domingo, 11 de febrero de 2007

Cuatro horas con Erika Ortiz (Entrevista de 2004)

Erika junto a su hija Carla. (Foto: REUTERS)
 
CARMEN DUERTO
El Mundo

MADRID.- Más de cuatro horas de conversación reposada y sin interrupciones en una salita de reuniones de la revista de arte para la que trabajaba Erika Ortiz den para mucho. Quedamos a las once y media del 9 de junio de 2004 y terminamos de hablar sobre las tres de la tarde. A aquel encuentro le puso una sola condición: que de la conversación no extrajera entrecomillados suyos ni cursivas ni negritas.

Nada que pudiera llevar a la conclusión de que aquella charla que íbamos a mantener era una entrevista, que de lo que yo escribiera nadie pudiera deducir que Erika me había concedido una exclusiva. "Soy una persona abierta y confiada. No quiero dejar de ser yo misma".

La lista de peticiones de entrevistas de ella era interminable y si accedía a conversar conmigo no era para sentar un precedente. Accedió y así pude conocer a la hermana pequeña de la periodista que acababa de convertirse en Princesa de Asturias.

Le pedí permiso para tomar apuntes de lo que íbamos hablando y de esas anotaciones, de lo que recuerdo de aquel encuentro y del contacto que luego hemos seguido manteniendo por email, he extraído lo que escribo en estas líneas.

Lo primero que me sorprendió fue el apretón de manos al llegar y los dos besos que nos dimos al despedirnos. Cómo elaboraba las respuestas, escogiendo las palabras más rebuscadas. En ese momento me pareció un poco redicha. Sin embargo, lo compensaba con un tono de voz muy dulce y pausado, que me recordó mucho al de su hermana Letizia.

Se parecía a ella en lo mucho que gesticulaba y en lo extremadamente delgada que era, lo que la hacía parecer mucho más pequeñita de aspecto. Sus respuestas tenían una lógica aplastante y un discurso coherente. Miraba directamente a los ojos. No esquivaba el tú a tú.

La familia

Me habló con mucho cariño del padre de su hija, con mucho amor de Carla, la pequeña, y con absoluta discreción de sus hermanas Letizia y Thelma. Pero me contó otras muchas cosas. Por ejemplo, que le gustaban cosas tan mundanas como llegar a casa y una vez que había acostado a su hija Carla, sentarse en el sofá con Antonio Vigo, su ex marido, a charlar.

Era el único rato del día en el que podían hacerlo y hablaban de todo. Decía que la buena comunicación con la pareja era vital. Siempre nos referíamos a él como su marido y así lo respeté, aunque no estuvieran casados. Aún no había conocido a ese amigo italiano que tanto le gustó, ni al cámara de televisión que ha sido su última pareja sentimental.

Los ojos se le iluminaban sobre todo hablando de su hija, de cómo se sentaban juntas alguna tarde a modelar el barro. La niña le hacía pequeñas esculturas a su tía Letizia para llevárselas al palacio y no pasaba un día en que la Princesa no llamara a su sobrina para que le contase cómo lo había pasado en el colegio.

Erika, licenciada en Bellas Artes, aunque ya llevaba años sin exponer, seguía creando. Había mostrado públicamente sus obras en diferentes exposiciones colectivas de Centros Culturales, pero con la niña y el trabajo en esos momentos -en FMR, la editorial italiana de libros de arte- le quedaba poco tiempo para la escultura.

Cuando mantuvimos la entrevista llevaba tres años sin exhibir su obra. Mientras me hablaba de sus creaciones gesticulaba mucho, hacía como que modelaba en el aire, y relataba cuánto le encantaba trabajar con las manos. "Darle forma al barro es algo mágico". Me fijé en ellas: eran finas y largas. Como ya no se prodigaba mucho con la escultura, por el tiempo y porque la actividad requería un espacio que no tenía, se centró más en la fotografía.

Erika era muy ordenada, y ello le impedía pensar en montar y desmontar todo el tinglado que precisaba para modelar el barro en su casa. Máxime cuando hay una cría pequeña. "Ahora", me comentaba, "me he convertido en la pinche de mi marido: 'Erika pásame la paleta, Erika esculpe esta pieza'".
 
Fotógrafa y escultura

Me recordó que se había licenciado en Bellas Artes en la Complutense de Madrid, que se había especializado en fotografía y escultura. Que hablaba tres idiomas además del castellano: italiano, alemán e inglés. Y que una de las experiencias más interesantes había sido su estancia como Erasmus en la Universidad de Berlín, en su último año de carrera.

Algo que me sorprendió y ella enseguida me aclaró: "Mis padres siempre nos han empujado a vivir otras culturas. Tenía otras opciones, y yo sabía que Berlín era la más difícil, pero me atraía mucho el aire nuevo de cambio que se vivía en Berlín y también me atraía mucho vivir en una ciudad europea".

Sus notas durante la carrera fueron excelentes: "Se presentaron muchas personas, era el destino más solicitado y me la dieron por un trabajo fotográfico de investigación". Lo curioso es que fue sin saber absolutamente nada de alemán.

A lo largo de las horas de conversación estuvimos ojeando algunas revistas y ella me enseñaba las ilustraciones con muchísima pasión. Era obligado preguntarle por qué no escribía en las revistas de FMR: "No, no escribo porque no tengo tiempo para investigar sobre arte. Además, teniendo la revista entre las manos qué más se puede querer. Con mi trabajo tengo acceso a los historiadores, a artistas y a todo el arte".

Ella, que había nació un 16 de abril de 1975, desde muy pequeña se decidió por el arte. Después de cursar dos años de BUP, se hizo todo el bachillerato artístico y sacó notas altas en el duro examen de ingreso en la Facultad. Además, completó su formación con cursos privados de comunicación, de escenografía y de producción audiovisual. Me contaba que iba por la calle "imaginando encuadres y creando formas virtuales. Creo que la dirección artística es algo mágico a lo que no renuncio".

Satisfecha
 
En ningún momento de la entrevista tuve la sensación de estar ante una persona tímida o retraída. La encontré satisfecha por donde estaba, por los cambios que estaban viviendo y orgullosa de su familia.

Sabía salir airosa de todas las preguntas y no me pareció que el hecho de convertirse su hermana en Princesa la molestase. Se reconocía como una persona impulsiva, creativa, apasionada y vitalista. Es cierto que sonreía mucho, pero no dejaba de tener una expresión triste, algo que, recuerdo, me llamó especialmente la atención. 

Llevábamos un buen rato de charla cuando entró un compañero a preguntarle si bajaba a comer. Ella prefirió seguir nuestra entrevista.

Me contaba que se levantaba pronto, que preparaba el desayuno y llevaba a su hija al colegio, donde más de una vez tenía que discutir con el guardia para que le permitiese dejar el coche en segunda fila. Que le gustaría que los días tuvieran más horas para hacer más cosas y que disfrutaba jugando y educando a su pequeña, una niña que peso al nacer sólo dos kilos.

Insistió en asegurarme que llevaba nueve meses como responsable de la FMR. La promocionaron a los cuatro meses de contratarla. Según su afirmación, ocupaba ese puesto desde octubre de 2003, un mes antes de hacerse público el compromiso de su hermana Letizia con el Príncipe de Asturias, por lo que el calificativo de 'hermanísima' se lo tomaba con cariño y no le molestaba. 

Letizia no podrá volver a soplar las velas de cumpleaños sobre una tarta casera de chocolate hecha por sus hermanas. Les falta una de sus columnas. Seguro que una persona como Erika, con el tremendo cariño que le tenía a su gente y lo unido que estaba a ellos, tuvo que escribirles una o varias cartas de despedida. No se entendería que los dejara con remordimientos de conciencia y sin explicaciones.  

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