lunes, 23 de febrero de 2009

La cacería contra Suárez y el 23 de febrero

ABC

En una Tercera que publiqué el mes de octubre del año pasado -«Las memorias de Suárez o el silencio de la Transición»- decía que sabía de la existencia de un manuscrito de Eduardo Navarro Álvarez, autor de prácticamente todo lo que escribió y dijo Adolfo Suárez desde que dejó la presidencia, y que era la base de unas posibles memorias del ex presidente. Ambos, Suárez y Navarro, se han quedado sin voz y, paradojas de la vida, están aquejados de una parecida enfermedad mental degenerativa. Después de ese artículo, Julio Álvarez, sobrino de Navarro, me entregó para su custodia los valiosísimos archivos de su tío; y José Luis Graullera, el amigo inseparable de Eduardo y de Adolfo Suárez, me instó a que escribiese la historia de la Transición, pero no con opiniones más o menos autorizadas o con hechos enlazados a conveniencia de un determinado hilo argumental, sino la historia como fue, basada en documentos. Esos valiosos documentos que ellos y otras personas poseen.

El manuscrito de Navarro, cuya fotocopia he leído varias veces, de 195 folios por una cara e inconfundible y primorosa letra, ofrece muchas claves esenciales para comprender esos años de Transición y la montería que se organizó en España contra el ex presidente. La historia se llama «Mis testimonios sobre Adolfo Suárez» y, evidentemente, no son las memorias de Suárez sino las de Eduardo. Pero más interesante que esos papeles son los cuatro archivos de plástico color caramelo «tofe» con el rótulo de «Documentos Presidente-ENA» -ENA significa Eduardo Navarro Álvarez- con subcarpetas, también de plástico, numeradas de la 1 a la 21 y algunas otras hojas sueltas. Ahí he buceado durante muchos días a ver que encontraba. Hay notas de Suárez como estas:«esto lo tengo que pensar». Todo lo escribía Eduardo, incluso las palabras que pronunció cuando el hijo de Suárez decidió presentarse a la presidencia de Castilla-La Mancha contra Bono. Por eso decía, con sorna, que él escribía «con un seudónimo que se llama Adolfo Suárez».

Pero por fin di con lo que buscaba: el proyecto de memorias del ex presidente del Gobierno de la Transición. Los cuatro archivadores que había estado investigando eran, en suma, ese proyecto de Memorias. O, al menos, esta es la conclusión a la que he llegado. Hay, incluso, un guión de las mismas y algunos folios escritos en primera persona sin el correspondiente manuscrito de Eduardo Navarro, donde Suárez habla con total libertad del Rey, de Arias, de Fernández Miranda, de otros personajes y de los diputados que se escondieron debajo de los asientos la tragicómica noche del 23 de febrero. Reconstruyamos alguno de esos hechos.

Eduardo Navarro, en sus «Testimonios», afirma que los sucesos del 23-F cada español los cuenta de acuerdo con el entorno en que le tocó vivirlos. «La aparición del Rey fue decisiva. Los Reyes no suelen ganarse el trono al principio de su reinado. Juan Carlos I sí lo hizo y de la noche del 23-F terminó su examen «cum laude». Probablemente es un hecho extraordinario en la Historia, pero es así». Y a continuación relata: «Muchas veces he comentado los sucesos de aquella noche con el Presidente Suárez y he oído su relato. Su actitud aquella tarde y aquella noche acalló a sus críticos y a sus adversarios. Mientras él permaneció sentado en el hemiciclo, los críticos y los adversarios estaban tumbados en el suelo». Efectivamente, había un clima en la clase política, en su propio partido UCD, en el Partido Socialista y en la mismísima Zarzuela, muy hostil al presidente, un clima similar al que se produjo cuando Arias le presento al Rey su dimisión en 1976. Suárez lo explica así: «Mi única idea durante los primeros momentos del golpe fue mantener la dignidad del Presidente del Gobierno de España. La dignidad de la democracia. Varias veces se me pasó por la cabeza los titulares de los periódicos que podían hacer referencia a mi persona, si el golpe triunfaba: «El Presidente murió de un tiro en la espalda cuando estaba tumbado en el suelo». Eso me rebeló. Si me mataban tenía que ser cara a cara. En aquellos instantes mi único instinto fue dar la cara». Y concluye de forma contundente: «Ni el Ejército ni el país secundaron la intentona. El papel que jugó S.M. el Rey permitió que la pesadilla de aquella noche terminara al día siguiente».

Suárez no analiza las causas del golpe, pues dice que «aún debe ser estudiado y analizado en profundidad». Pero con una sencillez apabullante, al hablar de las causas de su dimisión, nos ofrece, en realidad, las causas del golpe de Estado y de la cacería de la que había sido objeto. «Nadie ha creído algo que es absolutamente cierto: después de las elecciones de 1979, la descomposición de UCD en facciones y el intento de algunas de estas en marchar rápidamente al campo contrario, hacían imposible la tarea de gobernar con seriedad. Nunca olvidaré el año 80, ni la moción de censura que presentó el PSOE ni la cuestión de confianza, ni todas y cada una de las votaciones del Congreso durante ese año. Cada una de ellas se desarrolló bajo la amenaza de que un grupo numeroso de Diputados abandonaba el Grupo Parlamentario de UCD y se pasaba al campo contrario. Las críticas a la persona del Presidente -a mi persona- provenían de todos lados: de la derecha, de la izquierda y de mi propio partido. Había pasado de ser el protagonista del proceso democrático a un malvado encantador de serpientes. Yo pensé que estas críticas influían en la clase política pero no en el pueblo español. Es posible que me equivocara. Ante esta situación decidí dimitir». Más adelante concluye, y creo que es esencial esa afirmación para comprender lo que se estaba tramando en torno al general Armada que hasta el día del golpe contó con la confianza del Monarca, «a lo que no estaba dispuesto es a que se recondujera el proceso democrático fuera de las instituciones constitucionales, a dar ocasión para que los grupos de presión extrademocráticos (sic) aprovecharan mi dimisión para introducir una cuña involucionista».
El relato de lo que ocurrió esa tarde y noche sería muy largo de contar. Cuando se inicia el golpe de Estado el Rey se encuentra con Sabino Fernández Campos y siguiendo instrucciones directas del Monarca, el Capitán General de Madrid, Quintana Lacaci -que luego asesinaría ETA- y el Jefe del Estado Mayor del Ejército, José Gabeiras, deshicieron el golpe, el primero impidiendo que la División Acorazada se pusiera en marcha, y el segundo desmontando la operación de Miláns en el resto de las capitanías. Sin la decidida actuación del Rey está claro que hubiese triunfado el golpe, como asegura Navarro en sus papeles. Según cuenta Eduardo, en sus conversaciones con Miláns el Rey le espetó: «No me marcharé del país y me tendréis que fusilar». El Rey, pues, se puso esa tarde al lado de la senda constitucional. Navarro también explica la trascendencia que tuvo la reunión del gabinete de Subsecretarios bajo la presidencia de Francisco Laína, que con impresionante sentido de Estado se convirtieron en el Gobierno de hecho de la Nación.

La historia la hacen hombres y mujeres sobresalientes. A veces, incluso, la escriben los pueblos. Gracias al indiscutible valor de Suárez, estadistas como Laína y a la nítida actuación del Rey junto a los militares leales el 23 de febrero de 1981, España no se tiñó, una vez más, de sangre. No reconocerlo sería la negación de la mismísima evidencia.

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