martes, 1 de noviembre de 2005

Sucesión a la Corona: política y derecho

TRANSMITIR buenas noticias en el momento oportuno. He aquí una virtud indiscutible de la Monarquía. Lección impecable para viejos y nuevos republicanos, algunos de ideología inequívoca, otros más bien confusa. Señas de identidad de la única institución que conjuga símbolos y conceptos, fórmulas míticas con teoría racional. Resuelto el enigma, queda claro que la naturaleza no ha querido contribuir al empeño razonable de poner orden y concierto en el debate. Estamos en el peor momento para abordar una reforma de la Constitución. La equiparación del varón y la mujer es una exigencia irrenunciable del principio de igualdad según las pautas actuales de la teoría de la justicia. Por esta poderosa razón, tendrá que reformarse en su día la previsión del artículo 57 en favor de la descendencia masculina. No es verdad, sin embargo, que la norma vigente sea inconstitucional, curiosa paradoja que defienden -con más voluntad que acierto- algunos juristas imbuidos de la doctrina alemana. No es aceptable tampoco invocar como precedente el proyecto actual en materia de títulos nobiliarios, puesto que se trata de cuestiones de naturaleza muy diferente. En rigor, no hace falta aportar argumentos adicionales, porque el problema no reside en el contenido, ni siquiera en las formas. El secreto está en el manejo de los tiempos: la política es un saber prudencial cuya finalidad consiste en resolver problemas y no en crearlos. Dicho de otro modo: el interés general exige en este caso dejar las cosas como están. Es cuestión de «salus populi...».

Hay quien discute también sobre procedimientos. Se pretende incluso eludir la reforma constitucional a través de la ley orgánica a que hace referencia el artículo 57.5. Es una opinión carente de solidez jurídica, puesto que no estamos en presencia de abdicaciones o renuncias ni se plantea duda alguna de hecho o de derecho en el orden de sucesión. Resulta más inteligente la interpretación creativa que ofrece Francisco J. Laporta como alternativa a la que denomina «textual» y «topográfica»: puesto que la modificación no «afecta» en sentido fuerte al título II, basta con poner en marcha el procedimiento menos gravoso de reforma, regulado por el artículo 167. La intención es buena, pero conduce a un choque frontal con la letra y con el espíritu de la Constitución. Porque el constituyente quiso, con muy buen criterio, «blindar» a la institución monárquica respecto de mayorías ocasionales, lo mismo que a otras decisiones nucleares (entre ellas, por cierto, las que afectan a la nación con sus nacionalidades y regiones). Determina, por tanto, que el pueblo español asuma de forma plena su función irrenunciable como titular de la soberanía. Así pues, además de alcanzar por dos veces las pertinentes mayorías cualificadas en ambas Cámaras, habrá que celebrar elecciones generales y cerrar el proceso con un referéndum «ad hoc». El respeto escrupuloso a las reglas del juego es fundamental en el Estado democrático: la ingeniosa teoría de la mutación constitucional tiene su límite infranqueable en el sentido común. Debe acudirse, pues, sin pretexto alguno al procedimiento regulado por el artículo 168 y es razonable suponer que el Consejo de Estado emitirá en este sentido el parecer que el Gobierno le solicita, como es propio de un cuerpo consultivo inspirado por la «prudentia iuris» y no por el constructivismo jurídico.

¿A quién podría beneficiar un hipotético referéndum? El arraigo social de la Monarquía y la justicia de la causa igualitaria invitan a pronosticar un resultado favorable, pero todo plebiscito encierra un riesgo de consecuencias incontrolables. Unos pocos gritarán «salud y república». A otros les basta con exhibir las siglas de su partido. Surge donde menos se esperaba cierto sector de opinión cuya reacción ante la consulta es más que previsible, aunque tal vez los menos exaltados lograrían templar las pasiones incontroladas mediante un sano ejercicio de patriotismo responsable. Si se sumaran todos los ingredientes, la aprobación popular de la reforma sería susceptible de una o varias lecturas engañosas. Mal asunto, porque -interpretado con intención sectaria- ese resultado podría dañar seriamente la legitimidad de origen y de ejercicio que hoy día nadie discute a la Monarquía. Odiosa consecuencia. Puestos en lo peor, un paso decisivo para el juego desleal que practican algunas minorías irredentas y un fracaso en toda regla para la convivencia democrática. El feliz nacimiento de una niña no debe inducir a que se adopten decisiones precipitadas, a pesar de su impacto sobre la sensibilidad colectiva. La política, decía Ortega, no está hecha para «profesionales de la razón pura». Todo ello, añado, dando por sentado -como es de rigor- que la propuesta de reforma venga inspirada por la mejor de las intenciones.

La insistencia en que se pretende dar solución a un problema acuciante tampoco justifica la puesta en marcha de tan complicados mecanismos. El Derecho vigente resuelve de forma precisa todos los supuestos de hecho. La Infanta recién nacida ocupa desde su nacimiento el segundo lugar en el orden sucesorio, precedida únicamente por su padre y seguida por Doña Elena, por los hijos de ésta, por Doña Cristina y por los hijos de esta última. Cuando llegue el día de afrontar la reforma, habrá que atender a los eventuales problemas de aplicación retroactiva y de derechos adquiridos (o, según los casos, de meras expectativas de derechos), apasionantes sin duda para los juristas. El venturoso acontecimiento viene a complicar las cosas desde el punto de vista jurídico-político. Lo principal es que se elimine de raíz cualquier querella futura, para lo cual será imprescindible incorporar las reglas transitorias pertinentes al título II de la Constitución. Pero debe hacerse en su momento, insisto, y no ahora. Más aún: aunque la prioridad de Don Felipe está fuera de cualquier duda razonable, sería conveniente introducir una referencia específica al respecto en el propio título II. El buen decir del Derecho cuando es cultivado por manos expertas permitirá solventar cualquier problema de naturaleza técnica. En cambio, nadie puede sustituir al gobernante en el genuino ejercicio de su responsabilidad a la hora de tomar decisiones. Más vale que acierte.
 

¡Niña!

Vicente Ángel Pérez

ABC

 
MIENTRAS la ciudad duerme, las redacciones de los periódicos están despiertas y en alerta porque saben que el mundo, a la noche, no se detiene; ni el mundo, ni, aún menos, la vida. La de ayer fue una de esas citas en las que el periodista de noche, ese sereno, ese vigía, ese imaginaria de la actualidad, se enfrenta a pecho descubierto a la noticia que le llega a horas que no son horas, que ya es tarde, que ya ha anochecido y que los ruteros ya viajan sin ella a muchos puntos de España.

Es entonces, en el instante en el que a las dos y media de la madrugada alguien en la Redacción exclama ¡Niña!, cuando el periodismo de noche, que es un periodismo de colmillo y soledad, tiene que derramar su profesionalidad; o sea, sus reflejos y sus armas contra el minutero de las rotativas. Es entonces cuando Redacción, Producción y Distribución de un periódico se engranan y encadenan para que la noticia de la noche, del día, del año, llegue al mayor número de lectores. Y así, en esa madrugada de ayer, la noticia del nacimiento de la Infanta Doña Leonor estaba en la calle sólo una hora después de ser anunciada. Y hubo tiempo aún, pese a que el tiempo en la noche es más corto que un sueño, para nuevas ediciones; la última de ellas, a las seis de la mañana, con la imagen y las emocionadas palabras de un padre primerizo. Ese padre, el Príncipe de Asturias, corroboraba con sus palabras el lema de las redacciones de noche: que el mundo no se detiene, ni, aún menos, la vida.
 

Otro medio siglo de España

Valentí Puig
ABC
 
ES de una lógica artificiosa tantear una reforma encubierta de la Carta Magna cuando casi nadie discute que es la mejor Constitución que España tuvo nunca. Es extraño el intento de conformación de una opinión pública que desagradezca el pasado y tampoco crea mucho en el futuro. Hace medio siglo que el Príncipe Juan Carlos ingresaba como caballero cadete en la Academia General Militar. Hoy celebra el nacimiento de su nieta la Infanta Leonor, primera hija de los Príncipes de Asturias. Hace medio siglo, según recordó ayer «The Herald Tribune», el secretario de Estado norteamericano, John Foster Dulles, viajaba a Madrid para verse con Franco. Era la primera visita a España de un secretario de Estado, después del final de la guerra civil española.

Pocos meses antes, la Alemania occidental -hoy motor de la Alemania reunificada- había recuperado su soberanía, ingresando en la OTAN. Medio siglo después de la visita de Dulles, España es miembro de la Alianza Atlántica y de la Unión Europea. Con cincuenta años, algunos elementos cambian y otros -la geografía, por ejemplo- no se alteran: hace cincuenta años, Mohamed V regresaba a Marruecos.

Hace medio siglo, los pequeños calzábamos zapatos Gorila, hoy los padres pagan un pico por zapatillas deportivas como las Nike. Entonces iba llegando la televisión, hoy estamos en la digital y con el DVD. Tras la economía autárquica de postguerra, el régimen franquista adopta la actitud de una política económica gradualmente liberalizadora. Llegaron las horas extra, el «seiscientos», la expansión y arraigo de una clase media en un sistema sin libertades políticas. Medio siglo más tarde, el crecimiento económico español sobrepasa la media europea, las empresas invierten en el extranjero, los bancos catalizan megafusiones y la nueva clase media invierte en Bolsa.

En 1955, los españoles íbamos al cine para ver «Marcelino pan y vino», «Historias de la radio», «Recluta con niño», «Muerte de un ciclista». Con Romy Schneider, «Sissi» arrasó. Con Marilyn, «La tentación vive arriba» fue catalogada «para mayores». En la radio triunfaba el humor familiar de «Matilde, Perico y Periquín». Hoy Antonio Banderas filma nuevos episodios del Zorro en Hollywood, zapeamos a todas horas, compramos por internet y pasamos las Navidades en Cancún.

Se equivocó de mucho el poeta al escribir con fatalismo de señorito progre que «de todas las historias de la Historia/ sin duda la más triste es la de España, porque termina mal». Medio siglo después, ese determinismo histórico es una reliquia repelente. Los trabajos constitucionales de la transición democrática dan fe de que hay historias que acaban bien, aunque hoy el tiempo político sea de marejada. En 1955 se comercializaban las cámaras instantáneas Polaroid y hoy los chicos de la ESO se fotografían en el patio con su teléfono móvil.

Del cadete que ingresaba en la Academia Militar a la Infanta Leonor va eso, otro medio siglo de España, el mismo que va de la visita de Foster Dulles a la cumbre de Hampton Court o al agolpamiento subsahariano en las vallas de Ceuta y Melilla. En el entorno anterior y posterior a la visita de Dulles iría llegando la ayuda norteamericana que contribuirá a modular posiciones del régimen y, que si es de cuantía discutible, «no se podrá negar su oportunidad», como dicen José Luís García Delgado y Juan Carlos Jiménez en «Un siglo de España». 1955 es el año del primer avión a reacción español y del fallecimiento de Ortega. Comparemos lo que va de 1955 al año de la muerte de Franco y lo que hemos vivido en los treinta años después, hasta hoy. De esos últimos años sorprende que no exista un nuevo Ortega o que, sin razones de peso, esté comenzando el trámite parlamentario de un nuevo estatuto de autonomía catalán. Aún así, esas historias de la Historia no acabarán mal.
 

Detrás de un nombre de mujer

LUIS IGNACIO PARADA
ABC
 
QUIENES creen que el nombre imprime carácter estarán encantados de que los Príncipes de Asturias hayan elegido para su hija el nombre de Leonor, que dicen que significa «Dios es mi luz». Ojalá sea así.

Según la Kabbalah, una antigua tradición hebrea que especula con la naturaleza humana y el origen y destino del alma, cada nombre le da a la persona que lo lleva ciertas características y determinadas tendencias que marcarán su destino. Y así prevé que las mujeres llamadas Leonor están llamadas a ser reservadas, interesadas en la comprensión de la vida mediante la ciencia y la filosofía y con buen sentido para los negocios, lo que podría dificultar la expresión de las cualidades más tiernas y espontáneas de su naturaleza. Lo verán, si acaso, quienes vivan dentro de más de medio siglo.

Pero ése no es el problema. Ni ha nacido ayer con el feliz alumbramiento de la Infanta que llevará por nombre Leonor. Desde que se anunció el matrimonio del heredero de la Corona sabíamos que en el momento en que los Príncipes tuvieran un segundo hijo que fuera varón, si el primero no lo era, la reforma del artículo 57 de la Constitución, que otorga preferencia a los varones en la sucesión, se haría mucho más difícil, porque podrían perjudicarse los derechos de ese niño y los de las Infantas Elena y Cristina si el cambio no fuera retroactivo. Ese cambio se complica porque la Constitución establece los derechos del Príncipe Felipe, pero el Tribunal Constitucional ha sentenciado la no marginación de la mujer, lo que permite dar marcha atrás a las actuales discriminaciones en la sucesión a los títulos nobiliarios. Ahora no cabe alegar una urgencia que no existe para un complejo cambio con el que colar de rondón otros, menos urgentes aún, como los que ofreció el actual presidente del Gobierno a esos españoles que no les gusta el nombre de Leonor y han bautizado a sus hijos con nombres tan irrisorios en nuestro país como Wanesa, Samantha, Yashmina o Lover Smile.
 

Los riesgos de una reforma precipitada

Editorial ABC
 
EL nacimiento de la primogénita de los Príncipes de Asturias ha sido recibido con gran satisfacción por el conjunto de la sociedad española. Acaecido en mitad de un largo puente festivo y en vísperas de un debate político de máxima relevancia, es muy significativo que este feliz acontecimiento acapare hoy el interés de los medios de comunicación y las conversaciones de los ciudadanos. De paso, tan dichoso acontecimiento contribuye a destensar el patio y los ambientes políticos, sometidos a la abrasión que viene provocando el debate sobre el Estatuto catalán. Todo ello refleja el arraigo indiscutible de la Monarquía, relacionado sin duda con la especial sensibilidad de la Familia Real para conectar con muy diferentes sectores sociales.

Por razones obvias, buena parte de los comentarios giran en torno a la eventual reforma de la Constitución para eliminar la preferencia del varón sobre la mujer en el orden sucesorio de la Corona. ABC expresaba ayer -nada más producirse la noticia- un criterio muy definido: «El cambio puede esperar», puesto que existen razones prácticas para evitar que se incurra en una precipitación inoportuna. Equiparar a ambos sexos en este y en cualquier otro caso está justificado por argumentos de todo tipo, pero no es una cuestión prioritaria en la circunstancia actual de la vida política española. Con la prudencia propia del caso, Don Felipe ha expresado también su criterio de que la reforma ha de llevarse a cabo en el momento oportuno. Corresponde ahora al Gobierno y a los partidos políticos determinar cuál es la ocasión propicia para poner en marcha el complejo mecanismo que permita dar una nueva redacción al artículo 57.

Ante todo, es imprescindible que se respeten de forma escrupulosa los procedimientos previstos. Surgen opiniones carentes de fundamento jurídico serio, en el sentido de que basta con utilizar la vía de la ley orgánica, prevista por el artículo 57.5. Sin embargo, dicho precepto nada tiene que ver con la cuestión que ahora se plantea, puesto que se refiere a la resolución por las Cortes de abdicaciones o renuncias, o bien de dudas jurídicas o de hecho. No es el caso. Tampoco basta con acudir, mediante una interpretación forzada de la norma fundamental, al procedimiento de reforma ordinaria del artículo 167, que permitiría evitar el referéndum. La Constitución ha querido preservar a la institución monárquica de las mayorías cambiantes, precisamente porque el Rey es símbolo de la unidad y permanencia del Estado. Será indispensable utilizar, por tanto, el artículo 168, lo que conlleva la exigencia de mayoría de dos tercios en ambas Cámaras, disolución «inmediata» de las Cortes, nuevas mayorías de dos tercios y cierre del proceso mediante un referéndum nacional. Éste es el mecanismo previsto para una hipotética revisión total de la Constitución, así como para cualquier cambio en el Título Preliminar, en la parte sustancial del Título I (relativo a los derechos fundamentales) y, como es el caso, del Título II en su integridad.

Es obligado ponderar cuidadosamente, en este contexto, las circunstancias que concurren. Todas ellas vienen a confluir en el mismo punto de llegada: razones de prudencia política y de responsabilidad institucional aconsejan el aplazamiento de la reforma. Todavía es pronto para adivinar si el final ordinario de la legislatura será ese momento apropiado, como parece tener muy claro el ministro de Justicia. Aunque se trata de una simple coincidencia, no puede desconocerse que el nacimiento de la Infanta se produce en los mismos días en que la Constitución está siendo sometida a una auténtica prueba de fuego. Mañana se inicia en el Congreso un debate trascendental para la vertebración territorial de España. Mezclar la reforma del Título II con esta controversia de alta densidad política sólo favorece a quienes son expertos en pescar en río revuelto. Basta recordar que el mismo procedimiento del artículo 168 habría de aplicarse -en su caso- a la modificación del artículo segundo, en el que se proclaman la indisoluble unidad de la nación española y el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones. En puridad, si se otorga a una comunidad autónoma la consideración de «nación» (o cualquiera de las fórmulas análogas que se manejan) debería procederse a una reforma constitucional que requiere la concurrencia de las dos fuerzas políticas mayoritarias y la decisión última del pueblo español. No hace falta insistir en la inconveniencia de que se pongan en relación, aunque sea puramente formal, una y otra reforma de la Constitución. Porque, en este sentido, la intención del Gobierno de hacer un pack con otros retoques, multiplica los peligros, pues esos pescadores en río revuelto encontrarían más material ( de diverso tipo, pero siempre delicado) para forzar transacciones indeseables.

Pero un riesgo no menor deriva del sometimiento a una consulta popular específica de la alteración del orden sucesorio. La prudencia exige impedir extrañas interpretaciones plebiscitaria acerca de la monarquía parlamentaria, forma política del Estado que suscita hoy día la adhesión de una gran mayoría social. Esta consulta supondría una caja de resonancia para opciones minoritarias, incluidas las posiciones republicanas de algunos socios parlamentarios del Gobierno.

Nadie pone en cuestión la legitimidad de la Monarquía de todos, encarnada por la figura excepcional de Don Juan Carlos, de cuyo reinado se cumplirán pronto treinta años. La continuidad dinástica está garantizada por Don Felipe, cuyo compromiso con el proyecto de la España constitucional está más que acreditado, y ahora también por la Infanta recién nacida. En último término, la Constitución regula con el máximo rigor el régimen jurídico de la sucesión a la Corona, que sólo debe ser modificado cuando el sosiego, y no la crispación, marque la pauta de nuestra realidad social y política.
 

Leonor en la historia de España

Por Luis Suárez Fernández, de la Real Academia de la Historia
 
ABC
 

CUANDO en la mañana de ayer recibí la noticia de que la futura Princesa de Asturias iba a llamarse Leonor, dos ideas saltaron a mi conciencia de historiador. La primera, indudablemente, fue que ése es el nombre de la madre del primer Príncipe de Asturias, Enrique III; y la segunda, que Leonor es el nombre de una Reina que vino siendo niña, desde Inglaterra, educada en Normandía, Leonor de Aquitania, y que desarrolló un enorme papel en España.

Leonor de Aquitania -empecemos por ella- trajo a España la función fundamental de hacer que las mujeres tuvieran exactamente el mismo nivel que los hombres. Fundó las Huelgas de Burgos, donde el dominio de la abadesa se ejercía como si se tratara de una jurisdicción eclesiástica. Por allí pasaron los grandes poetas y los grandes trovadores de su tiempo. Y de allí salieron también dos grandes mujeres, que fueron nuevas reinas: Berenguela, la madre de San Fernando, y Blanca, la madre de San Luis de Francia. El nombre queda, pues, vinculado a la tradición histórica española. Y pasa de este modo a una hermana de Alfonso XI de Castilla, otra Leonor, que en 1329 contrae matrimonio con Pedro IV de Aragón y que es la madre de aquella Leonor que llegó a ser Reina de Castilla al casarse con Juan I.

Hay siempre un detalle curioso cuando los cronistas se ocupan de estas figuras, como es el caso de otra Leonor, hija de Alfonso IV de Portugal. Parece que todas ellas fueron capaces de destacar profundamente en la vida y en los afectos que rodean a una Monarquía. No hay que olvidar que ésa es una de las claves esenciales. Sin el amor entre Isabel y Fernando, o entre Bárbara de Braganza y Fernando VI, tendríamos que contar la Historia de una manera muy diferente. También hay una excepción, Leonor de Navarra, que sustituyó con malas artes a su hermana Blanca, que murió asesinada. Pero se trata de una excepción que viene un poco a confirmar la regla.

Encontramos el nombre de Leonor en toda la Baja Edad Media, alimentada por la memoria de aquélla que fue fundadora de la Huelgas de Burgos, y tan distinta de su madre, Alienor, que reinó en Inglaterra.

Es importante en estos momentos para un historiador, prescindiendo del asunto del nombre, destacar el papel que en la continuidad de la Dinastía tiene el hecho de que los Príncipes de Asturias hayan conseguido descendencia, pues de este modo se refuerza una trayectoria dinástica que estaba consolidada, pero que ahora experimenta una ganancia importante. No debemos plantear con urgencia ningún tema en relación con el reconocimiento del derecho femenino, porque mientras no haya un hijo varón, la trayectoria española, tan distinta de la francesa, siempre garantiza a la mujer la posibilidad de reinar. Es un tema que debe enfocarse quizás con tiempo, porque en los momentos actuales no es posible seguir manteniendo una diferencia sustancial entre varón y mujer. La igualdad no es solamente el reconocimiento de una equiparación jurídica, sino algo más, que entra muy de lleno en lo que es la tradición cultural española: el valor que la mujer tiene en la vida y que naturalmente la capacita y equipara.

El Principado de Asturias nació en 1388 como un proyecto de reforma política sumamente importante. Se puede decir que había precedentes, pero en el caso español, castellano en aquellos momentos, de lo que se trataba era de que el poder de la Monarquía, es decir, la potestad, ese ejercicio de funciones, pudiera contar simultáneamente con dos niveles: el del Rey, que es el que actúa; y el del Príncipe, que es el que colabora y se prepara. Ahora, en España, ya hay tres niveles. El comienzo de esta etapa puede ser importante, y más en estos días en que tantas confusiones se están moviendo. De acuerdo con la Constitución española, el Principado de Asturias tiene una heredera.

La Monarquía española no nace precisamente en la época de los Reyes Católicos; es un producto de la herencia romana, cuando ésta se consolida en las postrimerías del siglo VI de nuestra era al lograrse la integración de los elementos advenedizos, es decir, los germanos, con la población ya existente. Eso crea un esquema jurídico que va a estar presente en toda la vida española, en todos los fueros, en las leyes de Cataluña (los usatges), que no son otra cosa que la puesta al día del Código de Recesvinto, ese Derecho romano-germánico que constituyó la nacionalidad española. Porque nación no es sólo naturaleza: es compartir un patrimonio nutrido de derechos, de libertades, de cultura, de modo de ser, de valores, en fin, para la existencia.

El Principado de Asturias fue al principio un señorío al que se accedía por parte del heredero en el momento en que se pensaba que le había llegado la edad en que debía ejercer funciones efectivas. En este sentido, el número de Príncipes de Asturias es pequeño y ha presentado vaivenes. El primero fue Enrique, pero no llegó a serlo Juan II porque prácticamente nació Rey; sí lo fueron luego Enrique IV e Isabel la Católica; pero no en cambio Juana, por malnombre «La Beltraneja», como algunos autores erróneamente creen; y, por último, Don Juan, el heredero de los Reyes Católicos. A partir de la muerte de éste, el Principado se convierte en un título, no en un señorío, y en una condición, en la condición de aquél que va a hereder la Corona. Y así se ha mantenido con el tiempo.

Pienso que cuanto más se afirme en ese papel sustantivo que los Príncipes de Asturias deben desempeñar en el ejercicio de las funciones de la realeza, más fecundamente se asentará la Monarquía y más eficaz será. Por eso, el papel objetivo que en este momento está desempeñando Don Felipe, y a mí no me gusta ser adulador, me parece acertado y conveniente.

Hay otro factor que no debe dejarse fuera de consideración, el amor, el amor que deben tenerse los miembros de una Familia Real, porque, aunque no quieran, es algo que se refleja después en la vida de la comunidad a la cual están moralmente obligados a servir de ejemplo. Aquí empieza el gran desafío para esa niña que apenas tiene unas horas de vida. Una preparación para el futuro y una preparación que comienza siempre con la elevación de los sentimientos. Ahí es donde se abre una ventana importante. Conviene repasar la historia. El papel que aquella primera Leonor, la que vino de Aquitania, para ser Reina en Castilla, no tiene precio. Fue un cambio en la vida española que tuvo después grandes repercusiones colectivas.

 

Datos médicos del parto


El parto por cesárea impedirá a la Princesa asistir a actos oficiales durante cuatro semanas

La decisión de practicar una cesárea pudo estar condicionada por la falta de dilatación necesaria y la desproporción pélvico-fetal que puede implicar un bebé de 3,5 kilos
 
MADRID. Su Alteza Real la Princesa de Asturias deberá guardar reposo un mínimo de cuatro semanas antes de poder reemprender sus actividades oficiales. Esta es la pauta común para todas las mujeres que han tenido su hijo mediante cesárea, técnica que se utiliza en España para uno de cada cuatro o cinco alumbramientos. Doña Letizia permanecerá en las instalaciones de la clínica Ruber Internacional de Madrid al menos hasta mañana o el jueves, aunque su estancia podría prolongarse si el equipo médico así lo decide pese al buen estado de madre e hija.

Cuando el jefe del operativo médico que atendió a la Princesa, Luis Ignacio Recasens, advirtió tras el nacimiento de que habían decidido recurrir a una cesárea, lo hizo porque el parto no progresaba y Doña Letizia no dilataba lo necesario. Y no se encontraba como hace dos semanas, cuando tuvo sus primeros espasmos, que fueron tratados con ritrodina, un fármaco que paraliza las contracciones uterinas. El 18 de octubre, la Princesa se encontraba en la semana 35 de gestión y un parto podía entrañar cierto peligro para la salud del bebé.

Las razones de la cirugía

En la madrugada del lunes el nacimiento del primer descendiente de los Príncipes de Asturias iba en serio, el parto estaba a las puertas, pero las contracciones que Doña Letizia comenzó a sentir a las ocho de la tarde del domingo no fueron suficientes para que se abriese el cuello uterino, lo que impide que el bebé pueda desplazarse a través de la vagina. Esta situación es habitual en los partos y es responsable de la tercera parte de las cesáreas. A este hecho pudo sumarse el tamaño del bebé respecto a la cavidad pélvica del cuerpo de la Princesa (desproporción pélvico-fetal), que haría muy difícil un parto vaginal. El hecho de que Doña Letizia estuviese en la madrugada del lunes en su 37 semana de embarazo no representaba peligro, aunque el tiempo de gestación normal esté entre 38 y 42 semanas. Así lo demostraban los indicadores clínicos del bebé y los continuos exámenes que habían practicado los médicos durante todo el embarazo.

Recasens esperó más de cuatro horas para comprobar si el trabajo de parto era suficiente para poder asistir un alumbramiento natural. Cuando pasaban 25 minutos de la una de la madrugada del lunes, el equipo médico comenzó la intervención. Con anterioridad, el anestesista había preparado a la Princesa, sedando su cuerpo entre el tórax y las piernas mediante anestesia epidural. Ella, como narraba Don Felipe, permanecía despierta pero insensible a la cirugía, atenta a su descripción. Mientras, el equipo médico practicaba una incisión a través del abdomen con la que abrir el útero y vaciarlo de líquido amniótico. La incisión es un corte trasversal que se practica por debajo del valle púbico, a dos centímetros de la sínfisis del pubis. Se cierra con una o dos suturas que no dejan, prácticamente, cicatrices visibles.

Entre 20 y 25 minutos después, un bebé de casi tres kilos y medio y 47 centímetros salía a la luz y era trasladado a una cuna térmica. En un procedimiento quirúrgico de este tipo, la niña es extraída a través de una incisión abierta, se le limpian los fluidos de la nariz y de la boca; se le corta el cordón umbilical y se extrae la placenta. Un médico controla su respiración, mientras dos enfermeras limpian a la niña. En esa especie de incubadora se estabiliza la temperatura del recién nacido y se controlan sus frecuencias cardiacas y respiratorias. Poco después, si todas sus constantes son correctas, puede ser entregado a la madre.

Don Felipe, en el parto

Don Felipe acompañó a su esposa desde el primer momento. Incluso estuvo presente en el parto. Normalmente, los hospitales acceden a la presencia del padre si el alumbramiento es natural, pero existen otros que ponen trabas si se va a producir por cesárea, sobre todo si se practica con una anestesia general. A Don Felipe se lo permitieron porque la sedación no era general y podía colaborar tranquilizando a la madre. Por eso, cuando horas después comparecía ante los medios no ocultó su satisfacción. «Ver por primera vez la cara de tu hija, y la de la madre en el proceso, es algo excepcional».

Incluso contó qué hizo: «Letizia estaba perfectamente consciente y yo estuve a su lado, tratando de hacer la descripción más precisa que podía hacer de lo que sucedía, a pesar de mi poca capacidad técnica en la materia». Don Felipe expresó el nerviosismo que vivió, tanto que cuando extrajeron al bebé no miró y prefirió seguir concentrado en el rostro de su cónyuge. «En el primer momento de salir ni me fijé» (en el sexo del recién nacido). Por eso preguntó a las enfermeras: «Pero bueno, ¿qué ha sido?». La respuesta fue expresiva: «Una hermosa niña».

Lactancia inmediata

Así fue el parto, pero a la Princesa de Asturias le aguarda ahora un periodo de convalecencia. Podrá dar de mamar a su hija Leonor y tomar analgésicos para calmar los dolores que le haya provocado la cirugía y que perdurarán varios días, pero deberá descansar porque es normal que pueda sufrir molestias leves por el proceso de cicatrización del abdomen, o incluso alguna secreción. Por todo ello permanecerá dos o tres días en la clínica, pero un mínimo de cuatro a seis semanas en el Palacio de la Zarzuela, lo que le impedirá reanudar sus actividades oficiales hasta pasado ese tiempo. También le obligará a llevar una vida tranquila, con pocas visitas y practicando ejercicios que le ayuden a recuperarse, indica el ginecólogo Fernando Aísa, del Hospital Clínico de Zaragoza.

Doña Letizia podrá tener más hijos mediante parto natural, siempre que cambie la circunstancia clínica por la que se optó por practicarle la cesárea. Pero es un punto donde existe controversia entre los ginecólogos desde hace muchos años. Es más, en España se recomienda pese a que existe riesgo de ruptura uterina en tasas aproximadas al 1%. En nuestro país se opta por el parto vaginal como primera opción, pese al progresivo aumento de las cesáreas, muchas veces por deseo o presión de las parturientas, siempre que no exista riesgo añadido o que se repita la situación que desaconsejó el parto vaginal en la primera gestación.

En Estados Unidos ocurre todo lo contrario, pues allí al menos trescientos hospitales se niegan a practicar un alumbramiento natural si el primero se ha realizado mediante cesárea. Su miedo es que los trabajos del segundo parto provoquen la ruptura del útero, que está siempre más debilitado por la cicatriz de la primera intervención. Esta rotura puede causar una hemorragia peligrosa para la madre y daño cerebral al bebé.
 

 

Monarquía viva

Editorial La Vanguardia 


Nuestra monarquía, la monarquía parlamentaria, la monarquía constitucional, viene desempeñando desde la transición una incuestionable función de integración política, social y territorial al servicio de todos los españoles". Esta frase de la declaración institucional del presidente del Gobierno con ocasión del nacimiento de la primera hija de los príncipes de Asturias resume el sentir generalizado de la ciudadanía española. Un sentimiento al que se une ahora la alegría por un feliz acontecimiento que, no por esperado, tiene también una dimensión institucional: la infanta Leonor - séptimo nieto de los Reyes- se sitúa en el segundo lugar en el orden sucesorio de la Corona, por detrás de su padre, el príncipe don Felipe.

Antes de cualquier consideración, una primera constatación: el principal haber de nuestra monarquía parlamentaria es el papel de árbitro y moderador de las instituciones que ha sabido desempeñar el Rey y que, desde la transición, ha sido ejemplo para otras democracias. La hija de los príncipes de Asturias es también heredera de ese caudal de legitimidad democrática que han ido atesorando su padre y su abuelo. Nace, a diferencia de ellos, cuando la Corona no sólo está plenamente engarzada en el entramado constitucional y democrático, sino que es la piedra angular del edificio. Una monarquía viva, como lo muestra este feliz acontecimiento, y en la que sus miembros han sido educados en el convencimiento de que hay que saber ganarse cada día el reconocimiento de la población. Esta actitud, de la que los Reyes y los Príncipes han dado repetidas pruebas, es la mejor garantía de futuro.

Leonor recibirá el tratamiento de alteza real y tendrá prevalencia en la línea sucesoria sobre un futuro hermano barón si se lleva a cabo la reforma del artículo 57 de la Constitución - establece la preferencia del hombre sobre la mujer en el mismo grado de parentesco- que el presidente del Gobierno incluyó ya en su discurso de investidura. Ayer, al término de su declaración institucional, Rodríguez Zapatero reiteró que no había alteración alguna en el calendario de la reforma constitucional para garantizar la igualdad de sexos en la sucesión. También don Felipe, al anunciar que la princesa Letizia había dado a luz, enmarcó esa reforma en la lógica de los tiempos y en el sentir mayoritario de la población. "Las Cortes serán las que deban valorar la oportunidad temporal, que sin duda requerirá el mayor consenso político", apuntó.

Una reforma, por tanto, para la que no hay prisas. Entre otras cosas porque su tramitación - la Constitución exige la mayoría de dos tercios de las Cortes, su inmediata disolución, la ratificación por las nuevas cámaras y referéndum- ha sido planteada por el Gobierno junto a otros cambios constitucionales previstos - reforma del Senado, adaptación a la UE y denominación de las autonomías- que podrían no suscitar el mismo grado de consenso parlamentario entre los dos partidos mayoritarios. Es evidente, en todo caso, que la preferencia del hombre sobre la mujer en la línea sucesoria de la Corona que establece la actual Constitución resulta, incluso, contradictoria con su artículo 14 que rechaza cualquier discriminación por razón de sexo. El consenso social y político en ese punto responde, en suma, al propio espíritu constitucional y a los avances registrados desde entonces en materia de paridad.

Señal de normalidad

JOSÉ ANTICH - La Vanguardia

Como un signo de normalidad acorde con el papel integrador de la monarquía parlamentaria fue recibido ayer por todas las instituciones españolas el nacimiento de la infanta Leonor, primer hijo de los príncipes de Asturias, Felipe y Letizia. Y no es para menos ya que hacía casi un siglo que no nacía en España una infanta heredera con una monarquía reinante. Tres generaciones -el Rey, el Príncipe y la infanta Leonor- son también la expresión del nuevo tiempo que le ha tocado vivir a la monarquía española, que a diferencia de otras familias reales europeas ha sabido situar entre sus prioridades la cercanía a los ciudadanos y una gran profesionalidad. Próximos a alcanzarse los primeros 30 años de reinado de Juan Carlos I, que se cumplirán el 22 de noviembre, queda perfectamente enfocado todo el complejo proceso sucesorio y se puede mirar el futuro de la institución con toda clase de garantías. En este contexto, parece obvio que es precipitado, fuera de lugar e interesado el debate que se trata de abrir sobre la reforma de la Constitución española para despejar quién podría suceder en un futuro muy lejano al príncipe Felipe. La reforma constitucional, que tiene prevista el Gobierno para el final de la legislatura, es un marco más que razonable para abordar con el consenso necesario una cuestión que no preocupa hoy a los españoles, que valoran la Corona como la institución que goza del mayor prestigio.

Asturias vive como propio el acontecimiento

 
Las instituciones regionales y locales declaran hija predilecta a la infanta Leonor de Borbón
 
Asturias vive como un acontecimiento propio el nacimiento de la infanta Leonor de Borbón, primogénita de los Príncipes de Asturias e hija de una asturiana, Letizia Ortiz. En una declaración institucional, el Gobierno del Principado proclamó ayer que "la infanta Leonor es una asturiana de la que nos sentimos muy orgullosos". Oviedo, la ciudad natal de la Princesa, nombrará a la nueva infanta Hija predilecta. En la calle, el alumbramiento de Leonor también se ha vivido como parte del pulso vital y del acontecer íntimo de la región y con un sentimiento popular no exento de orgullo.

Por vínculos dinásticos, y si no tiene hermano varón o, de tenerlo, si se modifica la Constitución para suprimir la preeminencia masculina en la sucesión al trono, como se ha anunciado, la séptima nieta de los Reyes y ahora segunda en la línea sucesoria, está llamada a recibir algún día la titularidad de una dignidad principesca que tiene su solar y rango en Asturias desde hace 617 años y que ahora encarnan sus padres.

Se trata, además, de la hija de una asturiana, Letizia Ortiz Rocasolano, vinculada por origen, vivencias y sentimientos a la tierra en la que nació y creció, y de la que procede toda su familia paterna y parcialmente la materna.

Pero los vínculos con la tierra también son muy afectivos en el caso del progenitor, el príncipe Felipe. El nacimiento del primer descendiente de la pareja se ha producido justo en la víspera del aniversario -hace hoy 28 años- de la investidura en las montañas de Covadonga de Felipe de Borbón, entonces un niño de 9 años, como 35º príncipe de Asturias.

Ninguno de sus antecesores, en las seis centurias precedentes, había mantenido una vinculación tan estrecha con el territorio del que recibe su título. Fue en Asturias donde pronunció su primera disertación en público, en 1981, y donde desde entonces ha hecho público cada otoño, en su discurso en el teatro Campoamor, de Oviedo, sus convicciones, inquietudes y aspiraciones.

Sólo un año faltó en este tiempo a su anual visita a la región, y en estos cinco lustros ha recorrido más de 20 de los 78 municipios de la comunidad, ha compartido almuerzos y espichas, entre escanciadores de sidra y sones de gaita, con los vecinos de 16 pequeños núcleos rurales; ha crecido dando la mano y repartiendo saludos cada octubre a multitud de ciudadanos, aquí se ha reunido con intelectuales, estadistas, escritores, científicos, artistas y deportistas de relieve galardonados con los premios Príncipe de Asturias. Ha concedido recepciones a asturianos de toda condición e ideología, ha tomado contacto con buena parte de la sociedad regional, y ni una sola vez ha dejado de entonar en voz baja, pero distinguible, el himno de la comunidad, en la clausura la ceremonia de los galardones.

Su matrimonio, el 22 de mayo de 2004, con una periodista asturiana, hija de periodista y nieta de una radiofonista, Menchu Álvarez del Valle, que durante el último medio siglo fue una voz entrañable y familiar en todos los hogares de la región, no ha hecho sino reforzar vínculos, afectos e identidades.

La pareja no ha ocultado sus sentimientos hacia la comunidad. Desde el anuncio de su compromiso, hace casi dos años, los príncipes han visitado Asturias en nueve ocasiones, todas felices, salvo cuando asistieron el pasado marzo a las exequias por el abuelo paterno de doña Letizia. Covadonga (un símbolo sentimental de los asturianos), Oviedo (la ciudad natal de la princesa) y Ribadesella (el escenario de sus veraneos y residencia de sus abuelos paternos) fueron los destinos de su primer viaje público como prometidos. Y desde entonces, todos los veranos han reservado unos días en agosto para visitar Asturias. Ahora, el nacimiento del primer descendiente estrecha más todos esos lazos. En Asturias, la nueva infanta es considerada una asturiana a todos los efectos.

En el caso de ser declarada heredera sería la titular número 36 de la dignidad de Príncipe de Asturias, la 12ª mujer que reciba esa condición y la segunda Leonor en la lista de princesas de Asturias. La anterior fue la hija de Juan II y de María de Aragón, que fue investida como tal en 1424.

Nunca antes, en los 617 años de existencia del Principado de Asturias, un hijo o hija de la tierra había estado llamado a recibir algún día, cuando sus padres accedan al trono, la dignidad principesca que le proclamará, cuando eso ocurra, como heredera de la Corona. Sería el primer asturiano en siglos que accede a esa condición. La única reina asturiana en sentido pleno había sido Adosinda, nieta del rey Pelayo, y que ocupó el trono de la Monarquía asturiana entre 774 y 783. Aun cuando lo hizo como consorte del rey Silo, fue ella quien le transmitió la corona. Que ahora una asturiana pueda llegar a ser reina de España ha suscitado un sentimiento de orgullo en una comunidad baqueteada por una crisis estructural. Las reacciones oficiales de satisfacción en la comunidad no se hicieron esperar. "Con el nacimiento de la infanta Leonor tenemos una relación histórica, un vínculo democrático (...) y una conexión personal porque es hija de una asturiana, que ejerce como tal, y que ha conseguido ganarse el cariño de todos. Apreciamos mucho esta profunda relación con nuestra tierra", expresó el presidente del Principado, Vicente Álvarez Areces.

El Ayuntamiento de Oviedo, la ciudad donde Letizia Ortiz nació en 1972, propondrá la concesión a la pequeña del título de hija adoptiva de la capital asturiana. Oviedo ya había distinguido a la Princesa de Asturias con el título de hija predilecta con motivo de su matrimonio con don Felipe.

Rebautizar los premios en honor de la infanta

La Fundación Príncipe de Asturias, que anualmente concede los galardones del mismo nombre, se sumó a las felicitaciones por un hito que esta institución vive como propio. Su presidente, José Ramón Álvarez Rendueles, manifestó su "cordial felicitación" a los Príncipes y a los Monarcas.

El director de la Fundación, Graciano García, que mantiene una antigua relación de amistad con la familia paterna de la Princesa, anticipó que la Fundación está dispuesta a rebautizar sus galardones con la denominación de Premios Princesa de Asturias si finalmente la infanta Leonor recibe este título.

Si en 1858, la reina Isabel II viajó a Asturias y tomando a su hijo Alfonso en brazos, pronunció un "aquí tenéis al Príncipe de Asturias", ahora la región aguarda el día en que los Príncipes visiten el Principado para presentar su hija, con un "aquí tenéis a la infanta", tal y como hace una semana se comprometió don Felipe con los vecinos de Porrúa (Llanes).

En Ribadesella, donde reside la abuela paterna de la Princesa, y donde doña Letizia pasó muchos de sus veranos de infancia y juventud, el Ayuntamiento organizó ayer por la tarde una quema de fuegos artificiales en la bahía. Su alcalde, José Miranda, expresó que los riosellanos están "encantados con este feliz acontecimiento". Ribadesella designó hace unos meses a Letizia Ortiz como hija adoptiva del municipio y ha dado su nombre a uno de los paseos marítimos de la villa.

Expectación popular

Muchos de los que se acercaron a la clínica manifestaban su satisfacción por el hecho de que la primogénita de los Príncipes sea niña.
 
La pasión que despierta la familia real era ayer más que palpable en los alrededores de la clínica Ruber Internacional. Piropos y halagos hacia los Reyes y los Príncipes de Asturias se oían una y otra vez entre los presentes. Un día soleado y que los colegios hicieran puente, favoreció que en algunos momentos se congregaran hasta 200 personas frente a la clínica. "El Príncipe es una maravilla. Guapo, buen mozo, simpático. Todo lo que se puede decir de una persona, lo tiene el Príncipe. Y la Princesa también", exclamaba una señora que en los últimos días ya se había acercado en varias ocasiones al centro hospitalario. "Amo a la familia real. Son un ejemplo para el mundo", replicaba otra mujer.

El mismo entusiasmo que demostraban hacia la familia real era el que manifestaban también por el hecho de que el bebé fuera una niña. Casi todos afirmaban que les daba igual que fuera niño o niña, y también una inmensa mayoría, sobre todo de mujeres, expresaba su disposición a que se modifique la Constitución para que doña Leonor sea reina. "Ya es hora de que reinen las mujeres. Tenemos los mismos derechos. Incluso a veces trabajamos mejor", decía una vecina, María Ángeles. "También ha habido reyes muy ineptos y fueron reyes", apuntaba su hermana, de Jaén, que pasa unos días en Madrid. "Lo que me da rabia es que se esté cuestionando tanto", añadía.

Juan Francisco, uno de los pocos hombres que se congregaban en torno a la clínica Ruber, opinaba lo mismo: "Me parece bien que se reforme la Constitución para tener una reina".

Casi todos los curiosos que se acercaban a las inmediaciones del centro sanitario eran vecinos de Mirasierra, el municipio al norte de Madrid donde se sitúa la clínica Ruber Internacional. Un barrio residencial, que, pese a todo, ayer prosiguió con su ritmo habitual. Tan sólo la calle Collado de Cerro Malejo, donde se ubica el centro hospitalario, repleta de policías y de unos 300 periodistas que abordaban a todo el que se acercaba, denotaba que acabada de nacer la primogénita del heredero a la Corona. "En este barrio no hay nada de nada, por eso nos hemos acercado por aquí, por hacer algo y porque hoy es un día histórico", aseguraba Toñi.

La clínica también seguía con su trajín diario. Eran muchos los que entraban o salían para hacerse revisiones o visitar a sus familiares, sin demasiados controles por parte de las fuerzas de seguridad. "Esperaba más impedimentos, pero he entrado sin problemas. No me han mirado el bolso ni nada. Además, dentro apenas se nota, sólo se ve de vez en cuando un guardaespaldas", afirmaba Victoria, que salía de visitar a su cuñado.

Los dos momentos de máxima expectación se produjeron cuando llegaron los Reyes. Hacia las doce y media de la mañana cientos de curiosos aplaudieron y vitorearon con entusiasmo su llegada. Y cuando comparecieron ante los medios de comunicación, poco más de una hora después, incluso se saltaron la valla detrás de la que esperaban para ver a sus majestades más cerca. Aún así, no pudieron oírlos. No había ningún micrófono preparado para que hablaran, simplemente se acercaron a los medios de comunicación, congregados en la calle, en un lateral de la puerta principal, y contestaron durante cinco minutos a sus preguntas. El Rey se marchó, sonriente y saludando a todo el mundo desde el coche, y la Reina permaneció en la clínica hasta las cinco y media de la tarde.

"Entiendo que no se acercaran a nosotros por motivos de seguridad, pero aún así me ha hecho mucha ilusión verlos", exclamaba con los ojos encendidos Blanca. "Son estupendos los dos. La Reina iba elegante y discreta [vestía un traje rojo] -narraba como si de una tertuliana de la prensa del corazón se tratara- y el Rey, por los gestos que hacía, me imagino que estaban con sus bromas de siempre". Blanca se había acercado desde Villanueva del Pardillo, un municipio al noroeste de la capital.

Le superaban con mucha diferencia en cuanto a kilómetros recorridos para ver a la familia real Carmen y Verónica, tía y sobrina de Canarias, que disfrutan del puente en Madrid. "Nos ha hecho mucha ilusión que coincidiera que estábamos aquí porque en Canarias no podemos asistir a estas cosas". Durante media mañana estuvieron buscando la clínica: "Primero fuimos a otra, la del centro, y para venir aquí hemos tenido que andar mucho". Estuvieron en las inmediaciones desde las dos hasta bien entrada la tarde, cuando el viento de la sierra comenzaba a notarse, porque tenían que acudir al teatro.

Los siguientes en visitar a los Príncipes, poco después de que lo hicieran los Reyes, fueron el padre de doña Letizia, Jesús Ortiz, acompañado por su actual esposa, Ana Togores y la abuela paterna, Menchu del Valle, que llevaban una planta y un osito para la recién nacida.

Hacia la una y media llegó el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, acompañado de su esposa, Sonsoles Espinosa. El jefe del Ejecutivo se acercó en un coche con los cristales tintados y muchos de los presentes, si no llega a ser por la agitación de los fotógrafos, no se hubieran percatado de su llegada.

También discreta fue la llegada del presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, quien sí que se dirigió a los periodistas a su salida. "Simplemente quiero expresar mi más cordial enhorabuena y mi lealtad y la de mi partido hacia la Corona", afirmó, aunque no quiso referirse a si el PP apoyaría un cambio de la Constitución para que doña Leonor pueda ser reina. Por la tarde, una de las caras conocidas que visitó a los nuevos padres fue el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, que llevó a la primogénita de los príncipes una canastilla en la que había una camiseta del club con el número 1 y el nombre de Leonor.

Además de policías, periodistas y curiosos, otra de las constantes a la entrada de la clínica eran los numerosos regalos. El más madrugador fue el de Miguel Primo de Rivera, amigo del príncipe Felipe, que regaló a la pequeña una cesta con objetos para recién nacido. A lo largo de todo el día hubo un goteo constante. Furgonetas cargadas de plantas, repartidores con ramos individuales, botones con peluches, cestas de frutas, globos, etc.

Hacia las cuatro y media de la tarde un niño de unos cuatro años, acompañado de su tutor, llevó un rosa roja a los Príncipes de Asturias. Pudieron entrar hasta la habitación donde se recibían los regalos y escribir un mensaje para los padres de la infanta Leonor. En ese momento deambulaban por allí Bugs Bunny y Piolín, que llevaron a la pequeña una cesta llena de muñecos de la factoría Warner. Aunque los personajes animados no pudieron entrar -sí su regalo-, entretuvieron durante un rato a los muchos niños que allí se congregaban, dado que en los colegios se celebraba el puente de Todos los Santos.

Uno de los colectivos que vivió la jornada con más agitación fue el formado por los internos y empleados del centro de disminuidos psíquicos de la Comunidad de Madrid que hay justo delante de la puerta principal de la clínica. Furgonetas de varias radios y televisiones llevan algunos días invadiendo su patio. "No podrán salir a jugar en toda la semana", decía una de las cuidadoras, María del Mar. En el centro, según explica, todos estaban pendientes del acontecimiento. Los empleados aprovechaban cualquier descanso para asomarse a la calle, a veces acompañados por algún enfermo.

Tampoco los disminuidos físicos de la residencia cercana Ecoplar querían dejar pasar la ocasión de ver a la familia real. Gabriela y Toñi pasaron buena parte de la mañana y de la tarde, en sus sillas de ruedas, a la puerta de la clínica, "muy contentas de tener la oportunidad de vivir algo único". Gabriela llevaba una cámara digital, "para enseñar las fotos a mis compañeros que no pueden salir de la residencia".

Según avanzaba la tarde, se fue apagando el furor monárquico a las puertas de la clínica. Hacia las siete de la tarde, tan sólo unas cincuenta personas se congregaban a las puertas de la Ruber, aunque la nube de periodistas que, desde el domingo, se agolpan a la entrada del centro hospitalario, continuaba al pie del cañón.

Otra Leonor para el Principado

CARMEN MORÁN  -  El País
 
La nieta de los Reyes será la segunda princesa de Asturias con ese nombre y la cuarta coronada de las 22 que han tenido ese título.

Palencia, año del Señor de 1388. A finales de septiembre, dos niños se están casando en la catedral de San Antolín de Palencia. Él, Enrique III el Doliente, sólo tiene nueve años, y ella, Catalina de Lancaster, 16. Son los primeros Príncipes de Asturias de la historia, los dos a la vez. El mismo día de la boda, un casamiento que zanjaba años de peleas dinásticas entre bastardos y legítimos, reciben el título. Inglaterra ya tenía el suyo para los primogénitos, Príncipes de Gales, y en Francia estaba el Delfín. Andando el tiempo, Enrique III y Catalina tuvieron una nieta que se llamó como la madre de Enrique, Leonor de Aragón. Fue la primera Princesa de Asturias con ese nombre. La hija que ayer tuvieron Doña Letizia y Don Felipe será la segunda si así se jura en Cortes.

La doctora en Geografía e Historia por la UNED y profesora en la Escuela Internacional de Protocolo Covadonga Bertrand Baschwitz escribió el libro Princesas de Asturias hace apenas un año, por encargo de la Editorial Laria. En él se cuenta la historia de este título que han llevado 22 princesas en total.

Las Princesas de Asturias lo son de tres tipos. Las hay que reciben el título y luego son reinas coronadas, no consortes; fue el caso de Isabel la Católica, Juana la Loca e Isabel II. La hija de Doña Letizia podría ser la cuarta. Ha habido también Princesas de Asturias titulares, cuyo nombramiento se juró en Cortes por ser primogénitas, pero que no alcanzaron la corona, bien porque murieron, bien porque nació un hermano. Ese fue el caso de Leonor de Castilla, la bisnieta antes citada de Leonor de Aragón. Perdió el título cuando nació su hermano Enrique IV. Por último, están las Princesas de Asturias consortes, como la actual, por casarse con un Príncipe de Asturias. María Tudor, por ejemplo, fue reina de Inglaterra primero y Princesa de Asturias consorte después, al casar con Felipe II.

Volvamos a los dos primeros Príncipes de Asturias, Enrique el Doliente y Catalina de Lancaster. El rey Alfonso XI estaba casado con María de Portugal, pero tenía una amante, Leonor de Guzmán que le dio casi una docena de hijos. De uno de ellos partió la dinastía de los Trastámara. Los descendientes de la mujer y de la amante (entonces los bastardos y legítimos tenían título) se mataban entre ellos por la corona. Hasta que la boda de Catalina y Enrique, mucho tiempo después, puso fin a esa disputa. Aquel día de septiembre, el rey sentó a su hijo en un gran trono, le puso un manto púrpura, sombrero y vara y le llamó por primera vez Príncipe de Asturias. Algo parecido ocurrió inmediatamente con su esposa, Catalina de Lancaster.

Y hasta hoy. Con algunas interrupciones. No fue Príncipe de Asturias el rey actual, Don Juan Carlos, a quien Franco nombró Príncipe de España. Ni lo fue su padre, porque la monarquía estaba entonces en el exilio. Mercedes de Borbón, hija de Alfonso XII sí lo fue y no lo perdió cuando nació su hermano, Alfonso XIII, porque, muerto su padre, él ya nació rey. El título lo tomó su hijo mayor, otro Alfonso, antes de partir al exilio en Roma. Después renunció a él por algún casamiento cuestionado.

En la corte de El Doliente

Cuando doña Letizia y don Felipe se casaron, en 2004, hacía justo 100 años que no había en España una Princesa de Asturias. Ahora la candidata se llama Leonor, que recibirá el título cuando su padre sea rey. Sólo entonces.

Era noviembre de 2003 cuando los actuales Príncipes de Asturias celebraron la petición de mano en el Palacio de El Pardo. Ella le regaló unos gemelos de oro blanco y zafiros y "una joya literaria", El doncel de Don Enrique el Doliente, una antigua edición de un libro de

1850 escrito por Mariano José de Larra. Cuenta una historia caballeresca ambientada en la corte de aquel rey que fue el primer Príncipe de Asturias de la historia, Enrique III, un rey enfermizo pero animoso. La madre de aquél se llamó Leonor. La hija del actual príncipe de Asturias, también.

Leonor de Borbón

Editorial El País
 
Los príncipes ya son padres; la niña se llama Leonor, es infanta, tendrá el tratamiento de Alteza Real y es la segunda en la línea sucesoria, después de don Felipe. Y aunque la necesidad no es acuciante, como dijo ayer el propio príncipe de Asturias, porque el rey Juan Carlos ya tiene sucesor y es precisamente el padre de la recién nacida, conviene ponerse a la tarea de reformar la Constitución para corregir lo que para la sensibilidad actual es una anomalía: que el hombre tenga preferencia sobre la mujer para heredar el trono de España. Si naciera un segundo hijo varón de los príncipes antes de que la reforma se hubiera completado, pasaría a ocupar, siquiera temporalmente, ese segundo lugar sucesorio, en lugar de su hermana mayor.

En su programa electoral, el hoy presidente del Gobierno propuso cuatro reformas constitucionales: la sucesoria; la incorporación a la Carta Magna del nombre oficial de las comunidades autónomas; la transformación del Senado para convertirlo en Cámara de representación de las comunidades; y la adecuación de la Constitución a la integración europea. La de la sucesión, que habrá de modificar el artículo 57.1, reviste una cierta complejidad, porque afecta a la parte especialmente protegida de la Constitución. Ello obliga a aplicar el procedimiento reforzado de reforma (artículo 168), que implica su aprobación con una mayoría de dos tercios de las cámaras, convocar a elecciones, volver a aprobar el texto por la misma mayoría en las nuevas cámaras, y ratificarlo en referéndum. Lo cual exigiría el acuerdo necesario de PSOE y PP en la primera votación y con toda probabilidad también en las nuevas Cortes.

El resto de las reformas no requiere un procedimiento reforzado, por lo que en teoría podrían separarse de la cuestión sucesoria. Pero no está claro que sea conveniente una consulta exclusivamente sobre una cuestión sucesoria que fácilmente podría convertirse en un plebiscito sobre la Monarquía. Lo propio es que el Gobierno agrupe todas las reformas, con la idea de hacer coincidir la obligatoria disolución prevista en el procedimiento de reforma con el final de la legislatura. Pero para que el proceso prospere se requiere el acuerdo del PP, lo cual no puede darse por establecido, al menos sobre la reforma del Senado.

Ya se ve, por tanto, que el asunto requiere cierta destreza. A fin de año debe entregar el Consejo de Estado el informe que encargó el Gobierno en marzo pasado sobre la mejor manera de abordar las reformas. Con independencia de la fórmula, es preciso trabajar en favor del consenso necesario en cualquiera de los casos. La responsabilidad de lograrlo es compartida. Ayer el presidente del Gobierno, en su declaración institucional con motivo del nacimiento de la infanta, hizo un elogio del papel desempeñado por la Monarquía como factor de "integración política, social y territorial". Por todo ello, tal vez la buena nueva, unida al acuerdo existente sobre la modificación relativa a la sucesión, estimule el acercamiento respecto a las otras reformas, incluyendo las territoriales. Si ocurre, doña Leonor habrá traído una oportunidad de reforzar la concordia nacional.

Coincidencias

Un matrimonio casado el mismo día que los Príncipes de Asturias tiene una hija el mismo día y a la misma hora

Agencia EFE

A la misma hora que nacía esta madrugada Leonor, la hija de los Príncipes de Asturias, nacía en Córdoba Bárbara Ruiz Vaquero, un bebe que será la futura reina de su casa y cuyos padres se casaron el mismo día que lo hicieron Don Felipe y Doña Letizia.

Una doble coincidencia, unida también por la lluvia, ya que tanto el día de la boda de los Príncipes de Asturias, el 22 de mayo de 2004, como el día del nacimiento de ambos bebés no paró de llover, lo que hace cierto el refrán, para los respectivos padres, de "boda mojada, boda afortunada".

La infanta Leonor, que nació a la 01.46 minutos, además de compartir casi la hora de nacimiento con Bárbara Ruiz Vaquero, que lo hizo a 01.40, compartieron también casi el peso y la medida con Bárbara Ruiz Vaquero, ya que la hija de los Príncipes de Asturias pesó la nacer 3.540 gramos con una estatura de 47 centímetros, mientras que el bebé cordobés pesó 3.460 gramos y 49 centímetros de altura.

Pero además de estos dos nacimientos a la misma hora, lo largo de la madrugada de hoy han nacido en todo el Estado más de cien bebés.

En Córdoba, en el mismo hospital que nació Bárbara Ruiz, el Reina Sofía, se produjeron ocho partos, todos por método natural.

Esta madrugada también se produjeron 40 alumbramientos en la Comunidad valenciana, de los que 23 son niños y 17 son niñas.

En la Comunidad de Madrid, cinco niñas nacieron a la misma hora aproxima que la infanta Leonor, entre las 1.00 y las 2.00 horas.

Pero otros cuarenta también fueron naciendo a lo largo de la madrugada en la región madrileña.

Navarra también tuvo natalicios, con ocho niños que nacieron en los diferentes centros de la red publica sanitaria de la provincia.

Y en Valencia hacia las cuatro de la madrugada nació Nasthia Gamarra, cuyo padre, Armando Gamarra, relató a Efe que cuando la niña, de origen boliviano, crezca le contarán que nació el mismo día que la futura Reina de España.

En el País Vasco sólo nació un bebé, varón, en Vitoria, siete minutos después de las dos de la madrugada. Mientras que en La Rioja se produjeron tres nacimientos, dos niñas y un niño.

Siete bebés también nacieron en Extremadura, cuatro niñas y tres niños, sobre la hora de la primogénita de los Príncipes de Asturias.

Otros dos bebés en Murcia y otros dos en Santander.

En Canarias también hubo tres alumbramientos, dos en Gran Canaria y otro en Tenerife, y otros dos en Palma de Mallorca.

Coincidentes, todos ellos, en el día y en la aproximación de la hora con la hija de los Príncipes de Asturias, pero ninguno de ellos en el nombre, porque esta madrugada sólo nació una Leonor.

lunes, 31 de octubre de 2005

¿Ha nacido una Reina? «No. Por el momento ha nacido una Infanta»

El Príncipe explica, muy orgulloso, cómo es su primera hija. (Foto: AFP)
 
Feliz como cualquier padre, pero visiblemente emocionado, Su Alteza Real el Príncipe de Asturias compareció la pasada madrugada, a las seis menos cinco, ante los medios de comunicación. Lo primero que hizo fue hablar de que «ha sido una larga noche para todos» y destacó que la experiencia que acababa de vivir era «lo más bonito que le puede ocurrir a alguien en la vida». Añadió que tanto él como la Princesa se encontraban «felices y radiantes».
 
Don Felipe describió con orgullo a la Infanta Doña Leonor, como una «niña grande y parece que fuerte». Resaltó que la Princesa había estado «perfectamente consciente de lo que ocurría durante la cesárea» que se le practicó a la una y veinticinco de la mañana. La recién nacida pesó 3,540 kilos y midió 47 centímetros, tal y como anunció el doctor Luis Ignacio Recasens, responsable del equipo médico que asistió a la Princesa. El ginecólogo también dijo que el alumbramiento se había producido a las 37 semanas de gestación, pero que tanto la madre como la hija se encontraban «en perfecto estado de salud».
 
El Heredero de la Corona destacó lo que significa este nacimiento desde el punto de vista institucional y en este sentid, dijo que tanto el matrimonio como la sucesión es algo consustancial en una Monarquía Parlamentaria. «Por tanto, este nacimiento materializa de una manera evidente esta sucesión y es un hecho muy significativo desde el punto de vista política y constitucional». También dijo que esperamos poder transmitir» a su hija todo lo que ellos han recibido y la educación que le sirva para afrontar los retos que tendrá que abordar en su vida.
 
Al ser preguntado si había nacido una Reina, Don Felipe contestó: «No, por el momento ha nacido una Infanta». «Pero la lógica de los tiempos indica que si se produce la reforma que está prevista, que propone el Gobierno y que deberá valorar y decidir las Cortes Generaes y que deberá transmitir el sentir general de los españoles, pues así será».
 
El Príncipe de Asturias compareció ante los medios de comunicación casi tres horas después de que el Palacio de La Zarzuela anunciara el nacimiento de su primogénita. Su intervención tuvo lugar en una carpa instalada en el aparcamiento de la clínica Ruber Internacional, donde Doña Letizia dio a luz a la pequeña Leonor.
 
El Príncipe manifestó su agradecimiento al doctor Recasens y a todo el equipo del Rúber Internacional «por hacernos sentir muy seguros y muy tranquilos».
 
«Lo felices que nos sentimos la Princesa y yo y toda la familia por este hecho yu esperamos transmitir a Leonor todo lo que hemos recibido nosotros, la educación y retos espero que hemos recibido para nuestra formación». También explicó por qué habían elegido el nombre de Leonor y dijo que «es un nombre con muchos vínculos históricos, pero también un nomnbre que nos gustaba. Habíamos barajado muchas posibilidades tanto para niño como niña».
 
El Heredero de La Corona dijo que, aunque todavía no había fecha sobre la celebración del bautizo, lo más probable es que tenga lugar después de las Navidades.
 
Rasgos de los dos
Don Felipe anunció que su primogénita «tenía rasgos de los dos, a primera vista». No obstante, séñaló que «pronto la vais a conocer todos». Agregó que «en unos días la Princesa saldrá de la clínica».
 
El Principe de Asturias también se refirió al momento en el que comunicó a Sus Majestades los Reyes el nacimiento de su séptimo nieto: «hablé con ellos en cuanto tuve ocasión y les transmití el hecho de que había nacido, que era niña y que se llamaba Leonor. Estaban muy contentos como cualquier abuelo hablando con cualquier hijo que ha tenido descendencia».
 
Don Felipe contó la anécdota de que, en un primer momento, ni siquiera se dió cuenta de que su primer hijo era una niña. Relató que, una vez que nació y cuando la iban a retirar, tuvo que preguntar al equipo médico el sexo de su primogénito. También explicó que había sido él quien fue describiendo a la Princesa el proceso del alumbramiento, que fue por cesárea, pero sin ninguna complicación.
 
 
 

Reyes antes que Reinas

 
Felipe V introdujo la ley sálica para garantizar la legalidad dinástica de su familia
 
ANDREU MAYAYO
PROFESOR DE HISTORIA DE LA UB
 
Artículo publicado en El Periódico el 12 de mayo de 2005.

A principios del siglo XXI, las monarquías europeas reinan pero no gobiernan, su función es representativa y los conflictos dinásticos ya no se dirimen en el campo de batalla sino en la llamada prensa del corazón. En los últimos años, los profundos cambios sociales han provocado una paulatina adaptación en el comportamiento y reglas de juego de las familias reales. Por una parte, la aceptación de los matrimonios morganáticos, ampliando el mercado matrimonial más allá de la sangre azul e incluso pescando en el bullicioso río de las divorciadas, y, por la otra, equiparando los derechos de las mujeres en la línea sucesora. Así pues, cada vez es más frecuente encontrar los infantes e infantas en la universidad, trabajando como asalariados, casándose o separándose por amor y no por razones de Estado. Pero no siempre fue así. Tres siglos atrás, la falta de descendencia del rey Carlos II condujo a un larguísimo conflicto conocido como la Guerra de Sucesión (1700-1714), y la ausencia de un varón entre los descendientes legítimos de Fernando VII provocó tres sangrientas guerras civiles en el siglo XIX.

La ley sálica

Los Borbones no sólo introdujeron en España la concepción unitaria y centralista del Estado, a partir de los Decretos de Nueva Planta, sino también la ley sálica, que impedía a las infantas acceder al trono en tanto hubiere descendencia masculina en la rama directa o colateral. El primer Borbón, Felipe V, duque d''Anjou y nieto de Luis XIV de Francia, sancionó en 1713 la ley sálica para garantizar la legalidad dinástica de su familia ante las pretensiones de los Habsburgos.

Esta ley era originaria de los francos salios, que excluía a las mujeres de la herencia de tierras. La abrogación de esta ley por Carlos VI de Austria, para asegurar el trono a su hija María Teresa, por la Pragmática Sanción de 1713, originó la guerra de Sucesión de Austria (1740).

La ley sálica no fue modificada en España hasta 1789, bajo el reinado de Carlos IV, nieto de Felipe V, cuando las Cortes votaron a favor del régimen fijado en las Partidas, que establecía: "Si el Rey no tuviera hijo varón, heredará el Reino la hija mayor". Por consiguiente, se mantenía la preeminencia de los varones pero no se excluía a las mujeres. No obstante, el acuerdo no fue promulgado y, de esta manera, la Novísima Recopilación no lo reconoció por no haber tenido vigencia.

El Estatuto de Bayona

En 1808 las pugnas entre Carlos IV y Fernando VII, padre e hijo, se resolvieron con sendas abdicaciones a favor de Napoleón Bonaparte, quien nombró a su hermano José rey de España. José Bonaparte otorgó el Estatuto de Bayona como nueva ley fundamental política para el país. Una vez más la influencia francesa sancionará la exclusión de la mujeres al acceso al trono: "La Corona de las Españas y las Indias será hereditaria en nuestra descendencia directa, natural y legítima de varón, por orden de primogenitura y con exclusión perpetua de las hembras. En defecto de nuestra descendencia masculina natural y legítima, la Corona (…) volverá a nuestro muy caro y muy amado hermano Napoleón y a sus herederos y descendientes varones".

La Constitución de Cádiz

Con Fernando VII recluido por Napoleón y la Península casi ocupada por los franceses, el compromiso entre los diputados absolutistas y liberales permitirá elaborar la primera Constitución española, caracterizada por el amplio reconocimiento de los derechos civiles. La Constitución de Cádiz abolirá la ley sálica: "En el mismo grado y línea los varones prefieren a las hembras, y siempre el mayor al menor; pero las hembras de mejor línea o de mejor grado en la misma línea prefieren a los varones de línea o grado posterior".

Para los diputados el problema no era tanto volver a la situación de preeminencia masculina, sin exclusión de las mujeres, sino evitar los problemas sucesorios derivados de la frecuente actividad sexual de los soberanos fuera del matrimonio y la larga lista de hijos bastardos. En este sentido, sancionarán que "no pueden ser reyes de las Españas sino los que sean hijos legítimos, varones y hembras, habidos en constante y legítimo matrimonio".

La vuelta al trono de Fernando VII, tras el derrumbamiento del imperio napoleónico, significó el retorno al absolutismo y, por consiguiente, la derogación de la Constitución de Cádiz, la cual sólo sería reintroducida durante el trienio liberal (1820-1823).

A pesar de su miembro viril bien dotado y su fama amatoria en el prostíbulo de Pepa la Malagueña, Fernando VII (1784-1833) cumplía los 45 años sin obtener descendencia de sus tres primeras esposas. Con la segunda, María Isabel de Bragança, tuvo dos hijas, la primera apenas vivió cuatro meses y la segunda nació muerta provocando la muerte de la reina. A finales de 1829, se casa por cuarta vez con su sobrina carnal Cristina de Borbón de Dos Sicilias, de 23 años.

Ante el embarazo de la reina, Fernando VII se decide a publicar la Pragmática Sanción de 1789, que asegurase el trono a sus descendientes con independencia del sexo. Meses más tarde, nacerá la primogénita Isabel. Al año, la Reina dará a luz a su segunda hija, Luisa Fernanda. A los pocos meses de la muerte de Fernando VI, la Reina se casará en secreto con el capitán Agustín Fernando Muñoz, de quien parirá ocho hijos.

Las guerras carlistas

La Pragmática Sanción, derogada dos años más tarde y, poco antes de morir Fernando VII, vuelta a ser sancionada, constituirá la base jurídica que dará lugar a la primera guerra carlista. Para los partidarios del hermano del rey, Carlos María Isidro (1788-1855), aparte de vindicar la ley sálica, opinaban que la Pragmática Sanción no podía tener validez legal ni afectar al Infante Carlos, nacido un año antes que las Cortes Españolas decidiesen volver al régimen de Felipe V.

En cualquier caso, el problema jurídico es el pretexto para desencadenar el conflicto que existía entre absolutistas, partidarios de las estructuras socioeconómicas del Antiguo Régimen, que en España habían pervivido gracias al absolutismo fernandino, y los liberales.

El conflicto dinástico dará nombre, por el pretendiente Carlos, a las tres guerras civiles del siglo XIX: la primera entre 1833 y 1840; la segunda, con la revuelta de los matiners catalanes, entre 1847 y 1860; y la tercera, que arranca con la instauración de la I República hasta la restauración alfonsina (1873-1876).

La Reina Cristina, regente hasta la mayoría de edad de la Infanta Isabel, se apoyó en los liberales para mantener los derechos sucesorios de su hija. Tuvo que aceptar la nueva Constitución liberal de 1837 que, en base a la de Cádiz, establecía la preeminencia masculina en la línea sucesora de la Corona sin excluir a las mujeres. Dicha Constitución especificaba: "La sucesión en el Trono de las Españas será, según el orden regular, de primogenitura y representación, prefiriendo siempre la línea anterior a las posteriores; en la misma línea, el grado más próximo al más remoto; en el mismo grado, el varón a la hembra, y en el mismo sexo, la persona de más edad a la de menos".

Una formulación que aparecerá, prácticamente literal, en las futuras constituciones de 1845, 1869, 1876 y 1978. El problema en 1978, aparte de sancionar a Juan Carlos I como legítimo heredero de la dinastía histórica y no del franquismo, era otro, y el Rey procuró, con sigilo y delicadeza, comunicárselo a los padres de la Constitución. Razones de índole familiar aconsejaban mantener la preeminencia masculina a pesar de entrar en flagrante contradicción con el artículo 14 de la Carta Magna que garantiza la igualdad ante la ley sin discriminación por razón de sexo.

Princesa de Asturias

Salvo Isabel II, sólo ha habido un caso en que una fémina haya sido Princesa de Asturias: María de las Mercedes, primogénita de Alfonso XII, quien pasó de ser heredera de su padre y futura reina a ser heredera de su hermano, Alfonso XIII, cuando su madre dio a luz al hijo póstumo del Rey. Cuentan las crónicas que Sagasta, presidente del Gobierno, alargó hasta el parto el momento de proclamarla como futura reina a la espera de comprobar si el neonato era varón, como así fue, por lo que ella no reinó.

Diálogo sobre la Sucesión y la Constitución

Diálogo con Jorge de Esteban, Jefe del departamento de Derecho Constitucional de la Universidad Complutense de Madrid y presidente de Unidad Editorial, experto constitucionalista.

 

1. La constitución indica que el orden sucesorio a la corona es de primojenitura del varón sobre la mujer. ¿ Como creo que afectará a la institución un cambio en su orden sucesorio, en el caso que tenga un hermano varón?

Si no se reforma antes o se hace algo, es evidente que estos derechos recaerían en el varón. Es lo que dice la Constitución de forma clarísima.

2. Cree que es muy urgente la reforma o se puede esperar a que el príncipe llegue al trono?

En el momento en que los príncipes tuvieran un segundo hijo que fuera varón, la reforma sería muy complicada porque se perjudicarían los derechos de ese niño. Se tenía que haber aprovechado la terminación de la legislatura anterior para haber cambiado el articulo 57 de la constitución, lo que ocurre es que el señor Aznar no lo quiso hacer, aunque podía. Ahora todo es más complicado. Era lo que yo propuse en EL MUNDO el 6 de noviembre de 2003 [ Leer artículo], previendo que fuese una niña.

3. ¿Cómo se encajaría en la Constitución Europea una situación tan particular como la que se presenta en España a partir de ahora?

Primero, la Constitución Europea no está aun vigente y segundo, la Constitución Europea reconoce a estados y cada estado tiene su propia Constitución. No afecta para nada.

4. Hola, si se reforma la constirución en el sentido de poder Reinar las mujeres, podria reclamar su derecho la infanta Elena?

No, porque tal y como se aprobó la Constitución se mantenía la ley sálica moderada que ha regido en España durante todo el constitucionalismo. Las mujeres sólo pueden reinar a defecto de varón como ocurrió con Isabel II. Y por consiguiente la de 1978 mantuvo esa ley sálica moderada que ha sido tradicional en España y que si se cambia sería a través de la constitución.

5. No cree que los políticos han estado un poco lentos. Un cambio constitucional a tiempo habría evitado posibles polémicas ¿no?

Por supuesto que si. Vuelvo a insistir el 6 de noviembre de 2003 propuse esa reforma, cuando era el momento para hacerlo, pero los políticos estaban a otras cosas.

6. ¿No le parece que esta acuciante necesidad de cambiar la constitución por el nacimiento de Leonor es sólo una excusa para poder, de paso, que dotar el estatut de legalidad?

De las cuatro reformas que propuso el gobierno en la campaña electoral, sólo cabría en estos momentos poder realizarse la de la sucesión. Hasta que no se aclare el tema autonómico no se podrían abordar las otras, la reforma del senado y la de incluir la denominación de las comunidades autónomas dentro de Constitución. Pero hasta que no se aclare el tema del Estatuto no se pueden hacer.

7. ¿Será necesario convocar elecciones para poder modificar la constitución?

En principio para modificar la constitución en ese punto habría que disolver las cortes, pero eso no lo va hacer ningún presidente porque implica el suicidio político, renunciar al poder por cambiar la constitución no lo hace nadie. Habría que esperar al fín de la legislatura.

8. ¿Por qué en otros momentos de la historia han reinado mujeres?

Porque no había varones, como es el caso de Isabel II, la única hija de Fernando VI.

9. Usted qué dice ¿lo sabían o no lo sabían? ¿por qué no anunciaron el sexo de la niña antes?

De acuerdo con las técnicas médicas modernas es posible que lo supiesen pero tal vez por razones políticas no han considerado anunciarlo hasta la certeza del nacimiento.

10. Que situación se crearía si el próximo año los principes tuvieran un hijo varón y la Constitución no se hubiera modificado

Si no se ha modificado la constitución, los derechos sucesorios recaerían en el hijo pero hay quien mantiene que se podría modificar la constitución con efecto retroactivo pero ello perjudicaría los derechos del varón. La única fórmula que yo veo para evitar ese perjuicio es que las Cortes Generales en sesión conjunta se reuniesen proximamente para hacer una declaración de promesa de reformar la constitución al acabar la legislatura. Con esa declaración solemne, que no prevee ni prohibe la constitución, por lo menos ya quedaban amparados los derechos de la actual primogénita y no perjudicaría a un supuesto y segundo hijo varón.

11. Supongo que es casi imposible pero... si, una vez reformada la Constitución la Infanta Elena reclamase juridicamente su derecho de primogenitura ¿tendría alguna posibilidad de que al menos se abriese un proceso legal de reclamación?

No porque la constitución, insisto, se aprobó por parte del pueblo español con el orden sucesorio que estaba vigente en la historia de España. Si se quiere cambiar se parte de cero, no puede haber efectos retroactivos en ese sentido.

12. Buenos días, Sr. de Esteban. Ahora que todos nos creemos expertos constitucionalistas, ¿no se soluciona todo eliminando la frase de prevalencia del varón sobre la mujer, y haciendo una mínima referencia a que se respetan los derechos del actual príncipe de asturias y de sus descendientes? Se aprueba al final de la legislatura, se disuelven las cortes, lo ratifican las nuevas y referendum. ¿No le parece que a veces hacemos que las cosas parezcan más complicadas de lo que realmente son? Gracias por su respuesta.

Lo que dice es correcto.

13. ¿ES tan sencillo cambiar la constitución como ha dicho el ministro de Justicia?

La constitución es bastante complicada de modificar y sobre todo en el título II que se refiere a la corona porque la reforma exige la aprobación de dos tercios de los miembros de cada cámara, después disolución de las cortes, después las nuevas cortes elegidas tienen que volver a aprobar por dos tercios de cada cámara la reforma y por última tiene que ser aprobada pro referendum nacional. Por eso la posibilidad mejor es disolver las cámaras cuando queda poco tiempo para el final de la legislatura. Que era loq ue podía haber hecho el señor Aznar en febrero de 2004, pero no lo hizo. Y ahora no tendriamos estos problemas.

14. ¿Qué pasaría si una vez hechas las enmiendas, etc., se convoca un referéndum sobre la nueva Constitución y no se aprobara o se aprobara por una mayoría muy exigua?

La reforma de la constitución en este punto exige la aprobación de cada cámara por dos tercios, disolución de las cortes, nueva aprobación por las cortes de dos tercios y referendum nacional. Si no se obtiene la mayoría que establece la constitución no se aprueba.

15. ¿Cada reforma a la constitución se tramita de forma independiente? ¿Cuál es la ventaja de hacer todas las reformas al mismo tiempo como insinuan algunos analístas?

El problema es el que he dicho antes. Teniendo en cuanta lo que está sucediendo con los estatutos de autonomía, especialmente País Vasco y Cataluña, ahora no se puede reformar la constitución en estos otros temas. Pero si se puede reformar la sucesión. Para reformar las otras cuestiones se precisa un consenso que hoy no existe pero si parece que lo hay en este punto.

16. Si se modificara el artículo 168 por la vía del 167, se evitaría tener que celebrar el referéndum en esta cuestión. ¿Es posible?

Es una pregunta inteligente que yo ya he propuesto en alguna ocasión y que nos evitaría muchos problemas, no solo en este punto de la sucesión, sino que también se podría utilizar para incluir nuevos derechos en la constitución sin tener que recurrir al procedimiento agravado del articulo 168. Por consiguiente me parece una propuesta inteligente y posible.

17. El estatuto valenciano habla varias veces del Reino de Valencia sin entrar en contradicción con el Reino de España. ¿Por qué iba a entrar en contradicción, entonces, la nación catalana con la Nación española?

Por una diferencia sustancial, la denominación Reino de Valencia es una cuestión histótica que no tiene relevancia jurídica mientras que en la constitución española no puede haber más que una nación porque es el sujeto de la soberanía, si se reconociese otra nación se estaría reconociendo también que Catlauña tendría la soberanía y el poder constituyente y esa es la diferencia.

18. ¿Se ha detenido alguien a pensar qué pasaría si, de repente, falleciera Don Juan Carlos (¡Larga vida a Su Majestad!) sin que se hubiera acometido la reforma de la Constitución?

En ese supuesto la actual infanta Leonor pasaría a convertirse automáticamente en princesa de Asturias pero si no se reformase la Constitución y los actual Príncipes tuviesen un segundo hijo varón, se le quitaría el título de princesa de Asturias a la actual infanta y pasaría al varón. Dicho de otra forma, el supuesto que señala usted significaría que la actual infanta se convertiría en princesa de Asturias provisional. Por lo cual es necesario cambiar la Constitución.

Despedida

Como corolario de todo lo que me han preguntado puedo sintetizar tres cosas: 1º) Que la reforma de la Constitución se tenía que haber hecho al finalizar la última legislatura y ese es un grave error del Gobierno anterior. 2º) Que teniendo en cuanta las dificultades que hay para hacer esta reforma en los momentos actuales, se podría suplir con una declaración solemne de las cortes generales reunidas en sesión conjunta anticipando el acuerdo de las dos cámaras para reformar la constitución al término de la legislatura. 3º) Que no es posible, como quería el gobierno actual, llevar a cabo conjuntamente las cuatro reformas que había prometido de la constitución aunque si cabe hacer esta sobre la sucesión a la corona. Y por último saludo a los internautas y les agradezco las preguntas que me han hecho.
 
Fuente: El Mundo

Leonor, nombre de reinas

Leonor, el nombre elegido por los Príncipes de Asturias para su primogénita, tiene tras de sí una larga tradición en las diferentes dinastías españolas pero no es uno de los nombres más habituales escogidos por los padres actuales para sus hijas. Cinco reinas de Aragón, dos de Castilla y otras dos del Reino de Navarra se han llamado Leonor a lo largo de siglos de historia de la Monarquía española.

L D (EFE)

De hecho, no aparece en las listas que ha publicado el Instituto Nacional de Estadística (INE) con los 150 nombres más frecuentes que se dieron a las recién nacidas en 2002, 2003 y 2004 y que encabezaron María en el primero de esos años y Lucía en los dos siguientes. Es posible que la decisión de los Príncipes de Asturias le haga recuperar popularidad como ya ocurrió con el nombre de su madre, Letizia, que, si bien escrito con "c", pasó de no figurar en ese listado en los años 2002 y 2003 a ocupar en 2004 el puesto 138 de los nombres de mujer más impuestos a las recién nacidas con 214 casos.

Leonor tiene, según dijo a Efe el vicedirector de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, Jaime de Salazar, origen provenzal y una larga tradición medieval en todas las dinastías peninsulares. Una tradición interrumpida después de Leonor de Austria, la hermana de Carlos V, que fue reina de Portugal y más tarde de Francia, ya que desde entonces no lo han llevado reinas ni princesas españolas.

También en el terreno de las artes, Leonor goza de numerosos antecedentes. El académico Gregorio Salvador dijo a Efe que ese nombre fue muy usado en el teatro del Siglo de Oro por autores como Calderón de la Barca y Lope de Vega, entre otros, debido a que es corto y fácil de rimar. Desde el teatro, el nombre se hizo muy popular en la sociedad de esa época.

Sobre el significado o etimología del nombre, Jaime de Salazar, explicó que, como en muchos otros casos, existen multitud de teorías distintas, entre ellas la que lo sitúa en el sur de Francia como "Alia Enor", es decir "otra Enor". Otras teorías lo sitúan como una variante de los nombres León y Honorio o como procedente del vocablo griego antiguo "Eleos", que significa compasión.

Según otra fuente, podría ser de origen hebreo, Ellinor, que significa "Dios es mi luz" ("el" dios y "owr" luz, según el léxico del Viejo Testamento). No obstante, otras fuentes señalan que podría ser sólo una variante de "Elena". En la actualidad, se corresponde en inglés a "Eleanor", en francés a "Eléonore" y en italiano a "Eleonora". La onomástica de las Leonor se celebra el 22 de febrero y el 1 de julio.

Todas las Leonor de sangre Real vinculadas a la Monarquía española son las siguientes:

Leonor de Plantagenet (1156-1214). Reina de Castilla (1170-1214). Hija de Enrique II, rey de Inglaterra, y de la duquesa Leonor de Aquitania, contrajo matrimonio en 1170 con Alfonso VIII, quien fue coronado a los doce años. La pareja tuvo once hijos. Leonor de Castilla murió el 25 de octubre de 1214, tres semanas después de que lo hiciera su marido Alfonso VIII.

Leonor (1202-1244). Infanta de Castilla y Reina de Aragón. Séptima hija de Alfonso VIII y Leonor de Plantagenet. Contrajo matrimonio en 1221 con Jaime I el Conquistador, rey de Aragón, con quien tuvo un hijo. El matrimonio fue disuelto en 1229 por el parentesco demasiado próximo entre los cónyuges.

Leonor de Castilla (1241-1290). Reina de Inglaterra (1272-1290). Nacida en 1241 del segundo matrimonio del rey Fernando III de Castilla con la condesa Juana de Ponthieu, contrajo matrimonio en Burgos el 1 noviembre de 1254 con el heredero inglés, el futuro Eduardo I. En 1255 llegó a Londres y en 1272 su marido accedió al trono.

Leonor, Princesa de Inglaterra. Hija de Eduardo I y Leonor de Castilla, contrajo matrimonio por poderes con Alfonso III de Aragón, aunque el matrimonio nunca llegó a consumarse.

Leonor de Castilla (1307-1359). Reina de Aragón (1329-1336). Hija de Fernando IV de Castilla y de Constanza de Portugal, fue la segunda esposa de Alfonso IV el Benigno, quien había enviudado de Teresa de Enteza.

Leonor de Portugal (1328-1348). Reina de Aragón (1347-1348). Hija del rey de Portugal Alfonso IV, fue la segunda esposa de Pedro IV el Ceremonioso, con quien contrajo matrimonio en 1347.

Leonor de Trastámara (1350-1415). Reina de Navarra (1403-1416). Hija de Enrique II de Castilla, contrajo matrimonio el 27 de mayo de 1375 con el futuro rey Carlos III el Noble de Navarra. En febrero de 1388 obtuvo permiso de su marido para regresar a la corte castellana. En marzo de 1395 volvió a Pamplona a consecuencia del tratado de amistad entre Castilla y Navarra, y en 1403 fue coronada reina de Navarra.

Leonor de Sicilia. Reina de Aragón (1349-1375). Hija de Pedro II de Sicilia y tercera esposa de Pedro IV el Ceremonioso. Se casó en Valencia tras renunciar al trono de Sicilia y tuvo cuatro hijos con el monarca aragonés. Murió en 1375.

Leonor de Aragón (1358-1382). Reina de Castilla (1379-1382). Hija de Pedro IV el Ceremonioso de Aragón y de Leonor de Sicilia. En 1375 contrajo matrimonio con Juan, hijo del futuro rey de Castilla Enrique II. Tuvieron dos hijos y Leonor murió después del parto del tercero, en 1382.

Leonor de Alburquerque (1374-1435). Reina de Aragón (1412-1416). Fue Reina de Aragón tras su matrimonio con su sobrino, Fernando I de Aragón. Era hija de Sancho de Castilla y de Beatriz de Portugal. Fueron coronados Reyes de Aragón en 1412 y, tras la muerte en 1416 de Fernando I, Leonor de Alburquerque regresó a Castilla.

Leonor de Aragón (1405-1445). Reina de Portugal (1433-1438). Hija menor de Fernando I y Leonor de Alburquerque, se casó en 1428 con el futuro rey Eduardo de Portugal y fueron coronados en 1433. El Rey murió en 1438 y, aunque había designado regente a Leonor, las Cortes portuguesas rechazaron la voluntad del Monarca fallecido y nombraron regente a Pedro I de Coimbra. Leonor afrontó una insurrección popular y tuvo que refugiarse en Castilla.

Leonor, Infanta de Castilla (1423-1425). Hija de Juan II y María de Aragón, murió a los dos años de edad.

Leonor de Portugal. Emperatriz de Alemania (1434-1467). Hija de Eduardo de Portugal y de Leonor de Aragón, se casó por poderes en Lisboa con el emperador de Alemania, Federico III, en 1451.

Leonor de Aragón (1420-1479). Reina de Navarra. Hija menor de Juan II de Aragón y Blanca I de Navarra. En 1436 contrajo matrimonio con el noble Gastón de Foix. En 1455 el rey Juan II proclamó a Leonor su heredera en Navarra, tras desposeer a sus hijos Carlos de Viana y Blanca de Ervreux, y en 1464 la nombró gobernadora de Navarra. El 28 de enero de 1479, tras la muerte de Juan II, Leonor fue proclamada reina en Tudela y quince días después falleció.

Doña Leonor de Austria (1498-1558). Reina de Portugal (1519-1521) y de Francia (1530-1547). Nacida en Lovaina en 1498 era nieta de los Reyes Católicos y primogénita de Juana I de Castilla y Felipe el Hermoso (hermana mayor de Carlos). El 7 de marzo de 1519 contrajo matrimonio con Manuel I el Grande de Portugal. Tras su muerte, en 1521, abandonó Portugal y en 1530 se casó con Francisco I de Francia. Después de la muerte del rey francés en 1547 Leonor regresó a España y murió en Talavera de la Reina en 1558.