martes, 3 de junio de 2014

V.E.R.D.E.

Las fechas de los grandes acontecimientos históricos de  nuestras vidas se dividen en dos grandes grupos: aquellas que aunque hayan pasado muchos años nos acordamos siempre de dónde estábamos cuando nos enteramos, y con quién andábamos, y qué estábamos haciendo, y aquellas otras de las que apenas recordamos siquiera que hubiesen ocurrido. La de ayer es de las primeras. Todos recordaremos siempre qué estábamos haciendo ayer por la mañana a las 10 y media, y dónde andábamos, cuando nos enteramos que Su Majestad El Rey de España Don Juan Carlos I había abdicado.

¿Y saben lo primero que se me vino a la cabeza cuando me enteré? Pues otra abdicación, casi secreta, casi de clausura, de la que apenas se enteró nadie, formalizada en el Palacio de la Zarzuela, cuando Don Juan de Borbón, Conde de Barcelona, renunció a sus derechos históricos a la Corona como heredero de Don Alfonso XIII y depositó la legitimidad donde estaba la legalidad, en el pulso del Rey de todos los españoles que nos había traído la democracia y devuelto las libertades, en el encaje de bolillos de la Transición modelada y moderada por el supremo arbitraje de la Institución. En aquel acto, el Conde de Barcelona pronunció, dirigidas a su augusto hijo, las palabras que guiaron toda su vida: "¡Por España, siempre por España!".

Así ha sido ahora. Yo sé por qué abdicado Don Juan Carlos; por lo mismo que lo hizo Don Juan: por el bien de España. Por el futuro de la Corona. Como una apuesta firme a que nuevas personas reales lleven con pulso sereno los rumbos de la Institución. Estamos, además, en tiempos de renuncias hasta ahora increíbles, casi imposibles de plantear. ¿Hubiese alguien creído hace unos años que iba a presentar su dimisión el mismísimo Papa de Roma? Si el Papa renuncia por el bien de la Iglesia, ¿por qué no ha de hacerlo el Rey?

Pero que a Vuestra Majestad le quiten lo servido, Señor... Que le quiten a Vuestra Majestad los méritos de su limpísima y patriótica hoja de servicios a España, a los españoles, a la democracia, a las libertades. Todos nos acordaremos de cuándo nos enteramos ayer de la renuncia del Rey de la Transición, como recordamos perfectamente dónde supimos que la dictadura había muerto en la cama. De entonces acá, todos estos años de ventura en la democracia y en las libertades los debemos a la inmensa generosidad y capacidad de Don Juan Carlos. No se suele tener en consideración, pero hay que recordar que, tras el cambio de régimen, Don Juan Carlos recibió todos los poderes del Estado, absolutamente todos los poderes. Ni en el periodo más absolutista reunió más poder Fernando VII que Don Juan Carlos I tras aquel 20 de noviembre de 1975. Y uno a uno fue renunciando a todos, absolutamente a todos, y, paradójicamente, el Soberano devolvió la soberanía nacional al pueblo español, vamos, como el que se encuentra una cartera por la calle y la devuelve a su legítimo dueño, por muchos miles de euros que lleve dentro. El Rey de las Libertades, el Rey de la Concordia Nacional, el Rey de todos los españoles. Ya digo, Señor: que le quiten lo servido. Aunque me temo que hay tanto miserable y tanto desmemoriado desagradecido en estos Reinos de las Españas que se lo quitarán a Vuestra Majestad. Hasta le escatimarán la grandeza de este su último gesto, de seguir renunciando a todo, como renunció a su propia infancia, niño triste mandado por su padre junto a su peor enemigo para salvar así la Casa... Como renunció a aquellos poderes absolutos de 1975 y los depositó en las Cortes del Reino, en los gobiernos legítima y democráticamente elegido.
 
Es quizá demasiado pronto para los balances. Me quedo con la emoción del amor a España, del dolor por España del gran Rey que nos devolvió las libertades. Que os quiten lo servido, Señor... Gracias. Y con más fuerza que nunca, repito la perpetuación en Don Felipe VI del viejo grito de Estoril: V.E.R.D.E. 

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