viernes, 2 de septiembre de 2005

Los prolegómenos de la democracia

Durante dos meses, La Vanguardia ha publicado una serie de reportajes que se basan en el estudio del contenido de centenares de documentos secretos, la mayoría desconocidos, recientemente desclasificados por los Archivos Nacionales de Estados Unidos, relacionados con la época franquista.

 

Publicamos aquí dos de las entregas dedicadas al nombramiento de Don Juan Carlos como sucesor a título de Rey y la impresión que tenían los norteamericanos sobre el futuro de España.

 

Y don Juan Carlos aceptó ser el sucesor

 

En marzo de 1968 el Príncipe explicó las interioridades de la sucesión al embajador de EE. UU. que volvía a Washington

 

Don Juan Carlos se sintió triste y pensativo y luego estuvo de acuerdo en que, si no había alternativa, su hijo debía rechazar la sucesión   

 

Eduardo Martín De Pozuelo

29/08/2005

 

Como no podía ser de otra forma, el personaje español que más interés despertó en los gobiernos de Estados Unidos desde comienzos de los años sesenta fue don Juan Carlos. De hecho, no hay conversación o detalle acerca del actual monarca que no figure en algún documento secreto archivado en EE. UU., como el memorándum de conversación de 4 de abril de 1968. El caso es que inmediatamente antes de abandonar su cargo en España, el embajador Duke fue recibido por el Príncipe que no dejó pasar la oportunidad de transmitir a EE. UU. su visión de la compleja transición que se empezaba a adivinar. Es obvio que el Príncipe sabía que todo lo que dijera a Duke llegaría en breve a la Casa Blanca, tal como ocurrió.

 

El 28 de marzo de 1968, don Juan Carlos recibió a solas en la Zarzuela a Angier Biddle Duke, embajador de Estados Unidos en España que iba a ser sustituido por Robert F. Wagner. Duke llegó al palacio sobre las seis de la tarde y el diálogo se prolongó durante cincuenta minutos.

 

El encuentro, según explicó Duke a Washington, transcurrió como sigue: "Tras un intercambio de observaciones personales, mencioné mis otras visitas de despedida como embajador y comenté que había mantenido una conversación de media hora con el Jefe del Estado. El príncipe Juan Carlos reparó en esta última observación, pasando a señalar que sus conversaciones con Franco solían ser siempre de la misma duración. Dijo que Franco le había tratado de forma paternonal, aconsejándole siempre de manera muy amistosa y afable, aunque sin expresarse en realidad de forma concluyente. En consecuencia, añadió Juan Carlos, en ningún momento llegó a saber con precisión en qué situación se hallaba él desde el punto de vista político. Por una parte, Franco le indicó que se comportara como un hijo leal pero, por otra parte, y más reciente, Franco le había insistido en la circunstancia de que Juan Carlos tenía ahora treinta años, era persona plenamente independiente acerca de sus propias decisiones y en caso de proponerse un objetivo determinado, debía efectivamente esforzarse por alcanzarlo".

 

Según Duke, Juan Carlos le contó que le había respondido a Franco "que, si se le daba alternativa al respecto, estaba claro que el primero era su padre (en la línea sucesoria) y que, por tanto, no seguiría el consejo de Franco de rivalizar por el mismo puesto".

 

El Príncipe explicó a Duke a continuación que, no obstante, "tal vez no sería preciso afrontar elección o alternativa alguna" ya que le había dicho a Franco -dijo Juan Carlos-que "la solución del problema sucesorio se hallaba en manos del Jefe del Estado antes de su muerte ya que en caso contrario la monarquía nunca regresaría a España. Él había apremiado a Franco a cumplir esta promesa mientras viviera".

 

Don Juan Carlos añadió que Franco, en respuesta a lo anterior, le había preguntado si, en caso de ser él el elegido, aceptaría el cargo de sucesor. "Juan Carlos dijo a Duke que le había respondido afirmativamente que si Franco, el Consejo de Regencia, las Cortes, etc, le querían y no existía ninguna otra alternativa, él aceptaría" y recalcó al embajador "que sentía que en tales circunstan-cias su deber consistiría en aceptar el llamamiento y que no podía rechazarlo".

 

Don Juan Carlos explicó que cuando su padre, Don Juan, se encontraba en España "para el bautizo de su hijo Felipe, le había contado sus conversaciones con Franco y que le había dicho a su padre que si se le ofrecía elección personal, era una cuestión, pero que, si de hecho era designado mediante el proceso constitucional previsto, no veía más alternativa que la de cumplir con su deber. Su padre -dijo don Juan Carlos-se había sentido al principio de algún modo conmocionado, luego triste y pensativo y, finalmente, declaró mostrarse de acuerdo en que si no mediaba otra alternativa, don Juan Carlos no debería rechazar la sucesión. Su padre -reiteró don Juan Carlos-coincidía en que si él rechazaba el llamamiento, probablemente España no recurriría al padre y la monarquía nunca volvería. Sin embargo, don Juan, aun mostrándose de acuerdo sobre la cuestión, había afirmado que personalmente pensaba que Franco casi con seguridad no designaría efectivamente a don Juan Carlos como sucesor. Al respecto, el Príncipe explicó

 

"que su padre creía que Franco no anunciaría elección alguna antes de su muerte".

 

El heredero le preguntó a Duke cómo veía la sucesión. "Respondí -relató Duke-que pensaba que si Franco moría inesperadamente sin haber adoptado medidas sobre la sucesión se abriría una fase de conmoción y expectación social y política en cuyo contexto quienes se hallaran en posesión de los auténticos resortes e influencia se inclinarían probablemente por dar cumplimiento a lo apuntado; es decir, a llamar a Don Juan al trono". Aunque Juan Carlos no descartó que la opción apuntada por el embajador pudiera acabar siendo realidad, el entonces Príncipe recordó a Duke, siempre según los documentos desclasificados, que su padre estaba exiliado y que ello suponía una dificultad objetiva para captar las realidades políticas de España.

 

Entonces Duke le preguntó si no creía que las "Fuerzas Armadas, preocupadas por la salvaguarda de la ley y el orden, presionarían en favor de una solución rápida, nítida y concluyente" y si no pensaba también que, basándose en el mismo impulso, las mismas Fuerzas Armadas retornarían a la solución apuntada, la solución legal.

 

Don Juan Carlos creía que era posible, pero añadió que no se hallaba en absoluto convencido de que las Fuerzas Armadas en bloque fueran a avanzar en tal dirección. "Indudablemente -dijo-algunos de los dirigentes más veteranos tenderían a avanzar por esta vía, pero -añadió-las Fuerzas Armadas crecían. Sin explicar esta observación, don Juan Carlos prosiguió para señalar que por desgracia tal circunstancia era el motivo de que para Franco resultase de la máxima importancia designarle a él ahora", aunque, no obstante, no se había comprometido. "No había dicho sí -explicó el futuro Rey-pero tampoco había dicho no". Pero el Príncipe juzgaba que Franco necesitaba resolver la cuestión, acudir a las Cortes y anunciarle a él como sucesor al trono.

 

Don Juan Carlos le dijo a Duke que el modelo de sucesión debía pasar por nombrar un presidente de gobierno, en este caso Carrero Blanco, y en otoño anunciarle como sucesor a la Jefatura del Estado, pero lamentó la resistencia de Franco a dar su conformidad a un plan con arreglo a un calendario. Según le comentó a Duke, el Príncipe pensaba que si Franco muriera sin nombrarle su sucesor, la monarquía no tendría nada que hacer aunque su padre le daba vueltas a la idea de un referéndum para elegir sucesor, que "evidentemente no funcionaría".

 

Casi al terminar don Juan Carlos le dijo al embajador que cuatro mandos militares de alta graduación habían acudido a hablar con él expresándose en términos tan extremadamente críticos de Franco y el régimen que se había visto obligado a pedirles que guardaran silencio al respecto. El Príncipe le dijo que los militares estaban muy descontentos por la inactividad y falta de dinamismo del gobierno, e inquietos ante el futuro.

 

La opinión de Estados Unidos

"No hay que minusvalorar a Juan Carlos"

 

Iñaki Ellakuría

29/08/2005

 

La apreciación que se tenía en la Administración norteamericana del príncipe Juan Carlos oscilaba dependiendo del político o el funcionario que la formulara. Por un lado, estaban los que veían al futuro rey como un joven preparado para asumir sus responsabilidades; y, por otro, estaban los que le consideraban básicamente como un "joven simpático y seductor".

 

De este último parecer era el embajador norteamericano en España, Angier Biddle Duke, quien tras su encuentro con don Juan Carlos el 28 de marzo de 1968, destacó que el príncipe "entró bien dispuesto y con gran ánimo e interés a debatir las relaciones con su padre y con el Jefe del Estado" y que "desplegó en todo momento un seductor sentido del humor y, pese a la seriedad de las cuestiones abordadas, no pareció darse excesiva importancia en ningún momento".

 

Para Duke, "a diferencia de su padre, parecen asustarle o al menos parece alejarse de los debates de gran trascendencia y entidad, cuestiones de principio o de orden teórico; prefiere centrarse en los métodos y los medios más que en los fines. No contestó a varias oportunidades que le di para que opinara sobre cuestiones políticas de actualidad tales como Gibraltar, las bases militares y las relaciones entre EE. UU. y España en general". Este comportamiento para Duke traslucía "una cierta actitud de total candidez". Aunque alertó que podría ser una estrategia y que sería erróneo "minusvalorar al príncipe Juan Carlos tan sólo por dar esa impresión de ser un joven simpático y abierto".

 

 

 

"Venga a verme sin avisar al ministro"

 

En agosto de 1969, Juan Carlos convocó al embajador de EE. UU. para explicar al detalle como se había producido la sucesión

 

Don Juan Carlos explicó al embajador Hill que parte del dolor que sentía su padre se debía a la pésima actuación de Areilza   

 

Eduardo Martín De Pozuelo

30/08/2005

 

“He vuelto a quedar impresionado por el interés e inteligencia de Juan Carlos, así como por su plena conciencia sobre las limitaciones políticas que representa su actual situación. Muestra cierta candidez, pero lo atribuyo a su juventud y falta de experiencia política práctica. Juan Carlos puede sobrevivir o no a las tensiones de la España posfranquista, pero en cualquier caso estoy seguro de que intenta, por su propio esfuerzo y recursos, modernizar la política española y es de esperar que, en su momento, gobernar España".

 

Esta es la conclusión a la que llegó Robert C. Hill, embajador de EE. UU. en Madrid de la era Nixon que en agosto de 1969 fue citado por el príncipe Juan Carlos, quien sin perder tiempo, en 45 minutos, explicó al representante norteamericano sus planes de futuro una vez nombrado sucesor. Hill escribió a Washington inmediatamente tal como, es de suponer, deseaba don Juan Carlos que sucediera.

 

"A invitación suya, he visitado hoy al Príncipe Juan Carlos en el Palacio de la Zarzuela", comienza el informe de Hill en el que dice haber encontrado al Príncipe "sincero, deseoso de hablar acerca de cuestiones relacionadas con su nombramiento como Príncipe de España, y de los planes para el futuro inmediato". Hill mostró a don Juan Carlos un modelo del Apolo XI Eagle y y otro de un F-100 de parte del presidente Nixon y el Príncipe le dijo que se dirigiría por carta directamente al presidente.

 

Tras las salutaciones de rigor entraron inmediatamente en materia. Don Juan Carlos relató que muchos monárquicos le habían dicho que don Juan era su elección de preferencia, a lo que don Juan Carlos respondió: "Era también la mía".

 

El Príncipe relató entonces la cronología que Hill recogió con precisión con estas palabras: don Juan Carlos "había solicitado ser recibido por Franco en audiencia en abril pero aún no había sido recibido cuando fue a ver a sus padres a Estoril en junio. En Estoril le dijo a su padre que Madrid hervía de rumores de que Franco proyectaba nombrarle a él, Juan Carlos, heredero al trono; rumores reforzados por ciertos ministros del gobierno que preguntan al Príncipe por sus planes para el verano. El Príncipe manifestó a su padre que ambos, en su opinión, sabrían de las intenciones de Franco más o menos al mismo tiempo".

 

Sobre este punto don Juan Carlos aclaró a Hill que pensaba que Franco no le hubiera puesto en un brete informándole antes a él y obligándole así, en cierto modo, a mantener un secreto frente a su padre. Luego el Príncipe explicó que cuando su madre visitó Madrid a finales de junio aún no tenía ninguna indicación sobre el asunto y elogió doña María de las Mercedes y habló de su influencia en las relaciones con su padre.

 

El 14 de julio, según don Juan Carlos en versión recogida por Hill, don Juan le telefoneó. El Príncipe informó a su padre que aún no había tenido noticias de Franco pero que los rumores aumentaban. La mañana del 15 de julio El Pardo llamó a don Juan Carlos para una audiencia aquella misma tarde. En la audiencia Franco le comunicó que le nombraría Príncipe de España y sucesor el 22 de julio. El 16 de Julio la carta de Franco infor-mándole de la decisión fue entregada a don Juan.

 

Don Juan Carlos explicó a Hill que su padre se encontraba muy dolido, pero como persona pragmática aceptaría la situación a su debido tiempo. El Príncipe de España achacó parte del problema de su padre a la omisión del conde de Motrico en mantener a don Juan al día sobre los rumores y acontecimientos en Madrid. También le explicó que don Juan creía que su hijo sabía de las intenciones de Franco desde el principio y en todo momento, extremo que don Juan Carlos negó.

 

"Es evidente - escribió Hill- que a Juan Carlos le desagrada Motrico y cree que aconsejó mal a su padre. El Príncipe contó sobre Motrico que dejó la embajada española en París hace cinco años explicando a todo el mundo que le habían prometido un alto cargo gubernamental (quizá el de presidente) en los años 60. Sólo cuando el nombramiento no se produjo, Motrico, amargado con el régimen, contactó con don Juan en Estoril ofreciéndose a trabajar para él. El Príncipe no disimula sus sentimientos en el sentido de que don Juan hubiera estado mejor aconsejado de haber rechazado el ofrecimiento de Motrico (José María de Areilza)".

 

El Príncipe le dijo a Hill que sentía que debía mirar hacia el futuro y no al pasado, que sabía que "la monarquía no es popular,y de que le corresponde la tarea de edificar una monarquía moderna y que efectivamente funcione, con el apoyo popular". "Yo me adherí enérgicamente a la necesidad del apoyo popular desde mi propia experiencia en política en EE. UU. y añadí respetuosamente que pensaba que Juan Carlos debería dedicarse intensamente a granjearse la simpatía y apoyo de la juventud española y la clase trabajadora", escribió Hill. Don Juan Carlos preparó de hecho su discurso ante las Cortes - el primer discurso en un foro importante - mirando al futuro, no al pasado y consideró la ovación a la Princesa Sofía al abandonar el edificio de las Cortes como una indicación del apoyo hacia él, más ilustrativa que la ovación registrada inmediatamente después de su discurso cuando compartió el estrado con Franco.

 

El Príncipe consideraba con franqueza que la imagen de España en el extranjero se había centrado demasiado tiempo en la persona del Generalísimo y anunció que él y la princesa tenían previsto visitar las principales capitales del mundo para proyectar la imagen de la nueva España. En cuanto a sus planes inmediatos "consisten en viajar a La Coruña, donde Franco pasa sus vacaciones, la semana próxima para quedarse allí hasta el 9 de agosto". Don Juan Carlos le reveló al embajador que no sabía lo que haría en La Coruña y que aún no le habían pedido que se sentara en el Consejo de Ministros.

 

En cuanto a la relación con EE. UU. don Juan Carlos se mostró ilusionado y una vez más jugó por libre. "Me dijo que le llamara cuando quisiera para tratar de cuestiones importantes, sin pedir permiso a Asuntos Exteriores. Si pregunta (me dijo) se limitarán a decirle que no saben nada al respecto y si lo desaprueban me dirán (a mí) simplemente que no debata tales temas con usted en la próxima ocasión". Y, el Príncipe pidió a Hill ser incluido en cualquier reunión informativa dada por miembros de la Administración sobre el próximo viaje de Nixon.

 

 

Preparando la sucesión

Los consejos estadounidenses al futuro Rey

 

Iñaki Ellakuría - 30/08/2005

 

La embajada de EE. UU. en Madrid envió a la Secretaría de Estado norteamericano en agosto de 1969 un informe secreto con información sobre las conversaciones entre el embajador norteamericano en Madrid, Robert C. Hill, y el príncipe Juan Carlos. La Casa Blanca quería saber qué España se iba a encontrar tras la muerte del dictador.

 

Hill aconsejó al futuro Rey sobre cómo debía actuar de cara a suceder en la jefatura de Estado al generalísimo.Así lo explicó en el informe: "Añadí respetuosamente que pensaba que el príncipe Juan Carlos debería dedicarse intensamente a granjearse la simpatía y apoyo de la juventud española y la clase trabajadora".

 

De sus palabras se desprende que a la Casa Blanca le interesaba cuidar a don Juan Carlos e informarle de las futuras actuaciones respecto a España de Washington: "Debatí mis planes para los próximos dos meses con el Príncipe -escribió Hill-y mencioné que estaría en Washington para discusiones a nivel político acerca de las bases conjuntas hispanonorteamericanas a principios de septiembre".

 

Otra vez surgió el tema de los pactos militares. Hill explicó como había hablado con el Príncipe sobre el tema, "al que le dije que se trata de un período especialmente delicado en lo concerniente a las bases y que confiaba en que cualquier declaración de altos funcionarios sobre el tema tendría en cuenta esta consideración. El Príncipe entendió la cuestión y se mostró de acuerdo con este punto de vista".

 

martes, 30 de agosto de 2005

El Rey recibe a Zapatero en el arranque del curso político

 
Los Reyes han recibido al Presidente del Gobierno y a su esposa Sonsoles Espinosa. (Foto: EFE)
 
El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha celebrado un encuentro con el Rey en el Palacio de Marivent de Palma. El jefe del Ejecutivo, que se desplazó hasta Mallorca acompañado de su esposa, Sonsoles Espinosa, fue recibido por Don Juan Carlos a la puerta de su residencia estival.

Es la tercera vez que el jefe del Ejecutivo se entrevista con el jefe del Estado este verano después de despachar con él antes de las vacaciones y tras el siniestro del helicóptero en Afganistán con 17 militares españoles a bordo.

A diferencia de otras ocasiones, no se dará cuenta del contenido del despacho a los medios de comunicación.

El encuentro ha tenido lugar antes de una cena privada en la residencia estival del monarca, a la que asisten la Reina Sofía y la esposa del presidente, Sonsoles Espinosa. Los Príncipes de Asturias, así como los Duques de Lugo y Palma también acuden a la cena.

Tras la primera reunión, antes de las vacaciones, Zapatero anunció que Baleares sería sede en noviembre de la primera gran reunión de un grupo de alto nivel para impulsar la 'Alianza de Civilizaciones' que el propio Zapatero ideó y lanzó hace meses.

El curso político se dio por comenzado este lunes con la comparecencia del presidente del PP, Mariano Rajoy, quien conminó al presidente del Gobierno a una entrevista personal para saber "a dónde va" y "qué quiere hacer con España". Asimismo le advirtió que no será "coartada" de sus "desaguisados".

En lo que respecta al PP, su presidente destacó que no sólo tienen que hacer oposición, sino que deben "presentar alternativas a corto y medio plazo".

Fuente: El Mundo

lunes, 29 de agosto de 2005

El mejor embajador de España

POR PEDRO GONZÁLEZ-TREVIJANO

RECTOR DE LA UNIVERSIDAD REY JUAN CARLOS

ABC

 

Agosto es un momento oportuno para enjuiciar el extinto curso político. Y en lo que ahora interesa, la intensa labor diplomática desarrollada por el Jefe del Estado: Argentina, Colombia, Costa Rica, Estados Unidos, Marruecos, Naciones Unidas en Ginebra, Parlamento y Comisión Europeas, Ciudad del Vaticano, Principado de Mónaco, Alemania, Italia, Islas Azores y Arabia Saudí. Aunque han sido los viajes a Estados Unidos y Marruecos, entrevistándose con el reelegido presidente Bush y el Monarca Mohamed VI, los que han puesto encima de la mesa la naturaleza y el fundamento político de tan significativa diplomacia internacional en una forma de gobierno, la Monarquía parlamentaria, en la que el diseño de la política exterior se atribuye, no obstante, expresamente al Gobierno.

 

En efecto, el marco jurídico no deja lugar a la duda. La Constitución encomienda al Ejecutivo la dirección de la política interior y exterior del Estado (artículo 97). Un hecho que no cambia por la asignación paralela también a las Cortes Generales de la competencia para prestar el consentimiento del Estado por medio de Tratados o Convenios (artículo 94. 1). Lo que explica que la intervención del Jefe del Estado en materia internacional -la asunción convencionalmente de la más alta representación del Estado, la acreditación de embajadores y otros representantes diplomáticos, la mentada formalización del consentimiento estatal para comprometerse internacionalmente y su participación en la declaración de la guerra o hacer la paz (artículo 63)-, son actos debidos, donde el Monarca carece de discrecionalidad, y sometidos al correspondiente refrendo del presidente del Gobierno o del ministro de Asunto Exteriores (artículos 56. 3 y 64).

 

En consecuencia no cabe en nuestro régimen constitucional una reserva de competencias por parte del Rey. No es posible una alternativa habilitación del Monarca para la determinación de una política internacional al margen de la preestablecida e impulsada por el Gobierno de la Nación; del mismo modo que en una Monarquía parlamentaria sus acciones públicas -viajes, discursos o mensajes- y parte de las privadas, son conocidas y avaladas directamente por el Ejecutivo. Ahora bien, no nos equivoquemos, sin que los perfiles de la Monarquía parlamentaria española puedan confundirse con la británica, donde la Corona se limita a reproducir miméticamente, como si de un mandatario automático se tratara, la política del Government. De ahí la trascendencia de que las fuerzas políticas consensúen una política exterior nacional, y del celo que debe tener el Gobierno de la Nación en preservar la imparcialidad del Monarca en sus actuaciones.

 

Desde dicho contexto, deseamos pues incidir en la sobresaliente labor desplegada por Don Juan Carlos a lo largo de su reinado en el ámbito de las relaciones internacionales. Una actividad que se explica tanto por razones personales, como, por supuesto, político-constitucionales.

 

Así, en cuanto a las motivaciones personales, nadie duda del prestigio que el Rey ha sabido labrarse en los foros internacionales. Piénsese, por ejemplo, en el importantísimo discurso ante el Congreso de los Estados Unidos, en junio de 1976, comprometiéndose entonces a desmantelar el caduco régimen autoritario heredado, y a su sustitución por un moderno sistema democrático; en el impulso continuado a nuestra celebrada Transición Política; y en el respaldo firme al correlativo proceso constituyente culminado con nuestra ejemplar Carta Magna de 1978.

 

Una singular capacidad de maniobra, tanto en los gestos como en los contenidos, muy conveniente, sobre todo, tras los desencuentros entre el presidente Bush y el presidente Rodríguez Zapatero, y la pertinencia de desbloqueo -por más que no tanto por causa española- de las relaciones con el reino alauita. Una tarea calificada recientemente, en el primer caso, de diplomacia mágica o diplomacia sumergida, esto es, no exteriorizada en cauces jurídicamente reglamentados. Una visita por lo tanto privada en su forma, pero dotada de una incuestionable proyección pública. Y, en el supuesto, sí oficial, del viaje a Marruecos, motivado por la cercanía geográfica, la relevancia de las relaciones comerciales existentes, la trascendencia de la política pesquera, la gravedad de la inmigración ilegal procedente del Magreb, el delicado asunto del Sahara y la triste incidencia del terrorismo internacional. Un quehacer que se explica, en ambas circunstancias, por la conveniencia de restaurar y recomponer de manera inmediata los mejores cauces bilaterales de coparticipación política entre Estados.

 

Pero, en segundo término, la labor del Monarca se justifica, decíamos, por razones político-constitucionales, toda vez que la estabilidad y permanencia que aporta la Corona es un eficacísimo instrumento fortalecedor del señalado contexto de amistad con otros Jefes de Estado y Presidentes de Gobierno -es el caso, entre otros, de las Cumbres periódicas de Jefes de Estado de la Comunidad Iberoamericana-, más allá de los concretos avatares políticos y de momentáneas coyunturas más o menos favorables. Su fundamentación se encuentra en el artículo 56. 1 de la Constitución, donde se resalta el perfil del Monarca como Jefe del Estado, al tiempo que éste asume su más alta representación en las relaciones internacionales. Algo confirmado ya, desde hace tiempo, en el Convenio de Viena de 1969, en el que se manifestaba que «En virtud de sus funciones, y sin estar obligados a presentar plenos poderes, se considerará que representan a su Estado: los Jefes de Estado...» (artículo 7. 2 a). De aquí que el profesor Remiro Brotóns (La acción exterior del Estado) haya triangulado la política exterior sobre el vértice del Rey, como supremo órgano de su representación; del Gobierno, como órgano de dirección; y de las Cortes Generales, como órgano de control. Una Corona que, al no participar en la contienda política, dado su carácter de poder neutral, y estar por encima de las cotidianas refriegas de los partidos, disfruta de una inmejorable posición para satisfacer tales cometidos. Una presencia, justo es recordarlo otra vez, que Don Juan Carlos ha sabido extender siempre de manera certera, hábil y reconocida.

 

Todo lo adelantado no convierte, desde luego, al Jefe del Estado en un mandatario del Gobierno, o como se ha afirmado gráficamente en un mero «correo del Zar» o «convidado de piedra». De la misma suerte que tampoco son aplicables a su hacer la excepcional gravedad de las circunstancias novelescas descritas por Julio Verne en su renombrada obra Miguel Strogoff, y justificadoras de la inusual reacción del entonces Zar de todas las Rusias rompiendo todas las reglas de protocolo: «Si el Zar había abandonado tan inopinadamente los salones del Palacio Nuevo en el momento en que la fiesta que daba a las autoridades civiles y militares y a las personas más notables de Mosar, era porque más allá de las fronteras del Ural se desarrollaban grandes acontecimientos; una formidable invasión amenazaba». Ni una cosa ni otra. Lo que hay detrás, por el contrario, es la acción acostumbrada, constitucionalmente irreprochable y políticamente eficaz, de un extraordinario embajador, de un Jefe de Estado portador de un incuestionable y valorado talento. ¡Hablamos del Rey de España! ¡Del mejor embajador de nuestra España constitucional!

 

Historia de las dos Españas

Reseña del libro “Las inolvidables dos Españas” de Santos Julià

 

 

Taurus, 2005 | 588 páginas | 22 euros

 

Las inolvidables dos Españas

De SANTOS JULIÁ

 

 

Conforme aumenta la crispación en el ámbito político, el debate sobre las dos Españas que ya creíamos felizmente superado vuelve a la actualidad. Dos interpretaciones antagónicas sobre la nación requieren no sólo una sociedad enfrentada y políticos que vivan de este enfrentamiento, sino ante todo intelectuales comprometidos con una causa y dispuestos a aportar una interpretación innovadora y mitos sobre la trayectoria del país ¿Cómo surgen los relatos antagónicos sobre España, quiénes son sus máximos exponentes y qué consecuencias políticas tienen? El historiador Santos Juliá nos lo explica en esta obra magistral que recorre el gran relato sobre la nación desde la guerra de la independencia hasta el final del franquismo. El autor narra con habilidad la aventura intelectual de sus principales protagonistas, entre los cuales están algunos de los personajes más interesantes de nuestra historia contemporánea, los liberales del XIX, los tradicionalistas, la generación del 98 y la del 14, los intelectuales en la II República, y católicos y fascistas ante el régimen de Franco. Este ensayo, indispensable para entender los antecedentes de nuestro sistema político, llega a una conclusión que conviene no olvidar: el gran relato se disolvió en el momento en que sus representantes se encontraron hablando el lenguaje de la democracia.

sábado, 27 de agosto de 2005

Renuncia a la Corona por amor

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El príncipe Pieter-Christiaan renunció a la Casa Real y a toda posibilidad de convertirse en rey por contraer nupcias con su novia, que es plebeya y es tres años mayor que él.

Después de iniciar su romance en Londres, los jóvenes decidieron unir sus vidas en matrimonio con una breve boda civil, seguida por la ceremonia religiosa hoy sábado.

Sobrino de la reina Beatriz de Holanda, el príncipe Pieter-Christiaan, de 33 años, es mayor de la policía militar de su país y es el segundo hijo de Margriet, hermana de la emperatriz, y su esposo Pieter van Vollenhoven.

Ocupando el noveno lugar en la lista de sucesión al trono, el príncipe Pieter-Christiaan optó por no pedir la aprobación del gobierno y el parlamento para su boda, por lo que perdió su derecho a pertenecer a la Casa Real, además de forzar su renuncia.

Con pocas posibilidades de convertirse en Rey de Holanda, el joven prefirió no cubrir los trámites protocolarios que exige la Casa Real para unir su vida con la mujer que ama.

Pese a su decisión, la reina Beatriz apoyó a la joven pareja y asistió a la boda.
 
Fuente: Eldeber.com

jueves, 25 de agosto de 2005

El sultán de Brunei se casa con una periodista de la televisión malasia

 

El sultán de Brunei, Hassanal Bolkiah, de 59 años, se casó el pasado sábado con la periodista Arinaz Mazhar, de 26, la presentadora estrella de los telediarios de la televisón de Malasia. La boda tuvo lugar en el palacio que el sultán posee en Kuala Lumpur, la capital malasia, país al que pertenece la isla de Borneo, en donde se encuentra el territorio del sultanato de Brunei.

El sultán se enamoró de la presentadora del telediario malasio viendo la televisión y la llamó a palacio. Para Arinaz, una belleza local, fue difícil rechazar la oferta de matrimonio de quien fue el hombre más rico del mundo hasta que le quitó el sitio Bill Gates. Hassanal Bolkiah, cuya fortuna proviene de los pozos de petróleo de su país, ha convertido a la periodista en su segunda esposa, ya que Arinaz ocupará el lugar que dejó libre Marian Abul Aziz, una ex azafata de vuelo, de familia japonesa y escocesa, que el sultán conoció en Londres y de la que se divorció en febrero del 2003, tras 22 años de matrimonio.

Todo un gesto de modernidad, ya que el sultán, de religión musulmana, podría haber tomado una tercera esposa. De hecho, cuando se casó con Marian, Bolkiah ya tenía una esposa, su prima Anak Salleka, con quien aún permanece casado. Anak tiene tratamiento de reina, mientras que Marian, y ahora Arinaz, sólo era princesa. En las ceremonias públicas celebradas en Begawan, la capital de Brunei, el sultán aparece junto a su primera esposa y, caminando tras ellos, la segunda, que se sienta en un sillón, mientras el sultán y Anak lo hacen en un trono.

A la última boda del sultán, uno de los hombres más ricos del mundo, y de Arinaz Mazhar, asistieron los familiares y un reducido grupo de amigos de la pareja. La ceremonia se celebró en una residencia privada para subrayar que la reina Anak sigue siendo la primera esposa, ya que fue la única que tuvo boda de Estado. Las relaciones entre el sultán y Arinaz eran un rumor en alza en Malasia y Brunei desde que el pasado mes de mayo la periodista dejó su trabajo en el canal de televisión malasio TV3.

El sultán y su primera esposa, Anak Salleka, son padres del príncipe Al Muhtadee Billah Bolkiah, heredero del trono de Brunei, pequeño estado situado al noroeste de la isla de Borneo. En febrero del 2003, el príncipe Al Muhtadee contrajo matrimonio con una joven de 17 años, hija de un ciudadano suizo y una princesa de Brunei, en una fastuosa ceremonia celebrada en el palacio real de Bandar Seri Begawan. En aquella boda pudo verse por última vez al sultán con sus dos esposa, Anak y Marian, ya que poco después se anunció el fin del matrimonio con esta última.

Entronizado en 1967, el sultán Hassanal, a su vez primer ministro y ministro de Defensa, lleva desde hace unos años una vida más discreta, después de darse a conocer en el mundo por el esceso de sus gastos y caprichos. Tiena casas y palacios en medio mundo, es dueño de cadenas de hoteles, de cuadras de caballos y sus esposas y familiares son los clientes más esperados en las joyerías de todo el mundo. Por poner un ejemplo, su nuera, la princesa heredera, no llevó en su boda un ramo de flores naturales, sino uno de tamaño natural, con tallos de oro y platino y rosas hechas con miles de rubíes y brillantes.

Si las mujeres de la familia real de Brunei son conocidas en todas las joyerías del mundo y talleres de alta costura, aunque en su país lucen sus recatados aunque coloristas atuendos, los varones, como el hermano del sultán, son clientes preferentes de las agencias de modelos, a las que solicitan los servicios de sus mejores bellezas. En alguna ocasión se produce el escándalo cuando alguna incauta, como una antigua Miss América, creyó que el pago de un millón de dólares por una semana en el sultanato era sólo para estar de adorno.

miércoles, 24 de agosto de 2005

La Familia Real y el Barça




De todos es sabido que Iñaki Urdangarín, Duque de Palma de Mallorca, fue un reconocido jugador de balonmano del Barça.

Parece que sus hijos han heredado esa pasión por los colores azulgranas. Esta foto, publicada hoy en La Vanguardia, lo atestigua. El Rey acompañado del primogénito de los Duques de Palma, Juan, que viste una camiseta del Barça con su nombre y el número 7. Seguramente, el motivo de llevar el 7 es que es el número que lucía su padre como jugador de balonmano pero además, es el puesto que ocupará en el orden sucesorio cuando nazca el hijo de los Príncipes de Asturias.

Más artículos sobre los soldados que dieron su vida por España

Estos días he leído más artículos sobre el accidente de helicóptero que costó la vida a 17 soldados españoles. Además de los que ya puse en este blog, me han llamado especialmente la atención los siguientes dos artículos publicados en ABC.

El primero se refiere al significado de nación y el sentimiento de pertenencia a una “gran familia” que se vivió con el duelo general por la muerte de los soldados en el nombre de España.

El segundo es un homenaje a Doña Eutiquia Reguera, de 78 años, abuela del Sargento José González Bernardino, a quien cuidó junto a sus hermanos, al quedar huérfanos de padre y madre desde pequeños, en el humilde barrio ovetense de Pumarín.

Allí estaba el concepto nación

Por MARCO AURELIO

EL acto vivido ayer en Getafe, presidido por Su Majestad el Rey, supuso la prueba -también «indubitada»- de que el concepto de nación española no es ni discutible ni discutido. Y no sólo porque la Constitución lo deje muy claro, sino porque además del dolor y la emoción apenas contenidas reinó entre los presentes un sentimiento común de pertenencia. Idéntico, seguramente al de despertó en la mayoría de aquellos que lo vieron por la televisión. Ni uno sólo de los diecisiete fallecidos tenía alguna duda sobre ello. Todos dieron su vida, literalmente, por la nación española. No por Afganistán, que allí sólo cumplían el generoso cometido de trabajar por los afganos. Es de esperar que en justo tributo a su memoria, el presidente del Gobierno despeje sus incertidumbres. «¡Ah, era esto!». Sí, entre otras cosas.

Eutiquia de Pumarín

Por CARLOS HERRERA

EUTIQUIA Reguera, se llama usted. Llevo dos días viéndola, escuchándola. Y creo, ya ve, conocerla de siempre, como si me hubiera criado yo también, como su José, en El Pumarín. Aquellos que hemos sentido amor de abuela, que hemos pasado de la noche al día palpando ojos de abuela, que hemos apagado los fuegos del apetito con sabor de abuela, que hemos aprendido a pronosticar a Dios con las oraciones largas de abuela, sabemos oler en las inmediaciones la paja mustia que queda en las ramas cuando una abuela llora lágrimas finales. Promediando agosto, Eutiquia, unos vientos en aspa le han arrancado de su mesa de comedor las flores últimas.

Ha muerto el mismo José al que usted crió después de que desaparecieran las sangres intermedias. Puesta la sangre de pie, ha sido otra vez abatida ante sus ojos. El tiempo ahora, Eutiquia, las horas lentas, pasan como trenes de arena delante de su repentina soledad de abuela, esa que baila siempre sola en las ruinas, esa que mordisquea pacientemente el aire hasta hacerlo irrespirable. Tuvo usted, estoy seguro, que trabajar duro para sacar adelante las bocas abiertas de sus nietos y no sé cómo lo hizo, pero me imagino que cosería de noche y fregaría de día, que plancharía de tarde y cocinaría tan de mañana como le dejara el sueño. Somos muchos en España los que hemos salido adelante gracias a una abuela que cosía y cosía, por eso la he visto a usted y de un solo vistazo me he visto a mí, he visto a muchos, y eso hace que no me deje dormir su sollozo, que lo tenga aquí prendido como una tenaza oxidada. Se me viene usted, Eutiquia, una y otra vez desde que la vi anteanoche en el televisor blandiéndole al dragón maldito de la desgracia la foto de su nieto.

Su nieto era soldado de España en un tiempo en el que si brillan las banderas sólo suelen hacerlo entre las llamas y en el que los días nos dejan en casa más muertos de los que merecemos. Por eso le pongo estas letras de nieto, porque ahora los días en espera querrán arrastrarla consigo hasta la pena y una sombra inmensa, impertinente, la perseguirá hasta el último rincón en el que quiera amagarse. La evocación, en estas edades, siempre nos lleva hasta el dolor que tampoco merecemos. Al menos que no merece usted y aquellas que, como usted, han sacado con coraje este país hacia delante a base de acariciar chiquillos, fregar los suelos, coser pespuntes, guisar alubias y sortear las deudas. Ahora, en su estatura de tiempo desvelado, le viene la vida con estas, a prenderle fuego a su madera quieta, a roer sus largas noches de insomnio.

Yo quisiera hoy ponerla un vestido de fiesta, señora, para verla bailar sobre las aguas. Quisiera limpiarle de los labios ese regusto a ceniza. Quisiera sazonarle el pulso entristecido. Pero poco puedo más que pedirle que deje los balcones entreabiertos para que le llegue este beso de papel. Quisiera convencerla de que ustedes, esa generación que nunca tuvo nada y lo dio todo, nunca serán un pañuelo olvidado en un alambre. Quisiera defenderla de la conspiración de la oscuridad que, en estas noches de carbón apagado, no la ha dejado conciliar el sueño sobre su almohada de piedra. Quisiera convencerla de que no se deje vencer por la tristeza que asola a los ancianos, esa tristeza de miradas perdidas y memoria menguante. No entierre las palabras como si fueran huesos de perro. Siga hablándome todos los días, porque yo, que podría llegar a desconocerla palmo a palmo, quiero seguir sabiendo cosas de usted.

Y déjeme que hoy bese su mano, señora. Déjeme que la bese como sólo se besa a la abuela perdida.

Déjeme que lo haga en el nombre de España.

Página web de Carlos Herrera

martes, 23 de agosto de 2005

Los Príncipes en Asturias


Los Príncipes de Asturias se encuentran desde el pasado fin de semana disfrutando de unos días de vacaciones en la casa que la abuela de Doña Letizia, Menchu Álvarez del Valle, posee en la localidad de Sardéu, en Ribadesella. Tras los rumores de las últimas semanas en torno a la presencia de los Príncipes en la zona, Don Felipe y Doña Letizia se dejaron ver durante unos minutos ante el grupo de periodistas que montan guardia en la zona desde hace días.

Aunque hasta ayer no se pudo captar ninguna imagen de los Príncipes, vecinos de la zona aseguraron que Don Felipe y Doña Letizia llegaron a Sardéu el pasado sábado por la noche tras asistir por la mañana en Madrid al funeral de Estado por los 17 militares españoles fallecidos en Afganistán.

Durante el mediodía de ayer, los Príncipes salieron de ‘La Arquera’ y pasearon durante algunos minutos por sus inmediaciones antes de subirse a su vehículo para abandonar Sardéu sin que haya trascendido hacia dónde se dirigieron. Alguna vaquita, desde luego, si que vieron, como si fuera toda una novedad.

Además de los periodistas, hasta esta localidad riosellana se han acercado en los últimos días numerosos turistas y curiosos con el objetivo de ver a los Príncipes o, al menos, conocer la zona donde Doña Letizia pasó buena parte de los veranos de su infancia y juventud.

Desde que el 1 de noviembre de 2003 se hiciera público el enlace entre ambos, han sido numerosas las ocasiones en las que los Príncipes se desplazaron a Sardéu para visitar a Menchu Álvarez y José Luis Ortiz, los abuelos paternos de la Princesa a los que se encontraba muy unida. El pasado 30 de marzo falleció el abuelo paterno de Doña Letizia, a cuyo funeral, celebrado en la iglesia parroquial de El Carmen, acudió también la pareja ‘Real’.

En esta ocasión, la expectación se ha visto incrementada por el embarazo de la Princesa de Asturias.


Fuente: El Confidencial

lunes, 22 de agosto de 2005

Artículos sobre el Papa

Este fin de semana Benedicto XVI ha cogido el testigo de su antecesor Juan Pablo II en el cariño de los jóvenes que lo han aclamado en las XX Jornadas Mundiales de la Juventud. Una demostración de la fortaleza de la Iglesia Católica y el poder de convocatoria de Benedicto XVI, sucesor de Pedro.

Como dicen los cánticos en multitud de idiomas: “Esta es la juventud del Papa”. Son jóvenes llegados de todo el mundo, comprometidos con la sociedad, con amor por la vida, con ánimo de ver más allá de lo cotidiano.

Lecciones papales

ABC


LA visita de Benedicto XVI a Colonia ha sido una constante lección de ejemplaridad y ha servido para terminar con los recelos y los juicios apriorísticos con los que fue recibido por determinados sectores -curiosamente los que muestran más desafecto a la Iglesia- cuando accedió a la silla de Pedro. Su primer baño de multitudes ha descubierto un hombre dispuesto a ejercer el liderazgo de una Iglesia que afronta su tercer milenio de historia en medio de infinidad de dificultades y retos. El primero, y más acuciante, es poner freno a la espiral de violencia protagonizada por el terrorismo islamista. Su utilización de la fe en su lucha contra Occidente coloca a la Humanidad en el disparadero planetario de una posible confrontación que hiciera reverdecer la terrible experiencia de las guerras de religión vividas por Europa algunos siglos atrás. En este sentido, las palabras de Benedicto XVI a los imanes musulmanes en Alemania han sido valientes, ya que les ha dicho que el Islam no puede ser tolerante con la violencia ni alojar en su seno corrientes de fe que estimulen el totalitarismo.

Merece destacarse, también, su crítica al antisemitismo, porque crece nuevamente en el solar de un continente que hace apenas unas décadas condujo a millones de judíos a las cámaras de gas, poniendo así de manifiesto que, por un lado, la memoria es más endeble de lo que algunos suponen y, por otro, que las fuentes inconscientes que alimentaron el horror del nazismo no han sido del todo erradicadas.

Pero también supone un reto la creciente erosión de la espiritualidad y el sentido de trascendencia que vive en su seno Occidente. Aquí, el mensaje dirigido a los jóvenes ha sido determinante ya que los ha hecho portadores de una responsabilidad histórica: evitar que vivan la fe como un producto de consumo más ya que, de hacerlo así, extinguirían definitivamente las escasas reservas morales y éticas que aún subsisten en nuestra civilización occidental. Y para ello pidió un mayor compromiso de la juventud, compatible con el mero mantenimiento de los ritos. Sobre todo porque son ellos quienes asumirán la tarea de gestionar el futuro, eludiendo la arquitectura amoral, hedonista, utilitaria y materialista en la que ha desembocado nuestra civilización iniciado el siglo XXI.

El mensaje del Papa

LA VANGUARDIA

Un millón de jóvenes participaron el domingo cerca de Colonia en la primera gran misa multitudinaria de Benedicto XVI desde su elección el pasado 19 de abril, en el cuarto y último día de su visita a Alemania. El Papa, que según los analistas ha superado con éxito el test del baño de masas de la Jornada Mundial de la Juventud, ha seguido la senda de su predecesor, Juan Pablo II, pero ha situado la profundidad del mensaje por encima de los gestos mediáticos. Desde esta lógica, Joseph Ratzinger destacó ante los jóvenes la paradoja que representa el hecho de que el mundo actual convive "un extraño olvido de Dios junto a un boom de lo religioso" y advirtió del riesgo de que la religión se convierta en un producto de consumo.

El discurso de Benedicto XVI, sin concesiones a la galería, se dirigía a los jóvenes católicos que serán protagonistas del tercer milenio. A ellos les pidió que desechen una religión a medida y les alentó al compromiso con la propia fe y hacia las necesidades del prójimo: "No debemos abandonar, por ejemplo, a los ancianos en su soledad; no debemos pasar de largo ante los que sufren. Es mucho más bello ser útiles y estar a disposición de los demás". El Papa, que anunció que la próxima Jornada Mundial de la Juventud se celebrará en el 2008 en Sydney (Australia), ha dado ya instrucciones a los organizadores para que piensen en un formato más reducido que permita el diálogo directo y el debate con los jóvenes.

Ya en esta visita a Alemania - la primera fuera de Italia de su pontificado- Benedicto XVI ha situado el diálogo interreligioso como prioridad, en un intento de reanimar el espíritu de Asís que alumbró Juan Pablo II en los encuentros con dirigentes de distintas confesiones en aquella ciudad italiana. La histórica visita del viernes a la sinagoga de Colonia y sus posteriores reuniones con representantes de la Iglesia protestante y la comunidad musulmana de Alemania se enmarcan de lleno en esa dirección. El nuevo Papa, pastor y sólido teólogo de formación, ha situado la libertad, el pluralismo y la tolerancia en el centro del debate, en un mensaje que no debe ser interpretado sólo en clave religiosa sino también secular.

En su visita a la sinagoga de Colonia, destruida por los nazis y reconstruida en 1959, lanzó un mensaje que puede ser compartido por todas las personas de buena voluntad y, en particular, por las tres religiones monoteístas hijas de Abraham: "Ante Dios, todos los hombres tienen el mismo valor y la misma dignidad, sea cual sea el pueblo, la cultura o la religión a los que pertenezcan". El testimonio del Papa alemán, que conoció el delirio de las juventudes hitlerianas, tiene una singular relevancia al producirse en el 40. º aniversario de la adopción por el Vaticano II de la declaración Nostra Aetate,que condenaba toda forma de antisemitismo. Ratzinger reafirmó ese compromiso de la Iglesia católica en un momento de auge de actitudes xenófobas y antisemitas y apeló a la responsabilidad de los adultos para transmitir los valores de tolerancia y respeto mutuo como antídoto a la barbarie.

El firme compromiso por el diálogo interreligioso es el que permitió a Benedicto XVI apelar también a la responsabilidad de los dirigentes de la comunidad musulmana alemana - la mayoría de origen turco- para combatir las tesis del islamismo integrista en favor del terrorismo: "Vosotros guiáis a los creyentes del islam y les educáis en la fe musulmana. La educación es el vehículo a través del cual se comunican ideas y convicciones. La palabra es la vía maestra en la educación de la mente. Vosotros tenéis, por tanto, una gran responsabilidad en la formación de las nuevas generaciones".

El Papa, que reconoció que el respeto mutuo no siempre ha presidido la relación entre musulmanes y cristianos, dijo que el recuerdo de las guerras de religión debe "llenarnos de vergüenza". Un mensaje sólido y profundo que evidencia que Benedicto XVI está en condiciones de mantener el liderazgo espiritual de la Iglesia católica en la Europa y el mundo del siglo XXI. Así lo reconocieron los representantes protestantes con los que se reunió al destacar su apuesta por el diálogo ecuménico y el hecho de que su origen alemán hace que conozca a fondo la división entre los propios cristianos. "Juan Pablo II venía de un país unánimemente católico (Polonia) y tenía otras preocupaciones en su agenda", confesó uno de ellos, en alusión a la necesidad de acabar con una Europa fracturada entonces por el comunismo. Ahora, en la posguerra fría, el diálogo interreligioso es la prioridad de su sucesor.

Nuevos jóvenes en la vieja iglesia

ABC


ESTOS días de Agosto he recordado un hecho sorprendente del curso pasado. Fue una conversación que mantuve con varios alumnos a la salida de clase sobre el significado social de la figura de Juan Pablo II. No me podía imaginar el interés con el que habían seguido las últimas semanas de su enfermedad y la curiosidad que habían mostrado en el cónclave del que salió elegido el cardenal Ratzinger como Benedicto XVI. Era la primera vez que un grupo de universitarios con apenas veinte años mostraba un interés tan explícito por las cuestiones religiosas.

En aquella conversación, algunos me dijeron que se estaban preparando para viajar a la Jornada mundial de la juventud que se celebraría este año en Colonia. Quise hacerles ver que las Jornadas mundiales de la juventud no eran sólo peregrinaciones religiosas de jóvenes sino acontecimientos sociales veraniegos donde no siempre estaban claras las motivaciones religiosas de los participantes. Me contestaron que eso les daba igual, que les resultaba atractiva la posibilidad de encontrarse con el nuevo Papa y, sobre todo, la posibilidad de compartir su experiencia religiosa con jóvenes de otros países.

Seguí persuadiéndoles con la intención de aplicar el principio de sospecha ante lo que parecía ser una religiosidad ocasional y epidérmica. Les advertía que unos estudiantes de Filosofía como ellos debían ser más críticos con los fenómenos religiosos de nuestro tiempo para distinguir lo esencial de lo accidental, lo religioso de lo folclórico, lo espiritual de lo comercial, lo profundo de lo trivial, lo real de lo virtual. Me agradecieron estas advertencias y llegó un momento en que me dijeron que cortara el rollo y no insistiera, que por mucho filósofo de la sospecha al que yo acudiera no conseguiría que desistieran de su interés por el viaje a Colonia.

Poco antes de terminar aquel animado encuentro, dos alumnos se atrevieron a expresarme una idea que el resto del grupo asintió de inmediato. Confesaron que no se identificaban como practicantes de ninguna religión y lamentaron las pocas posibilidades de formación religiosa que les ofrecían las universidades españolas. Uno de los que hablaba había hecho algún curso anterior en una universidad privada y también avalaba el juicio de su compañero. Me atreví a responderles diciendo que se implicaran más en la reforma de los planes de estudio y plantearan en los correspondientes órganos de representación asignaturas y créditos de libre configuración que incluyan materias de áreas de conocimiento como Teología, Filosofía de la religión, Fenomenología o Historia de las religiones.

Aunque no les pareció mal la propuesta, prefiero no decir en público lo que me dijeron de sus representantes. Me limité a insistirles y recordarles que cuando el índice de participación de los estudiantes en las elecciones de la universidad apenas llega al 1 por ciento es porque algo serio está pasando. Creí que la conversación se iría por otros derroteros pero uno de ellos me dijo que tanto la universidad como la iglesia les parecían instituciones viejas pero útiles, que se servirían de ellas en la medida en que respondieran a sus intereses pero que no les preocupaba para nada su reforma.

Me acordé entonces de los últimos informes de la Fundación Santa María sobre los jóvenes y la religión, donde se describe la evolución de la religiosidad en las nuevas generaciones, se analiza cómo había descendido la identificación de los jóvenes con la iglesia y se dejaba claro que el 35 por ciento de los jóvenes que se declaran católicos se muestran indiferentes ante la institución eclesial. Cabe una lectura pesimista de estos datos lamentando el bajón en la identificación de los nuevos jóvenes con la vieja iglesia, incluso cabe una lectura optimista felicitándose porque el aumento de la indiferencia no se haya traducido en agresividad o resentimiento hacia ella.

Pero también cabe una lectura realista cuando descubrimos que la indiferencia ante la iglesia no es una indiferencia ante los fenómenos religiosos de las sociedades secularizadas. De la misma forma que el significado de Juan Pablo II desbordó a la propia iglesia católica o la elección de Benedicto XVI no fue sólo un acontecimiento eclesial, la religiosidad de los nuevos jóvenes es fenómeno que no se puede perder de vista desde la vieja iglesia. Ahora que ya han confirmado su viaje a Colonia más de 30.000 jóvenes españoles y se espera llegar a los 50.000, la iglesia y quienes tenemos alguna responsabilidad educativa deberíamos hacer un pequeño análisis por la escasa credibilidad que despiertan nuestras instituciones.

Probablemente, los nuevos jóvenes quieren una religiosidad más expresiva, celebrativa y comunicativa. Y no se trata de una religiosidad estrictamente lúdica o festiva porque sigue siendo el factor determinante en las prácticas de voluntariado y la militancia por una justicia social global. Cuando la iglesia y los educadores siguen presentándoles una religiosidad prosaica, normativa y nostálgica quizá sea porque han olvidado el texto del evangelio de Mateo donde Jesús pedía a sus discípulos que espabilaran de una vez y no cometieran el error de meter vino nuevo en odres viejos.