tanto. Y allí recibe hoy a Felipe VI, el Rey de España. Desde los tiempos de Catalina de Aragón, tan querida aún por los británicos, o de un Felipe II que se esforzó en chapurrear el inglés y beber la cerveza local, estas visitas ni son rutina ni dejan de tener su sentido y su emoción. De nuevo es así: si de afectos hablamos, la Orden de la Jarretera es el mayor de todos los honores que puede conceder la Reina de Inglaterra.

Con sus vistosos desfiles por San Jorge y un uniforme de tanta bizarría como incomodidad -hasta la propia Isabel II llegó a quejarse-, los ceremoniales de la Jarretera parecen hablarnos de esa «fuerza natural» que, según el anglófilo Morand, entronca a los británicos con su pasado. Nuestro Moratín, en el XIX, no deja de pasmarse de las sofisticaciones que alcanza en las islas «la ciencia del blasón». Más allá de estos «jeroglíficos góticos», cuando Isabel II y Felipe VI se encuentren, no estará de más repasar aquella vieja frase de Walter Bagehot, gran politólogo victoriano, según la cual la monarquía endulza la política con la justa adición de acontecimientos hermosos. Las liturgias de la Jarretera serán, en efecto, una de esas ocasiones en que la Corona no se mantiene «escondida como un misterio», sino que se pasea «como un desfile». En su discurso sobre el «annus horribilis», Isabel II supo que la institución monárquica «no debe pensarse libre del escrutinio de los que la apoyan, y menos aún de los que no lo hacen». Dicho de otro modo, ha de asegurar ese «valor incalculable» que, en términos de representación y reputación, confiere al Estado el «uso digno» de la Corona. Ahí, el posado conjunto en Windsor no constituye tan sólo un potente mensaje para ambos países en términos de imagen. La propia diferencia de edad -Isabel II llevaba tres lustros de reinado al nacer Felipe VI- abona esa magia inteligible que, incluso en tiempos poco dados a la deferencia, aún parece conservar la monarquía. Ese es un rasgo con calado en las opiniones públicas, y responsable de un fenómeno «que suele escapar a los estudiosos de la filosofía política»: el «afecto» que une a tantas personas con los reyes. En pleno proceso del Brexit, el «encantamiento místico» que observa Bagehot en la Corona volverá a ser operativo a la hora de simbolizar el encuentro de dos pueblos. Como adivinó el eminente victoriano, si la monarquía es «la luz por encima de la política», es -entre otras cosas- porque a veces llega donde la política habitual no es capaz de llegar.

A cinco años de su proclamación y dos de su visita de Estado, en plena coyuntura de Brexit, ¿qué Reino Unido se encuentra Felipe VI? Alegra pensar que, seguramente, un Reino Unido más hispanófilo que nunca. Así podemos comprobarlo en los Institutos Cervantes de Mánchester, Leeds y Londres, cuya biblioteca fue inaugurada por la Reina Sofía. Tras la gran retrospectiva de Murillo, la National Gallery dedica a Sorolla la mayor exposición -inaugurada a su vez por la Reina Letizia- de la temporada; Kelsey Grammer acaba de terminar su cabalgada con El hombre de la Mancha en Covent Garden. Nuestros mejores restauradores saben triunfar en una plaza tan exigente como es la inglesa, y con nuestros restauradores viene nuestro producto de la mano. La subfacultad de español de Oxford, como contaba hace pocas semanas ABC Cultural, cumple cincuenta años, y hasta el British Council, repetidamente, ha calificado al español de «lengua del futuro» para los británicos.

Lo español y el español, sin embargo, importa decirlo, no son sólo una moda. Han pasado quinientos años desde el viaje de Elcano, cuando -por citar la frase, tan hermosa, de Belisario Betancur- «la tierra fue redonda primero en español». En un país acostumbrado a pensar el mundo como es el Reino Unido, el interés por la Hispanoesfera es un interés natural: como las naciones de habla inglesa, constituye también un polo global, con 750 millones de personas que, hacia el año 2050, estarán creando, investigando y comerciando en español. Las casas reales tienen entre sí sus tradiciones, cortesías y relaciones de familia. Pero tras ese «encantamiento místico» de la visita, lo que importa señalar es que esta es una realidad que se intuye en la calle, se computa en las torres administrativas de Whitehall y, desde luego, se conoce a la perfección entre Buckingham y Windsor.

lunes, 17 de junio de 2019

El Rey, investido caballero de la Orden de la Jarretera


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ABC

La Reina de Inglaterra ha investido este lunes al Rey de España caballero de la Orden de la Jarretera en una ceremonia de pompa y circunstancia que se ha celebrado en el Castillo de Windsor y la Capilla de San Jorge en la que también ha sido investido el Rey de los Países Bajos y que ha reunido a la mayoría de los miembros de la Familia Real británica. En un semisoleado día británico, Don Felipe recibió los atributos de la Jarretera, una orden tan antigua y prestigiosa como el Toisón de Oro español. La primera parte de la ceremonia se ha celebrado a puerta cerrada y la Casa del Rey no ha podido confirmar si Don Felipe ha recibido, entre los demás atributos de la orden, la singular liga que simboliza esta condecoración. Tan singular es este símbolo que en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial hay un retrato de Felipe II con la famosa liga de la Jarretera.

La ceremonia, que empezó a las doce del mediodía, transcurrió en dos actos. Primero se celebró la investidura en el Salón del Trono del Castillo de Windsor, donde la Reina presidió el capítulo de la orden como Soberana de la misma. Isabel II, vestida con la larga capa de la Jarretera y cubierta con el sombrero de terciopelo negro con pluma de avestruz, presidió una ceremonia en la que los caballeros y las damas de la orden y el resto de los invitados se sentaron en los laterales del salón formando dos largas filas. Los asientos más próximos a Isabel II los ocuparon los Reyes Felipe y Guillermo Alejandro.

Durante la ceremonia, el Monarca español, que lucía un chaqué, fue llamado a colocarse ante la Reina para recibir los atributos de la Jarretera. Según la leyenda, el origen de esta condecoración, creada en 1348 para reconocer el valor y la lealtad, se debe a que el Rey Eduardo III estaba bailando con la condesa de Salisbury, cuando a esta dama se le cayó una liga azul y, para evitar que ella se avergonzara, el Monarca la recogió del suelo y se la puso. Por ello, el lema de la orden es: «Honi Soi Qui Mal y Pense» (averguéncese quien tenga un mal pensamiento).

martes, 1 de enero de 2019

Sólo ante el peligro

Eduardo Álvarez

El Mundo

EL CINE ES UNA DE LAS grandes pasiones de los Reyes. Cuántas veces a lo largo de 2018 no se habrá visto reflejado Don Felipe en Will Kane, el personaje encarnado por Gary Cooper en Solo ante el peligro al que adornaba un sentido del deber muy superior al que es justo endosarle a cualquier hombre. Así está nuestro jefe del Estado.

Artículo completo 

lunes, 31 de diciembre de 2018

Decíamos ayer...

Después de una larga temporada sin publicar nuevas entradas, retomamos el blog para compartir noticias de interés relacionadas con la Monarquía, especialmente las vinculadas a la Familia Real española, pero sin olvidar al resto de monarquías europeas y de otras partes del mundo.

En los próximos días publicaremos noticias anteriores de especial relevancia que se han producido en este paréntesis de silencio. Progresivamente cambiaremos el diseño para hacerlo más moderno y práctico para os lectores.

Estamos donde estábamos. Ayer, como hoy, el objetivo primordial del blog y de la página web Fororeal.net es servir a la Corona con la máxima lealtad.

Reinar en tiempos revueltos

Lucía Mendez
El Mundo

"ENCARNO UNA MONARQUÍA en un tiempo nuevo". Con este impecable y celebrado relato, Felipe VI asumió la Corona ante las Cortes Generales el 19 de junio de 2014, tras la inesperada y abrupta abdicación de su padre, Juan Carlos I. Lo que no podía sospechar entonces el nuevo Monarca es que ese "tiempo nuevo" iba a ser en realidad un tiempo revuelto, inestable, incierto y turbulento. El más turbulento desde la Transición. Pronto lo descubrió el Rey.

El videojuego de FB6

David Gistau
El Mundo

LAS CIRCUNSTANCIAS DEL REY admiten una traslación generacional. Si tomamos como referencia el año pletórico de 1992, cuando el entonces príncipe hizo de abanderado en el desfile olímpico de Barcelona con la sonrisa y el sombrero de medio lado, nadie podía imaginar el carajal que aguardaba tanto a él como a sus contemporáneos. Quienes, veinteañeros entonces, se preparaban para gestionar en la madurez destinos particulares menores en el contexto de una España casi conclusa que, terrorismo de ETA aparte, parecía haber terminado por fin un siniestro, violento viaje interior que empezó con los espadones carlistas. La gloria de lo fundacional, de lo curativo, quedaba para la generación anterior, la que hizo la Transición y cultivó el mito genesíaco de la democracia a la europea.

Felipe VI, garante de la libertad y la concordia

Editorial
El Mundo

No es casual que quienes cuestionan la Constitución de 1978, fruto del proceso de reconciliación nacional entre los españoles que significó la Transición, y quienes quieren acabar con la unidad territorial, sustentada en el principio de solidaridad que garantiza la estabilidad política, social y económica de todos los ciudadanos, hayan puesto en el centro de sus ataques al Rey Felipe VI. Porque eso es lo que simboliza, según la Carta Magna, la Monarquía parlamentaria, la forma política del Estado español: su «unidad y permanencia».

Felipe VI, personaje del año

Con motivo de la elección del Rey como personaje del año, "El Mundo" publica una serie de artículos sobre los últimos acontecimientos que ha afrontado el Rey en el presente año.

Felipe VI: "La Corona será garante de la Constitución y la libertad en España"

Barcelona. 25 de febrero de 2018. Cena del Mobile World Congress. La alcaldesa Ada Colau acude a saludar a Felipe VI tras participar en el desplante institucional contra su visita y unos segundos bastan para que el Rey plasme la esencia de su reinado: "Yo estoy aquí para defender la Constitución". La breve conversación escapó a los micrófonos, pero esas siete palabras mostraban el compromiso de la Corona con la defensa del Estado de Derecho en plena afrenta independentista y en medio de una ofensiva contra la Monarquía como forma de socavar a la propia nación española.

Hace unos años, en una conversación con periodistas cuando todavía era Príncipe de Asturias, el actual Monarca reflexionaba así al ser preguntado por el 23-F: "Prefiero no necesitar ese tipo de reválidas". Quién le iba a decir que tendría que afrontar en el inicio de su reinado su particular 23-F en forma de desafío independentista. Un reto que ha encarado en soledad, sin apenas respaldo por parte del Gobierno. Él mismo lo definió hace unos meses como "la más grave crisis que hemos debido afrontar en nuestra historia reciente". Y ante ella, Felipe VI ha sido quien ha vertebrado el compromiso mayoritario de la sociedad con la Constitución y en defensa del Estado de Derecho. Diálogo sí, pero siempre bajo una premisa: "Las reglas que son de todos deben ser respetadas por todos".



martes, 25 de diciembre de 2018

Discurso de Navidad del Rey



El Rey pide "consensos" para "asegurar en todo momento" la "frágil convivencia"
El Mundo

Tensión. Crispación. Enfrentamiento. Insultos. En la calle y en las instituciones. No hay más que ver los debates en el Congreso de los Diputados. O las disputas, por ejemplo, en las calles de Cataluña entre constitucionalistas e independentistas. El tono político del año que termina ha sido bronco. La división se ha radicalizado. La Casa del Rey no permanece ajena a este enconamiento que remueve los cimientos de la convivencia. La salud de ésta es precisamente una de las grandes preocupaciones de Felipe VI. Así lo ha plasmado en su Mensaje de Navidad, el más personal y de calado de cuantos pronuncia en el año. El Rey la define como «la obra más valiosa de nuestra democracia y el mejor legado que podemos confiar a las generaciones más jóvenes». E insta a los líderes políticos a «alcanzar consensos cívicos y sociales» que ayuden a «defenderla, cuidarla y protegerla».

Frente a los peligros de una ruptura de la convivencia, «reconciliación, concordia, diálogo, entendimiento, integración y solidaridad» son los pilares sobre los que el Rey asienta «la base de nuestra libertad y progreso».

Felipe VI evidencia su preocupación por el distanciamiento y las heridas que está provocando el discurso político en la convivencia en estos últimos años. De hecho, no duda en definirla como «frágil», para acto seguido recordar que es «el mayor patrimonio que tenemos los españoles» y que es «imprescindible asegurarla en todo momento». Y, como ha realizado a lo largo de este 2018, blande la Constitución y el Estado de Derecho como guía para defender y asegurar: «Las reglas que son de todos» deben ser «respetadas por todos».

En esta Navidad de 2018, Felipe VI ha querido transmitir a los españoles un mensaje conciliador, con una apuesta por el diálogo y los consensos como herramientas para solucionar los problemas. Para destensionar y canalizar la convivencia, en democracia y libertad, como valor esencial a preservar. Un mensaje que coincide con el enconamiento del desafío independentista, con imágenes de enfrentamientos o tensión en las calles y con un Congreso donde la dialéctica bronca ha ganado enteros.

La convivencia, eje central del discurso

El Rey, en esta ocasión, ha querido evitar ambigüedades o segundas lecturas. Por eso, en su mensaje define qué es o debe ser la convivencia:«Se basa en la consideración y en el respeto a las personas, a las ideas y a los derechos de los demás; que requiere que cuidemos y reforcemos los profundos vínculos que nos unen y que siempre nos deben unir a todos; que es incompatible con el rencor y el resentimiento, porque estas actitudes forman parte de nuestra peor historia y no debemos permitir que renazcan; una convivencia en la que la superación de los grandes problemas y de las injusticias nunca puede nacer de la división, ni mucho menos del enfrentamiento, sino del acuerdo y de la unión ante los desafíos y las dificultades».

En su discurso más corto de los últimos años (10:50 minutos, frente a, por ejemplo, los 13:18 de 2016), Felipe VI emplea la convivencia como concepto río que estructura su discurso. Es la palabra más empleada: siete veces. Si en ocasiones anteriores, sectores de la política y la sociedad, principalmente los nacionalistas y Podemos, han afeado la falta de una apelación directa al diálogo, en esta ocasión desde Zarzuela se ha explicitado y reiterado este principio como valor esencial, siempre al amparo de la Constitución. De hecho, insistió en «hacer todo lo que esté en nuestras manos» para que sus «principios no se pierdan ni se olviden».

Felipe VI se ha convertido en el foco de una campaña de acoso y ataque por parte de los independentistas y Podemos, que simbolizan en él su propósito de romper el régimen del 78 o hacer caer el actual modelo de Estado. Prueba de ello es que en la tarde de ayer, y antes incluso de escuchar las palabras del Monarca, activistas y militantes de Podemos impulsaron una campaña en las redes sociales con la etiqueta #ElReyNoTeHabla para explicitar por qué, a su juicio «no nos representa».

En su propósito de transmitir un mensaje conciliador, de entendimiento, Felipe VI pide que en la construcción del «gran proyecto de modernización de España» «nadie se quede atrás». Un mensaje a nacionalistas, pero también a los jóvenes, la otra idea eje del discurso del Rey. «Todos podemos hacer mucho por el bien común, y superarnos cada día; animando a quien lo precisa -sin que nadie quede atrás-, y sumando todas nuestras fuerzas en el deseo de una España siempre mejor, porque los españoles lo merecemos».

El ejemplo de la Transición

Como ejemplo del espíritu que Felipe VI predica, al igual que hiciera en el acto solemne del 40 aniversario de la Constitución, apela a la Transición, sus logros y sus legados: «La reconciliación y la concordia; el diálogo y el entendimiento; la integración y la solidaridad» son, recuerda el Monarca, «los ideales que animaron y unieron a los españoles durante la Transición y que han sido el fundamento, la base de nuestra libertad y de nuestro progreso de estos últimos 40 años».

Y en este contexto, lanza un mensaje a los políticos: «Fue la voluntad de los españoles de entenderse y la de los líderes políticos, económicos y sociales de llegar a acuerdos, a pesar de estar muy distanciados por sus ideas y sentimientos».

Como se ha señalado antes, en su mensaje, el Rey hace especial hincapié en los jóvenes, en la búsqueda de su complicidad para el futuro más inmediato. «Queréis vivir y convivir, pero tenéis problemas serios», expone Felipe VI. «Os tenemos que ayudar: a que podáis construir un proyecto de vida personal y profesional», es su invitación, instándoles «a seguir construyendo día a día un país mejor, más creativo, más dinámico, y siempre en vanguardia, contando con vosotros, con vuestra energía».

En Zarzuela son conscientes de que la Corona no conecta con los jóvenes, donde predomina la desafección y la censura. Felipe VI trata de tender puentes, vías de entendimiento:«Como sociedad tenemos una deuda pendiente con los jóvenes. Somos responsables de su futuro».


sábado, 8 de diciembre de 2018

La Monarquía: ficción y función en la España moderna

Manuel Mostaza. Politólogo
El Mundo 

En contra de lo que se podía haber pensado en aquel "mundo de ayer" de Stefan Zweig, que acabó con el derrumbe de gran parte de las Coronas europeas (Alemania, Rusia, Austria...), la monarquía ha resistido mejor los embates de la modernidad que muchas otras estructuras sociales procedentes del Antiguo Régimen. Algunas de las cosas que parecían normales hace siglos, como la esclavitud o la desigualdad entre hombres y mujeres, están hoy claramente deslegitimadas en el mundo occidental (y, si se practican, lo es de manera vergonzante) y, sin embargo, la monarquía, con otras funciones y otras formas, continúa siendo un factor clave en la vida política de algunos de los países más prósperos de Europa.
Hay algo paradójico en esta situación, porque si la Ilustración era la mayoría de edad del hombre, como quería Kant, todo parecía indicar que la consolidación de la razón como vector de legitimidad en la vida pública se iba a llevar por delante una forma de Estado tan premoderna y arcaica como es la monarquía. Sin embargo, la paradoja desaparece cuando superamos el debate nominal e intentamos ir más allá de la espuma. Las monarquías que han llegado en el mundo libre al siglo XXI lo han hecho porque han sabido adaptar sus funciones a la modernidad. Por eso, estados como los Países Bajos, el Reino Unido, Suecia o España se parecen más a las repúblicas de ciudadanos libres e iguales ante la ley soñadas por los liberales del XIX que a las viejas monarquías de las que son herederas.
Esta adaptación ha demostrado, además, que encaja bien con una ciudadanía sentimental y que entiende que la utilidad de las instituciones desborda en muchas ocasiones un debate que se genere solo con parámetros racionales. Somos seres emocionales que no edificamos nuestra actividad pública en exclusiva sobre la razón, y por eso nos gustan los relatos y valoramos las contradicciones. Nuestro propio sistema político, por ejemplo, se articula a través de múltiples ficciones que funcionan como metáforas y que nos permiten dotar de sentido al caos informe que nos rodea. La soberanía que reside en las Cortes Generales es en realidad un atributo religioso inasible políticamente a estas alturas. Las naciones no son más que comunidades imaginadas y la libertad y la igualdad dos pulsiones contrapuestas imposibles de declinar en la realidad. Al ciudadano emocional que ahora sabemos que somos no le chirría por tanto que haya elementos que no sean racionales en la vida política, siempre que sean funcionales. En este sentido, la monarquía ha demostrado en muchos países, y desde luego en España, la capacidad que tiene para articularse como una metaficción de rango superior que asegure la generación de espacios de libertad, convivencia y respeto bajo unas reglas de juego claras en las que puedan expresarse las diferentes opciones políticas.
En el caso de nuestro país, como en otras naciones de nuestro entorno, este cambio no ha estado exento de problemas. España entró en la escena contemporánea como una monarquía trasatlántica que se había modernizado a lo largo del XVIII y en la que nadie ponía a la Corona en cuestión. No en vano, para aquella época es más correcto referirse a lo que hoy llamamos España como Monarquía Hispánica; tan asentado estaba el papel de territorios articulados por una identidad común cuyo vértice era la monarquía católica.
A lo largo del siglo XIX, la opción monárquica fue siempre mayoritaria en la sociedad y en las élites políticas españolas, y no es sino hasta las décadas centrales del XIX, al utilizar las élites liberales la Corona de Isabel II para imponer su visión de país (moderada o progresista), cuando se produce por primera vez un desgaste y una crítica en verdad relevante para la institución. Sin embargo, el modelo de pacto alcanzado en la España de la Restauración dibuja por vez primera en nuestro país una idea de la Corona como punto de encuentro de todos los actores del ecosistema político que no quieran situarse voluntariamente fuera de él -carlistas y republicanos, cada uno en un extremo-. Un juego en el que el discrepante no debe ser excluido, ni exiliado, para evitar así el retraimiento de la oposición que tanto había contribuido a deslegitimar esa misma dinámica política durante los últimos años del reinado de Isabel II.
 En este sentido, el escrito de Antonio Cánovas del Castillo que hace suyo el entonces joven cadete Alfonso de Borbón, y que dio a conocer el 1 de diciembre de 1874 (el Manifiesto de Sandhurst), muestra bien algunas de las líneas que desde entonces no han abandonado a la Monarquía. En aquel manifiesto, el joven príncipe asumía "el difícil encargo de restablecer en nuestra noble nación, al tiempo que la concordia, el orden legal y la libertad política". Se trata de una serie de atributos que luego estarán presentes también en el Manifiesto que su nieto D. Juan de Borbón haría público en Lausana en 1945, en defensa de una monarquía "reconciliadora y tolerante", y que de nuevo asoman cuando, décadas después, el joven Rey Juan Carlos I declare en el Congreso de los Estados Unidos y ante la incertidumbre por el futuro de España que "la Monarquía hará que, bajo los principios de la democracia, se mantengan en España la paz social y la estabilidad política, a la vez que se asegure el acceso ordenado al poder de las distintas alternativas de gobierno, según los deseos del pueblo libremente expresados".
Esta línea de continuidad de la Corona (cuyos valores aparecen también en el discurso de proclamación de Felipe VI, cuando garantizó "la independencia de la Corona, su neutralidad política y su vocación integradora ante las diferentes opciones ideológicas..."), que configura a la Monarquía como elemento de unión y encuentro entre diferentes, y que permite la concordia civil y la consolidación de las libertades, es una de las claves de la autoridad de la que ha disfrutado durante las últimas décadas en España. Un país en el que, desde la aparición del Estado nación, ha habido problemas para reconocer símbolos comunes y articular relatos compartidos por todos los miembros de la comunidad política.
Sin embargo, la tensión política que se vive desde hace unos años en España, con una parte sustancial de la población catalanaapostando por la secesión unilateral, ha afectado también a la Corona. En paralelo, los ataques a una institución que permanecía fuera del debate político se han incrementado por parte de una parte minoritaria, pero relevante, de las élites políticas, alterando así el núcleo de los consensos básicos sobre los que se edificó la democracia de 1978. Se ataca a la Corona por lo que es, acusándola de un supuesto anacronismo constitucional, pero también por lo que hace, como cuando el 3 de octubre de 2017 se posicionó con claridad en defensa del orden constitucional frente al intento de golpe tramado por las élites nacionalistas en Cataluña.
La Corona es hoy un elemento clave en la estructuración de nuestro modelo político(una democracia de muy alta calidad, según todos los estándares internacionales), en la medida en que una parte relevante de sus atributos, como la estabilidad en la Jefatura del Estado o la visión a largo plazo, aportan un importante valor añadido a nuestro sistema. La vigencia de la Monarquía es hoy la vigencia de la España constitucional, la España del encuentro y de la concordia, la España en la que por fin entendimos, después del horror de una guerra civil y de una larga dictadura, que nuestro país lo construimos entre todos, que no hay ideologías con un plus de legitimidad y que la democracia, al final, es hacer sitio a la realidad de los otros, como escribiera el poeta francés Yves Bonnefoy. Y nada como la Corona para asegurar ese sitio.