Para los aficionados a la política, hoy ha sido una de esas jornadas que hacen vibrar y ponen la carne de gallina. Tuvo de todo, lo mismo que un día frío de primavera londinense en el que llovió, granizó y salió el sol. Por un lado, la pompa y circunstancia de la apertura de la nueva legislatura por el rey Carlos III en el Parlamento, con corona y ropajes propios de otra época, carrozas, caballos y un ceremonial que se remonta al siglo XVII. Por el otro, las más crudas intrigas del poder, maniobras, traiciones, conspiraciones, alianzas y puñaladas traperas. Con el puesto de primer ministro en juego.
Todo empezó de buena mañana, podría decirse que con un rey y un café. Mientras el monarca se preparaba en sus aposentos del Palacio de Buckingham para el breve viaje en carroza, con escolta militar y la caballería, hasta el Palacio de Westminster para leer conforme a la tradición el discurso elaborado por el Gobierno para abrir la legislatura, Starmer recibía en Downing Street al ministro de Sanidad, Wes Streeting.
Crónica de Rafael Ramos en La Vanguardia
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